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Kinbaku, o el arte de atar.



Kinbaku, o el arte de atar. - Sociedad

He de reconocer que me causa bastante curiosidad todo lo relacionado con el kinbaku, el arte de atar, el cual pese a guardar similitudes con el occidental bondage, se diferencia en la esencia de su cometido y finalidad. La técnica japonesa no busca oprimir a la persona atada, sino liberarla en cierto modo, ya que la cuerda en sí, a diferencia de como ocurre con el bondage, no tiene el objetivo de inmovilizar físicamente, sino de servir de conductor de energía y conectar al que ata y su presa. 

Presa. La elección de la palabra no es casualidad. Como aficionado a la fotografía, he seguido bastante la obra de Nobuyoshi Araki, un genio tokiota de 79 años, el cual ha sido acusado en más de una ocasión de pornógrafo y misógino, por diversos grupos feministas, debido al contenido de su trabajo. En ella abunda sobretodo las imágenes de mujeres atadas mediante el arte del kinbaku.

Pero quien considere misógino a Araki es que no es capaz de ver más allá, de entender las motivaciones de una mente constantemente en ebullición y que busca explorar y explotar mediante su cámara el enorme erotismo y sensualidad de una mujer atada de tal forma que no supone una agresión a su persona, sino una forma elegante y bella de venerarla y mostrar su pureza. Desde Yoko, quien fuese su esposa, su alma gemela, su musa; hasta Bjork o Lady Gaga, todas las modelos con las que ha trabajado en los más de 500 books que componen su creación, le pidieron expresamente ser atadas y fotografiadas. Nunca tuvo problemas para encontrar modelos, pues, tal como muestra el documental Akarimentari, cientos de mujeres, tanto jóvenes como de mediana edad, acudían deseosas para ser fotografiadas por él y terminaban complacidas por cómo las representaba, por el aura que desprendían gracias a su enorme habilidad para retratarlas. Ahí radicaba la belleza de su arte, pues aunque Araki las ataba personalmente, siguiendo las pautas que reza el kinbaku, primero torso, seguido de nalgas, vientre y terminando por las extremidades, haciendo especial hincapié en las zonas erógenas, lo hacía de forma simple y repetitiva, ya que no era un maestro de la cuerda y el nudo. Lo suyo era plasmar la imagen, darle vida.

Siempre he creido que antes de sentenciar a alguien por sus filias, lo mejor es tratar de entender, ser más empáticos y, ¿porque no?, probar, siempre que ello no atente contra la integridad de nadie. En este caso, sea kinbaku o bondage, mientras se actúe en base al respeto, de mutuo acuerdo, con alguien de confianza y con unas normas preestablecidas, no hay motivo para alarmarse.

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Acerca del autor

Tiago Xacó

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