Literatura

JAWINKO. Crónicas lejanas del planeta Rukana



JAWINKO. Crónicas lejanas del planeta Rukana - Literatura

La ventisca, acompañada de un extraño olor a sábanas húmedas o a cloro derramado, les golpeó fuertemente en la cara. Ichuq buscó algún espacio donde guarecerse, pero el parque era tan basto como las playas que Giralda dejara en el planeta terraformado donde nació. «Los árboles no son protección segura», aseveró Ichuq con preocupación. Caminaron rápidamente. Cuando él le sujetó de la mano, ella notó su humedad y frialdad, lo que la hizo sentir culpable, pues fue suya la idea de pasear esa tarde a pesar de las innumerables advertencias gubernamentales por la proximidad del Jawinko, o como popularmente se le conoce en media galaxia, tormenta de semen.

Compuesto por dos palabras, Jawin = lluvia; Koruk = semen; los habitantes del planeta Rukana no tardaron en denominar a ese extraño fenómeno natural con el nombre de Jawinko desde tiempos inmemoriales. Al igual que el agua, el semen de los hombres rukananos sufre de la evaporación inmediata apenas tiene contacto con el exterior. A pesar de la creación de particulares dispositivos para masturbadores y para la limpieza pos-eyaculatoria de la vagina y del ano, no se ha podido evitar la formación de esas extrañas nubes moradas que a pesar del prolongado tiempo de condensación siempre termina precipitándose en manto seminal espeso. Lo más grave de esta tormenta es que el proceso químico que se desarrolla en esas nubes moradas, aún indeterminado por la ciencia, transforman al hombre en fémina y a la mujer la embaraza sin derecho alguno de reclamar paternidad a nadie.

Giralda corría lento, caía, tropezaba con sus propios pies, retrasaba a Ichuq, cuyo deseo por salvarse lo hacía palidecer. La brisa, más fuerte, venía acompañada de minúsculas gotas de semen. La chica sentía asco del contacto; Ichuq, en cambio, verbalizaba sonidos oclusivos de desesperación. El parque era un amplio paisaje arbolado estremecido por los vientos. Presagiaron el peligro. Aumentar la velocidad resultaba un esfuerzo inútil; sin embargo,  lo que parecía la casa del vigilante del parque al final del paisaje estremecido insufló nuevamente la vitalidad y la esperanza del chico. Corrieron tras los sueños de la inmutabilidad, aspirando que todo quedara como estaba, pero la chica resbaló y su pie izquierdo se fracturó. Ichuq la tomó entre sus brazos pero resbalaron por las primeras gotas de semen esparcidas en la grama. Volvieron a caer. La mujer lloraba por el dolor físico y por la inminente tragedia que se avecinaba, así lo entendió el chico.

Ichuq corrió a buscar ayuda, dejando tras de sí los gritos inarticulados de una mujer rota a punto de la preñez más absurda. La lluvia comenzó a caer como sedas gruesas del telón de un viejo teatro. Ichuq se detuvo, se volteó y comenzó a caminar hacia la mujer que amaba ¡y que amaría siempre! Mientras tanto, la mujer ordenaba a gritos que se salvara. Cuando Ichuq llegó hasta ella seseó con sus labios para calmar el desespero de la chica, se miraron en silencio y se abrazaron fuertemente, como fuerte fue el jawinko de esa tarde…

 

CONTINUARÁ…

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Acerca del autor

J. D. Medina Fuenmayor

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