Literatura

Karina Y La Rata



Karina Y La Rata - Literatura

Karina era una mujer de treinta y algo… Aunque tenía un par de kilos de más, conservaba vestigios de su figura curvilínea de tiempos más generosos. Daba la impresión de ser tierna, ya que sus mejillas eran gruesas y rosadas, aunque no combinaban con su voz, cuyo tono era muy agudo y chillón. Tenía la piel blanca y el cabello negro azabache, liso y largo, casi hasta la cintura. Ella se peinaba frenéticamente frente al espejo mientras intentaba salvarse de un colapso mental.

Su casero había venido unos minutos antes a pedirle el dinero de la renta y la chica lo había mandado al demonio, luego de que el hombre le insinuara que podía utilizar “otros métodos de pago.” Karina atravesaba  una situación difícil, ya que estaba desempleada debido a sus constantes cambios de humor y estallidos de impulsividad, los cuales se agravaron cuando su ex esposo, un reconocido abogado de la ciudad, utilizó toda clase de artimañas legales para finalmente quitarle la custodia de su pequeña hija Alondra.

Karina no tenía idea de qué hacer, lo que si sabía, es que ahora tendría que irse, pues la paciencia del propietario se había acabado. Casi milagrosamente logró calmarse un poco y comenzó a buscar clasificados en internet. Si conseguía un trabajo rápidamente, podría pagar un lugar más económico y luego buscar una forma de estabilizarse para recuperar a su pequeña.

Dicen que la suerte nos llega cuando menos se espera, tendríamos que esperar hasta el final del cuento para ver si es verdad. Lo cierto, es que Karina encontró un anuncio que resolvía dos de sus problemas de una sola vez.

Alguien estaba ofreciendo una especie de trueque. Se trataba de una anciana, que según explicaba brevemente, se pasaba mucho tiempo viajando fuera de la ciudad, por lo que necesitaba a alguien que cuidara de su vieja casa. No estaba dispuesta a pagar por ello, pero a cambio, el inquilino no tendría que pagar alquiler. Sonaba como el trato perfecto para Karina.

Luego de conducir por más de dos horas, Karina arribó al tenebroso lugar. La casa no era tan grande como ella esperaba, aunque el terreno en cuestión si era bastante extenso.

El estilo de la estructura era gótico, en la entrada principal, dos enormes gárgolas de piedra hacían las veces de guardianes. A Karina le parecieron muy interesantes. En ese momento, el clima era frío y sombrío, al parecer se avecinaba una tormenta.

La mujer tocó la puerta con la mejor de las actitudes, pues aquel paisaje, que para cualquier otra persona hubiese sido un poco escalofriante, para ella era algo relativamente normal, ya que nuestra querida Karina se había vuelto completamente atea desde hacía ya mucho tiempo. Ella no creía en nada cósmico, religioso o paranormal. Su filosofía era que todo, absolutamente todo, podía ser explicado por la ciencia; y la fe, solo era una ilusión creada por los humanos para satisfacer su necesidad de dejar la responsabilidad de su propio destino en manos de algo “superior.”

Si no existía Dios, mucho menos el demonio… Según Karina, los únicos demonios son los que están en la mente de cada uno de nosotros…

La intrépida Karina tocó la puerta sin vacilar. Varios minutos después apareció la decrépita anciana propietaria del lugar. La señora Lourdes, luego de presentarse con su posible cuidadora, se dispuso a mostrarle la casa mientras le conversaba sobre sus viajes a Europa. Según decía, se había quedado sin dinero mucho tiempo atrás, pero tenía tan buenas amistades que siempre era recibida en París, Berlín, Milán y otras locaciones. Por ello, prefería escapar de su triste realidad y apartarse de su propiedad, la cual, cabe destacar, no se veía mejor por dentro que por fuera.

