Literatura

Juego De Seducción

Juego De Seducción - Literatura

Llegás al quinto piso luego de abandonar el ascensor y entrás rápidamente al departamento. Tu cuerpo necesitado de libertad se queja y te das cuenta que los zapatos son prioridad. Los tacos altos no son tus preferidos pero tu altura se siente desfavorecida sin ellos. Suspirás al sentir el piso frío y sonreís porque amás que la persiana americana esté abierta. El viento de la noche se siente y las cortinas blancas se ondulan en un juego permanente con las estrellas de la noche. El bolso lo tiraste hace rato y caminás hacia la cocina. Las nueve de la noche de un jueves te hacen odiarte por no haberle pedido a tu novio que trajera comida para cenar. Es que estabas cansada y aún el viernes estaba por delante.

Decidís bañarte en primera instancia y luego la dejás para la segunda. Abrís la heladera plateada y te apoyás en ella mientras elegís qué cenar. Decidís que la mejor selección es una buena fruta jugosa y luego pensás en esas verduras que se encuentran en la mesada de mármol. Suspirás al recordar todo lo que caminaste hoy y decidís recostarte en el sillón con la mesa ratona a tus pies

La tele te muestra el resumen diario de los chismes de la farándula y los sucesos más importantes. La elección del nuevo Papa. La eterna despedida del presidente venezolano. Las pistas que resuelven un asesinato y apagás el televisor. Ya tuviste suficiente en el Palacio de la Justicia como para que encima sigás alimentando la profesión en horas de ocio. Mirás la pared y sonreís al ver los tres cuadros colgados. Uno con tus papás y hermano, la tradicional foto familiar. Otro con Romina y Carolina, tus mejores amigas. Y otro con él.

Te levantas y decidís irte a bañar algo enojada aún. Querés que llegué rápido para irte a dormir en sus brazos, así lo prometió en la mañana cuando te llamó. Eso te pasa por querer ser dependiente de tiempo completo. El pasillo te lleva a chocarte con el baño y a la derecha el cuarto pintado de rojo furioso. La camisola rosa ya está algo desabrochada y el corpiño blanco sale a la luz. El balcón de tu cuarto airea el lugar – sí, algún arquitecto loco decidió que el balcón de Julieta sería cerca de la cama. Abrís el placard y sacás las toallas guardadas en el fondo. No alcanzás y entonces recordás la silla que tiene algunas de tus remeras, las que dejaste esta mañana, y las sacas para que sea tu escalera a destino.

El pantalón negro ajustado se deja entrever por el ventanal abierto acompañado también de otras cortinas blancas hasta el suelo. Salís del fondo del placard y te parás para estabilizarte. Y lo notás. Otra vez, aunque no quieras. El vecino del edificio de enfrente, un piso más arriba. Está en su habitación haciendo gimnasia. Abdominales sin remera y con un pantalón de tela azul oscuro. Y sentís calor. Mucho. Te quedás observándolo unos minutos. Luego te reprimís, te pegás un leve cachetazo y te enojas. Tu novio no merece que te embobes por otro.

Sacudís la cabeza y te soltás el broche que sujeta tu cabello negro. El aguafuerte y tibia tirando a fría te despabila en igual medida que te duerme. El sólo hecho de saber que al otro día el despertador cantará a las seis de la mañana te hace apurar. El jabón espumoso recorre tu cuerpo y los abdominales del vecino vienen a tu mente. ¡Qué cuerpo!, decís mientras la crema te desenreda la melena.   

Salís de la bañera y la toalla verde con flores blancas en los bordes te anuda el cuerpo para protegerlo.  Los pies mojados dejan huellas en el recorrido hacia la habitación que ya tienen la luz encendida. Buscás el culotte rosa y la musculosa negra para dormir. Sentís el frío de la noche y te apurás a colocarte la primera prenda. Luego te mirás frente al espejo mientras la crema de la cara se esparce entre tu piel algo mal tratada por el día. La crema para el cuerpo es una regla básica que te obligaste a cumplir luego de cada ducha. Te enfrentás al espejo y decidís empezar por las piernas. Levantás la derecha y la apoyas en la silla. Te mirás por el espejo, que está frente al ventanal, y ves algo más. Un cuerpo que no es el tuyo. Una mirada ajena. Te das vuelta y ves los ojos del vecino.

Él estaba tomando agua de una botella mientras descansaba de sus ejercicios cuando vos te acercaste al límite del ventanal y vio tus piernas desnudas. Y un hombre como él no pudo alejarse. Elevás una ceja y lo mirás para que se dé cuenta que sabés de su presencia. Él se acomoda mejor en el ventanal suyo y te sonríe. Dándote a entender que se va a quedar ahí. Qué sigás, quiere ser tu espectador. El único. Y te debatís entre cerrar la cortina o jugar. Y decidís lo segundo, luego de plantearte por un minuto que tu novio puede entrar por la puerta de un momento a otro. Te arriesgás, total nunca se va a enterar.  

