Literatura

JAWINKO. PARTE I. CAPÍTULO III



JAWINKO. PARTE I. CAPÍTULO III - Literatura

 

André disfrutaba besar y lamer las tetillas y el escroto de Jeremías. Podía tardar largo tiempo en este recorrido. Lo hacía con la lentitud de una brisa senil, tratando de no dejar ningún lunar sin contacto de sus labios. Y mientras lo besaba dejaba que su exhalación caliente acariciara la blanca piel de su amado, hasta provocar el surgimiento de aquellos poros abiertos que le semejaban la superficie de la corteza terrestre. André nunca dejaba sus dedos tranquilos, mientras besaba una de las tetillas de Jeremías, le acariciaba el cabello o le sujetaba de las manos, entrelazando los dedos. Pero cuando lamía el escroto, sus dedos entraban en el ano con la discreción del susurro. André no quería maltratar aquel cuerpo que adoraba. Sin embargo, en la medida que ese ritual se fue repitiendo, Jeremías pedía mayor intensidad y violencia en la penetración. Aquél, como siempre, no dudó en complacerlo. Pero la complacencia fue de tal disciplina y rigor que la noche menos esperada, emergió semen del pene de Jeremías con solo contacto dígito-anal y las suaves lamidas del escroto. No hubo masturbación, como siempre ocurría al final de cada sesión y el pene eyaculó sin siquiera estar erecto. Jeremías le confesaría a su amante, tiempo después, que esa era la eyaculación más parecida a un orgasmo femenino. André se burlaba de la comparación, pues se conocía desde hacía siglos la potencia de la eyaculación femenina y, un pene sin erección poca potencia imprime a la eyaculación. Pero el razonamiento de Jeremías iba más allá; él sentía que la falta de erección era precisamente la riqueza de esa experiencia al sentir el ardor y el placer que provoca el semen en su escapada pero sin erección que recordara su género, que le recordara su sexo equivocado.

André recordaría mucho tiempo después de que la relación terminara que su lazo afectivo con Jeremías se fortaleció a partir del sentimiento de exilio del cual emergían sus más hermosas reflexiones. Jeremías hablaba desde un cuerpo ajeno, rechazaba la masculinidad impuesta por una naturaleza cruel, al igual que André rechazaba su pertenencia a Nueva Tierra, un planeta terraformado que significó la prolongación de la existencia de quienes acabaron con la Tierra. «¿No te das cuenta Jeremías que venimos de una masacre? Nueva Tierra fue forestada con la sangre de los abandonados a su suerte en un planeta agonizante», decía recurrentemente André en las largas conversaciones que precedían o seguían las intensas horas de sexo desprejuiciado. Desnudos y abandonados en la cama hablaban de los recuerdos jamás vividos de André o de las esperanzas de Jeremías por una transmutación que se dilataba irremediablemente.

Fue en una tarde de verano que la esperanza remota de Jeremías comenzó a verse como una posibilidad tangible. André estaba entusiasta, más que de costumbre. El calor le hacía vestir de short y una franelilla tejida que transparentaba las líneas de su musculatura. Se vieron en la habitación de sus encuentros secretos, donde huían de una sociedad hostil y se reafirmaban en la plenitud de sus deseos. Jeremías también vestía ropa cómoda. El calor era intenso. Bebieron limonada con alcohol para exacerbar las brisas del cuerpo.

André besó a Jeremías con una ternura inusual mientras acariciaba un largo cabello imaginario y susurraba palabras entrecortadas por la lengua inquieta y los mordiscos de labios. Jeremías se desconcentraba ante cada palabra susurrada: «mi chica, mi reina, mi bella flor», aunque le gustaba ser tratado como la mujer que deseaba ser. André amarró de brazos y piernas a Jeremías luego de desnudarlo. Comenzó a besarle tiernamente por las orejas, repetía aquellas frases que aludían a una chica, descendió con lentitud por la mejilla, le besó los labios con intensidad y por un tiempo tan prolongado que Jeremías creyó perder el aliento. Sus manos luchaban por soltarse. Luego fue al ritual de los besos en sus pectorales; lo besó con lentitud hasta coronar en las tetillas que lamió y mordió con violencia. Pero esta vez no acarició el cabello de su amante mientras besaba las tetillas, prefirió masajear el escroto con suavidad, hasta llegar a él con sus labios muchos minutos después. Le lamió el escroto y penetró el ano con violencia tantas veces que Jeremías eyaculó rápidamente. La intensidad del orgasmo y las manos atadas le hicieron pensar en una nueva metáfora para representar su exilio sexual.

Ya abrazados y con la respiración aletargada, André le preguntó a Jeremías por sus anhelos. Lloró al confesar los sufrimientos de un cuerpo ajeno, «una prisión hubiera sido preferible, por lo menos de ella se sale en algún momento» le explicó al amante. André sugirió el tratamiento quirúrgico para la metamorfosis. Cada excusa esgrimida por Jeremías, su novio las refutaba con argumentos sólidos: la familia / se habla y se enfrenta; el dinero / se tiene los ahorros suficientes; los dolores posoperatorios / para ser bella hay que ver estrellas. Rieron entusiastamente, con esperanzas.

Jeremías se percató del pozo de semen acumulado en su ombligo y dudó de su procedencia, pensó luego que podía haber semen de los dos… recordó la tormenta Jawinko y lo mencionó en voz alta y con la mirada nostálgica y perdida. «Deja de mencionar posibilidades remotas y más costosas, deja de pensar en tormentas de semen que te facilite las cosas, nada que de eso» le calló André aquel suspiro articulado. Para acabar con esa absurda idea y no volver a discusiones pasadas André preguntó por el nombre con el cual inauguraría su nueva realidad. Jeremías respondió rápidamente y sin dudarlo: Giralda.

 

Continuará

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Acerca del autor

J. D. Medina Fuenmayor

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