El lugar era polvoriento y sombrío. Los estragos de la humedad y el descuido se habían hecho notorios en toda la estructura, la cual contaba con una imponente escalera que se encontraba en frente de la entrada principal y que dirigía hacia las habitaciones ubicadas en la segunda planta. Dos de ellas estaban completamente repletas de toda clase de artículos acumulados, cubiertos de polvo y llenos de telarañas. La restante era de la señora Lourdes y era donde Karina podría estar si aceptaba las condiciones…

Soy una mujer muy franca, querida Karina… – Impuso Doña Lourdes, mientras se echaba aire con su viejo abanico – Con el pasar de los años se aprende a no perder tiempo tratando de engañar a las personas. Tarde o temprano, siempre descubren la verdad…

Esta casa está embrujada. Es por ello que, aunque ya estoy acostumbrada al mal que habita en este maldito lugar, he decidido pasar el menor tiempo que me sea posible aquí. Varias personas han intentado vivir en esta morada, pero ninguna ha soportado más de tres noches. Durante la oscuridad se escuchan voces, chillidos y rasguños en las paredes; es casi imposible conciliar el sueño. No tengo idea de qué es lo que ocupa este espacio, ni por qué vino aquí, lo que sí es seguro es que hay una presencia que disfruta atormentar a los desprevenidos…

Es por ello… – Continuó Doña Lourdes – que no pienso venderla. Sería un acto desleal hacia cualquier desafortunado que esté buscando un lugar para criar a su familia…

Karina la miró con incredulidad por unos instantes, luego le comentó sobre sus creencias, (O la falta de ellas) y, posteriormente, le ofreció un trato interesante a la particular anciana. Karina se quedaría a cuidar la casa por varios meses, si se adaptaba sin problemas, le compraría la casa pagándola por cuotas, así la anciana podría tener un ingreso y tendría alguien a quién dejarle la casa, ya que como le había contado durante la conversación, la anciana nunca había tenido hijos y su esposo había muerto varios años atrás.

La señora Lourdes aceptó el trato de muy buena gana, y, antes de que Karina tuviese tiempo de bajar sus cosas del auto, se había marchado del lugar.

Karina observó el sitio de arriba abajo y lo primero que hizo fue comenzar a limpiar. Era una mujer obsesionada con la limpieza, así que estuvo el resto del día sacando kilos y kilos de polvo, tierra y desperdicios. Cuando llegó la noche, la chica estaba exhausta.

Se dio una ducha rápida y se preparó para ir a la cama. La alcoba contaba con una ventana que tenía una cortina olorosa a humedad, Karina la cerró para dormir hasta tarde sin que la luz la perturbara, ya que siempre había tenido el sueño muy liviano, finalmente quedó rendida en la antigua, pero confortable cama matrimonial.

En plena madrugada, la tormenta que se había insinuado en horas tempranas apareció para alterar el silencio reinante. Karina perdió el sueño y se levantó refunfuñando sola, como era habitual en ella. Una sensación difícil de describir la hizo despertar. Fue como si supiera que alguien más había entrado a su habitación, como si sospechara que alguien la estaba observando mientras dormía.

Se sentó sobre la cama y miró en todas direcciones. Obviamente, no había nadie en la alcoba, lo único extraño que pudo notar es que las cortinas estaban abiertas de par en par.

Se levantó de mala gana y volvió a cerrar las cortinas, luego volvió a la cama, y justo cuando cerró los ojos, escuchó un movimiento que venía de la ventana. Una vez más, las cortinas estaban abiertas.

Se volvió a dirigir hacia las renuentes cortinas, esta vez con mayor furia. Tomó un gancho de ropa que estaba sobre la peinadora y lo utilizó para asegurar que las cortinas no volviesen a abrirse. Nuevamente volvió a la cama. Esta vez no cerró los ojos de inmediato, se mantuvo unos minutos mirando las cortinas a ver si volvían a abrirse, luego, intentó dormir nuevamente.

Había pasado quién sabe cuánto tiempo y Karina dormía profundamente, de pronto, comenzó a tener un sueño bastante raro. Ella se veía a sí misma durmiendo en la cama. Repentinamente, un par de sombras entraron a la habitación. Cada una la tomó de un brazo y la comenzaron a arrastrar fuera de la alcoba, Karina siguió a su propio “yo” en el sueño mientras era forzada por las dos sombras a través de las escaleras, rumbo a la entrada principal. Al parecer, intentaban echarla de la casa.