Volvés a posicionar la pierna y la crema recorre tus piernas morenas. Y sonreís. Es un juego de seducción para un hombre que espías de vez en cuando desde tu ventanal al de él. El vecino. Su pelo color miel se nota a la distancia. Sus cejas algo negras se elevan al igual que su boca. Le gusta, te das cuenta. Sus brazos cruzados te provocan. Querés gritarle por ésa posición tan ganadora. Pero no lo hacés. Sabes que tenés otros métodos. Tus brazos se encreman mientras directamente lo mirás. Sólo podes ver su torso, ahora tapado y su cara. Te das vuelta y te arriesgás al máximo. La toalla cae y no podes ver su cara. Te jugaste la carta más fuerte. Al espejo lo tenás de costado y te miras mientras la musculosa te tapa parte del cuerpo.

Te das vuelta sin poder aguantarte y ves que ya no está. Y te desilusionás. Pensás que tal vez vive con alguna mujer, que está casado, de novio y o es un amante de infierno. No, mejor eso no lo pensás. Porque si además le sumas que le viste los abdominales, esta noche no dormís. El celular titila. Te despierta de la ensoñación. Tu novio. «Estoy llegando, amor.»   

Y la culpa vuelve a vos. Pero no lo podes evitar y mirás de nuevo para ver si el vecino volvió. No hay rastros. La ventana está cerrada. La luz apagada. Se fue a dormir y te dejó con la mente inquieta y el cuerpo acalorado. Te vas al baño y lavás los dientes. Luego recorrés la cocina y te acercás a la ventana para mirar la noche. La luna siempre se gana una ojeada tuya antes de irte a dormir. Escuchás el timbre y fruncís las cejas. Supuestamente tu novio tenía llaves. Tal vez las olvido y le pidió a Alberto, el portero que vive en la planta baja, que lo dejara pasar. Ya lo conoce. Abrís la puerta así como estás, en remera y culotte rosa.   

El vecino.  

  -Hola –te dice apoyado en el marco de tu puerta.

  -¿Qué… qué hacés acá? –Te da miedo.

Crees que está loco.

   -Te vi desde allá arriba y decidí venir a verte de cerca –su voz ronca te hace temblar. Cuando el miedo se mezcla con el placer el resultado puede ser explosivo.

   -¿Y cómo hiciste para entrar? –preguntás con sospecha.

  -El portero –suspirás porque el encargado deja pasar a cualquiera.

  -¿Él te dijo dónde vivo? –Sostenés aún la puerta con la mano.

  -No, soy arquitecto –dice como si eso explicara todo.  

  -Está por llegar mi novio –le decís con voz temblorosa. Sabes que un hombre si quiere te levanta con una mano.

Sos pequeña de cuerpo.

 -No tengo drama, eh –dice suelto de cuerpo y entra sin invitación. Se sienta en el sillón y cruza las piernas mientras te mira canchero.

Sonríe. Le gusta este juego.

  -Pero yo sí, flaco – y mirás a ver qué tenés cerca por si se torna difícil la situación.

Lo ves observar todo y se queda en los cuadros.

 –Por favor ándate, no quiero tener problemas –le aclarás y te acordás del mensaje de tu novio.

Ya está por llegar.

  -¿Ése es tu novio? –y lo señala con el dedo despectivamente en aquella fotografía de uno de los tres cuadros colgados.

  -Si –lo mirás y ves que aún tiene húmedo su cabello. Los ejercicios. Sus abdominales. Tu novio que está por llegar. Las ganas. El miedo. La explosión. –Ándate, por favor. O… -tartamudeas.

  -¿O qué? –te intimida con su mirada.

  -O llamo a la policía –le decís y te acercás al teléfono inalámbrico corriendo.

Él llega antes y te lo saca de las manos. Vos reculas y lo ves acercarse.

  -Bueno, basta –dice mientras te enfrenta. –Me cansé –Se abalanza hacia vos y te chocás con la puerta marrón.  

  -¡Salí, flaco! –hablás fuerte y te desesperás. Querés escapar de sus brazos hasta que él larga una carcajada descomunal.  

  -Basta, loquita –te dice dulce mientras besa tu cuello despacito. Y vos sonreís porque ya se aburrió.

 -¿Cuánto ibas a sostener el personaje? –pregunta mientras mete las manos en tu musculosa negra.  

  -Me debo a mi público –contestás y enrollás tus manos en su cuello para atraerlo más.  

  -Hablando de público –dice despegándose de tu cuerpo para enfrentarte mientras caminan por el pasillo. -¿Siempre hacés la misma escena después de bañarte? –Acaricia tu cabello.  

  -Sólo para el vecino de enfrente –Sonreís traviesa porque ahora lo tenés frente a vos. –Y mira lo que logré –agregás mientras te acercas a su remera gris y se la sacas despacio.

  -Sabías que estaba ahí –te dice dejándose explorar.

  -Por supuesto, amor –Tus manos recorren sus abdominales. –Siempre hacés ejercicios después de cenar y antes de dormir –su pantalón en el piso.  

  -Qué lindo que la vecina sepa mis movimientos –lanza mientras te levanta para tirarte en la cama.  

  -La vecina es tu novia y te ama –le confesas cuando su cuerpo se sube a vos.

  -El vecino mucho más –Su beso sonriente lo confirma.

Y es en esa cama para dos que ellos entienden que la mejor forma de hacer el amor es un juego de seducción.

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paumunevar

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