Al llegar justo a la entrada, Karina gritó: “¡Suéltenla!” Las sombras le hicieron caso y voltearon hacia ella, fue cuando pudo darse cuenta de que se trataba de las dos gárgolas de la entrada, las cuales saltaron hacia ella bruscamente. Por fortuna, justo en ese momento despertó…

Todo había sido una pesadilla, pensó en ese momento, pero de pronto, sintió dolor en ambos brazos. Al revisar con mayor detalle, tenía marcas rojas en cada extremidad superior, como si efectivamente alguien la hubiese sujetado.

Se alarmó bastante, pero como no creía en nada paranormal no se molestó en buscar alguna explicación ilógica. Tal vez se había lastimado limpiando y no se había dado cuenta. Sin mayores sobresaltos trató de volver a dormir.

Su noche todavía no terminaba. En esta oportunidad lo que la despertó fue un sonido, o mejor dicho, una mezcla de ellos. El primero, era una especie de chillido ocasional e intermitente, no tan agudo ni tan fuerte. El segundo, era una especie de campaneo, como cuando alguien golpea una copa de cristal con una cuchara en un brindis, pero mucho más leve y continuo.

Se volvió a levantar, a estas alturas estaba considerablemente amargada. ¿Acaso no podría tener unas horas decentes de sueño? Prestó atención al molesto ruido y pudo notar que venía de la peinadora. En ella había un gran espejo y varias alhajeras. Caminó para inspeccionar de cerca y encontrar la fuente del sonido, pero justo cuando llegó, el ruido se detuvo.

Karina miró al espejo que estaba justo de frente a la cama. En ese momento pudo ver el reflejo de una especie de bulto que estaba bajo su cobija y se movía con lentitud de un lado a otro. No se trataba de algo tan grande como una persona, sin duda, pero si tenía volumen suficiente como para ser notado. Esta vez Karina fue víctima del miedo y no supo bien cómo reaccionar.

Se acercó con cautela hacia la cama, y de un solo golpe tiró de la cobija para dejar al descubierto a lo que sea que estuviese sobre la cama. Se llevó una gran sorpresa. ¡Se trataba de una enorme y grotesca rata de color negro!

¡Maldita sea! – Gritó Karina mientras daba un salto hacia atrás – ¿Pero cómo no lo supuse? ¡Esta pocilga debe estar infestada de ratas!

La rata corrió sin demasiado apuro rumbo a una de las esquinas del cuarto y desapareció. Karina se acercó con recelo y vio que había una enorme grieta, era claro que la rata la usaba como entrada y que había estado merodeando toda la noche.

Por una parte se sintió aliviada. Había comenzado a pensar que algo extraño estaba sucediendo, ahora estaba segura de que sus percances solo se debían a una simple plaga de ratas.

Los ruidos continuaron durante toda la noche, Karina trató de ignorarlos pero fue inútil, no pudo descansar correctamente. A la mañana siguiente partió rumbo a la ciudad, en busca de una solución económica para su problema.

Luego de buscar un rato, encontró una tienda que podía tener algo útil. Le preguntó a un empleado de aspecto bastante raro, y el hombre le dijo que tenía algo que podía usar. Se trataba de unas píldoras venenosas que según él, eran sumamente efectivas. Los ojos del dependiente se iluminaban mientras le explicaba a Karina cómo usarlas. Le dijo que debía usar guantes esterilizados, pues las ratas detectan el olor humano y sospechan, cosa que a Karina le pareció interesante. ¿Quién diría que eran tan inteligentes? Además, el hombre sugirió que las mezclara con otros restos de comida.

Karina impregnó la casa con el veneno y siguió las instrucciones del tendero. Adicionalmente, había comprado pegamento para hacer cebos con carnada, y unas cuantas trampas ratoneras de resorte. Había gastado buena parte de su dinero, pero aun así, seguía siendo más barato que llamar a un exterminador. No había dinero para desperdiciar.

Durante toda la semana siguiente, Karina no pudo dormir bien ni una sola noche. Cuando no se trataba de los mismos ruidos, se adicionaban los sonidos de las trampas de resorte que se accionaban. Karina corría de la cama para ver si la rata había caído finalmente, pero se encontraba con que el animal se había llevado la carnada y seguía ileso.

Sumado a las numerosas travesuras de la rata, la chica había comenzado a tener pesadillas recurrentes, cada vez más realistas, siempre asociadas a que algo intentaba sacarla de la casa. Cuando no eran las gárgolas, soñaba con la rata. ¡La maldita rata había invadido hasta sus sueños!

La obsesión de la joven fémina se acrecentaba con cada noche que pasaba, siendo ella una mujer tan compulsiva, su ansiedad estaba llegando a niveles peligrosos. Las trampas de pegamento fueron completamente ignoradas, pero lo peor llegó cuando Karina pudo ver con enojo que la rata, porque era siempre a la misma a la que veía, comenzó a comer la comida que Karina mezclaba con las píldoras, pero dejaba intacto el veneno como tal.

La chica no estaba dispuesta a dejar que un roedor le ganara la partida. Pasaba todo el día pensando nuevas formas para capturar al inmundo cuadrúpedo, sin embargo, cada intento era evadido por la rata.

No conforme con ello, cada vez parecía ser más temeraria. Caminaba alegremente frente a la cama de la chica, incluso se subía a la peinadora. A veces Karina despertaba de golpe y veía a la rata, observándola fijamente. En una ocasión, la chica se dio cuenta de que el animal la observaba desde la peinadora, así que le arrojó una sandalia, la cual impactó contra el espejo quebrándolo en mil pedazos. La rata solo esquivó el proyectil y volvió con calma a su madriguera, como burlándose de la impotencia de la atormentada mujer.

A la segunda semana, Karina no podía más. Su obsesión se estaba haciendo extrema y se había dado cuenta de que no se había preocupado por buscar un nuevo empleo. Sus ahorros de emergencia se estaban terminando y tenía que buscar alguna solución. Decidió hacer una pausa en su batalla para después poder ganar la guerra.

Consiguió unas orejeras para taparse los odios y así evitar el ruido. Meditó por media hora para librar su mente de cualquier pensamiento negativo y así poder dormir sin tener pesadillas. Finalmente, se acostó cómodamente a tratar de dormir tranquila por una noche. Ignoraría por completo a la rata, al menos hasta el día siguiente.

La técnica estaba dando resultado, la chica dormía profundamente, estaba soñando con su adorada hija Alondra. En el sueño, la chica jugaba alegremente con una muñeca en un cuarto de color rosado.

Súbitamente, el cuarto cambió de color hasta volverse completamente negro y oscuro, era difícil distinguir la silueta de la niña. Un par de ojos rojos aparecieron en la oscuridad, y de pronto, la luz se encendió, ¡Allí estaba la sucia rata! Mirando de frente a la pequeña. Con asombrosa velocidad, la rata saltó sobre la niña y comenzó a atacarla brutalmente hasta asesinarla y dejarla tirada en un charco de sangre, para luego comenzar a devorarla.

Karina gritaba sin cesar intentando alejar al roedor, pero este parecía ignorarla. Las sensaciones eran muy reales y por más que intentaba, no podía despertar de ese horrendo sueño.

Cuando la rata terminó su festín, volteó su mirada, con su pequeño rostro negro enrojecido por la sangre hacia su espectadora de lujo. Simplemente la miró por unos minutos, sin hacer nada, casi sin respirar, mientras Karina le gritaba toda clase de maldiciones y amenazas. Llegó un momento en que Karina se cansó de gritar y comenzó a llorar desesperadamente. Cayó de rodillas, miró a la rata a los ojos y le preguntó: ¿Qué es lo que quieres de mí?

¡Solo quiero que te largues de mi casa! – Respondió la asquerosa rata, con una voz gruesa y tenebrosa…

¡Karina despertó de golpe! Dio un salto y quedó sentada sobre la cama. Pudo ver que estaba sudando frío, se quitó las orejeras y miró hacia la peinadora. Allí estaba la rata, sentada sigilosa entre la oscuridad, mirándola fijamente, como a la espera de algún movimiento.

Karina comenzó a sentir un terror muy pero muy real. Definitivamente lo que estaba pasando era demasiado raro como para ser considerado normal. ¿Cómo era posible que justo después de ese sueño, la rata apareciera tan amenazante y tranquila frente a ella?

La mujer se levantó de golpe y comenzó a dar gritos para espantar a la rata de vuelta a su madriguera, sin embargo el roedor parecía ignorarla por completo. La chica tomó nuevamente una de sus sandalias y se acercó de forma amenazante con la mano levantada hacia el animal,  pero apenas hizo su insinuación de agresión, la rata corrió hacia ella sin ningún tipo de temor y la hizo caer de golpe sobre la cama. Le mordió la mano con sorprendente fuerza y luego corrió hacia la madriguera.

Karina se limpió bien la herida y se preparó para ir al día siguiente al médico para que la vacunaran. No podía sacar de su mente ese sentimiento de duda que la hacía pensar que tal vez estaba equivocada. ¿Qué tal si lo paranormal si existía después de todo? ¿Acaso había una fuerza desconocida que intentaba sacarla de su nuevo hogar?

No había manera de que fuese así. Era claro que estaba sufriendo alguna clase de desorden post traumático por todo lo que había pasado en su vida recientemente, y su subconsciente lo estaba manifestando en forma de temores. Sin duda le estaba dando más importancia de la cuenta a un animal más agresivo de lo normal. Decidió tratar de descansar un poco para lo que le esperaba al día siguiente.

Se despertó lentamente a la mañana siguiente y se estiró un poco. Apenas terminó de abrir los ojos, vio a la rata a plena luz del día, posada una vez más sobre la peinadora. Con la luz se veía mucho más amenazante. Era bastante grande, del tamaño de un gato, tal vez. Su rostro tenía cicatrices, probablemente huellas de batallas con felinos o con ejemplares de su raza. Su pelaje era corto y negro, sus dientes sobresalían de su boca y se veían más afilados de lo que deberían.

Karina se lo tomó con calma y le sonrió a la rata mientras pensaba que esta era la oportunidad para aniquilarla. Giró su mirada hacia la mesita de noche que estaba a su derecha y pudo ver un viejo reloj despertador que había sobre ella. Lo tomó con lentitud para arrojárselo al roedor, pero pensó que si se levantaba tendría mayor estabilidad y por consecuencia, su disparo tendría mayor potencia para lastimar a la intrusa.

Se movió con gran lentitud para no alarmar a la rata, y suavemente, sacó el pie derecho de la cama hacia el suelo, en busca de sus sandalias, las cuales siempre dejaba en el mismo sitio. Con mucha cautélela fue metiendo el pie, pero algo la tomó por sorpresa…

Escuchó un sonido muy conocido, el ruido de las trampas de resorte, el cual vino seguido por un indescriptible dolor. ¡Había pisado una de las trampas! ¿Pero quién la había puesto allí?

La mujer se tiró al suelo, revolcándose del dolor ante la mirada fija de la rata, quien parecía disfrutar del horrendo espectáculo. Ya desde el suelo, Karina levantó su mirada hacia su compañera de habitación, sus ojos se cruzaron, en ese momento, Karina sintió algo muy extraño dentro de su ser, era como ver a los ojos de una persona, una muy malvada.

Luego de atenderse un poco, Karina salió de la casa rumbo al centro médico para que le brindaran los cuidados necesarios. Al salir de allí fue a visitar a Alondra a casa de su ex esposo, ya que era el día estipulado para las visitas. Al llegar al lugar, la niña estaba llorando. Su madre le preguntó el por qué de su llanto y la niña le contestó que había tenido una pesadilla horrible. Cuando Karina le pidió que le contara, quedó completamente horrorizada. La niña le contó que en su sueño, una enorme rata había atacado a su madre hasta matarla para luego devorarla pedazo a pedazo en un charco de sangre.

Karina estaba a punto de perder el control. Sin duda alguna había tenido suficiente de esa sucia rata y estaba decidida a acabar con ella de una vez por todas. Se escapó con la excusa de que iba a usar el baño y subió a la habitación de su ex marido. Recordó que el hombre guardaba un revolver calibre 38 en una de las gavetas, la escondió en su bolso y luego de despedirse de su pequeña, partió para enfrentar a su cuadrúpeda enemiga.

Llegó a casa al atardecer, deseosa de que la rata apareciera. Sin embargo, el animal no se veía por ningún lugar. Subió las escaleras ansiosamente y se instaló en la habitación. Se sentó en su cama como una maniática, con el revólver en mano y a la espera de que la intrusa apareciera.

Por horas y horas esperó, hasta que finalmente, la falta de sueño y el desgaste emocional la vencieron. Se quedó profundamente dormida y comenzó a tener uno de sus raros sueños. Esta vez las gárgolas la tomaron de los brazos y la lanzaron sobre la cama de la habitación, la rata la esperaba posada sobre la peinadora.

Cuando Karina vio a la rata en el sueño, despertó de inmediato recordando su misión. Tomó desesperadamente el revólver, ¡y allí estaba la condenada rata! Una vez más, observándola fijamente…

Karina comenzó a temblar estrepitosamente, como pudo intentó apuntar lo mejor posible hacia el roedor, cuando sintió que tenía un buen tiro accionó el gatillo. Un estruendo azotó la habitación, sin embargo, había fallado. La rata seguía en el mismo lugar.

Quedaban cinco tiros en el arma. Karina decidió que era mejor no apuntar tanto y actuar compulsivamente, como era habitual en ella. Disparó hasta que el arma estuvo vacía, pero de nuevo había fallado. La rata seguía posada en el mismo lugar.

Karina colapsó. Estremeció la alcoba con un clamoroso grito de impotencia y rompió en llanto. Se había rendido, era un completo desastre, había arruinado su matrimonio, había perdido a su hija, su trabajo y a su vida, y no conforme con eso, no era capaz de lidiar con una simple rata…

¡No entiendo qué demonios es lo que quieres de mí! – Gritó Karina con todas sus fuerzas mientras miraba a los ojos a la rata, obviamente sabiendo lo absurdo de su accionar.

-Solo quiero que te largues de mi casa… – Contestó la rata, con la misma voz gruesa y tenebrosa que tenía en el horrendo sueño previo…

Karina sintió como quedaba privada del susto y comenzó a arrastrarse desesperadamente hacia el tope de la cama sin quitarle la mirada de encima a la rata. Temblaba y lloraba incontrolablemente mientras la rata la veía sin inmutarse…

¡No puede ser! – Se dijo Karina a sí misma, mientras se estrujaba los ojos con ambas manos para secarse las lágrimas… – Esto no está pasando… ¡Tienes que controlarte, Karina! ¡Te estás volviendo loca, no puedes volverte loca! ¡Tienes una hija que te necesita!

-Sí que podrías volverte loca si sigues así, Karina – Contestó la horripilante voz, triplicando el terror de la alterada mujer… Evítate el sufrimiento que puedo causarte. ¡Solo lárgate de mi casa!

Karina se debatía entre la idea de que se había vuelto completamente loca, o la mínima posibilidad de que en efecto, estuviese cara a cara con una rata parlante. Se quedó paralizada por unos minutos mientras consideraba sus opciones, la rata esperaba estática y sin quitarle la vista de encima, era como si esperara una respuesta…

Probablemente una persona más controlada hubiese hecho un mejor esfuerzo por tranquilizarse, a pesar de estar frente a frente con algo sobrenatural. Tal vez alguna otra mujer hubiese decidido lo más lógico, simplemente salir corriendo del lugar y no volver nunca más, pero como ya deben haber notado, Karina no era muy lógica, era más bien algo más emocional de lo normal…

¿Y quién diablos te crees tú para correrme de mí casa? ¡Maldita rata mugrosa! – Gritó Karina con todas sus fuerzas y con la voz quebrantada entre sollozos nerviosos…

Realmente, quién sea yo no es de tu incumbencia… – Respondió la rata, notablemente furiosa, mientras experimentaba un cambio de color en sus pequeños ojos, los cuales se hacían brillantes y rojizos… – Lo que realmente te debe importar es lo que puedo hacerte… Y mejor aun, lo que puedo hacerle a la mocosa que tienes por hija. No te conviene confrontar una fuerza que no puedes ni siquiera comprender. Si no te largas esta misma noche, puedes estar segura de que muy pronto cenaré carne humana, la carne fresca y tierna de tu hija…

La rata caminó calmadamente hacia su madriguera hasta que salió de la vista de Karina. Ella quedó paralizada, completamente horrorizada, pues tan pronto como la rata mencionó esas palabras, vinieron a su mente las realistas imágenes del sueño que había tenido.

¿Qué clase de demonio era esta maldita rata? Era un misterio que realmente no era tan importante, pues Karina no estaba dispuesta a arriesgar a su hija por una casa mugrienta. Pensó que lo más prudente sería abandonar el lugar, así que comenzó a calmarse momentáneamente. Sin embargo, su temperamento volátil e inestable hizo acto de presencia. El rencor y la rabia se apoderaron de ella.

Karina decidió que no se iría sin vengarse por todo lo que había sufrido. Era evidente que lo único que le importaba al pequeño demonio era la casa, así que no iba a dejar que la rata se quedara con ella. Si no era de Karina, no sería de nadie.

Sus ojos se llenaron de una ardiente y malévola furia. Había perdido lo que le quedaba de cordura, así que fue a uno de los cuartos y buscó un bidón de combustible que había visto mientras limpiaba el lugar, luego comenzó a impregnar toda la casa mientras reía como una demente.

Una vez terminada la tarea, se acercó hacia la puerta de la casa, con una caja de fósforos y en mano y se dispuso a incendiar el lugar para luego marcharse, con la viva esperanza de que la rata ardiera junto a la vieja estructura. Si se salvaba, igual no tendría una casa estable donde vivir. No le iba a dar el gusto de meterse con ella y salir impune.

Justo antes de encender el cerillo, la rata apareció desde la planta superior y se paró en dos patas frente a la escalera, con una expresión tranquila, y mirando a Karina directo a los ojos. La chica sonrió, visiblemente despeinada, con el maquillaje chorreado por todo el rostro producto de las lágrimas, y simplemente le dijo: “Bienvenida al infierno” luego, arrojo el fósforo con arrogancia y la casa comenzó a arder ferozmente ante las carcajadas de la trastornada mujer.

La chica le dio la espalda a su peluda enemiga y se dispuso a abrir la puerta para largarse y nunca más volver, pero la puerta estaba trabada y por más que forcejeó, no pudo abrirla…

¿El infierno, dices? No sabes cuánto desearía volver… Los seres humanos, siempre hablando de cosas que no conocen… – Replicó con fuerza la rata, mientras Karina corría desesperada de una ventana a la otra, intentando sin éxito encontrar una salida… – Solo en una cosa tienes razón, cada quien crea su propio infierno, y tú, mi querida Karina, acabas de crear el tuyo. No te dejaré salir de aquí, ya que no quieres irte de mi casa arderemos juntos hasta el fin…

Karina miró nuevamente a la rata, que se mantenía inmóvil sin que las llamas o el humo la afectaran. La chica se estaba ahogando y corría desesperadamente buscando un lugar en dónde refugiarse. Finalmente, cayó al suelo y pudo darse cuenta de una triste realidad. Si existía el mal, encarnado en esa sucia rata, también tenía que existir el bien…

Hace tiempo que no hacía esto… – Murmuró Karina, mirando hacia arriba, dirigiendo una última plegaria a Dios. – Supongo que ya no importa mucho, ahora que estoy a punto de morir, pero lamento mucho no haber creído en ti durante todos estos años, Padre Todopoderoso. Espero que puedas perdonarme, por favor cuida a mi hija, que sea feliz…

La chica perdió el conocimiento, justo después de ver una extraña luz blanca que iluminaba todo el lugar. Se quedó rendida con una sonrisa, finalmente podría tener un poco de descanso.

Una voz masculina la despertó de golpe. Se trataba de un joven paramédico que le suministraba los primeros auxilios. Se encontraba en una ambulancia. ¡Se había salvado!

Se levantó exaltada y preguntó qué había pasado. El hombre le pidió que se calmara, pues era un milagro que estuviese viva y tenían que hacerle varias pruebas.  Karina supo que Dios la había salvado, sintió alivio y agradecimiento mientras el hombre le decía que le pondría un sedante para que se tranquilizara un poco.

El químico comenzó a hacer efecto rápidamente y la chica durmió plácidamente, comenzó a soñar con la sonrisa de su hija y sintió una enorme alegría, pero de pronto, la rata apareció sentada frente a ella y simplemente le dijo: “Nos volveremos a ver”

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Acerca del autor

Pedro M

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