Literatura

Komorebi

Komorebi - Literatura

Bocetos y restos de pintura esparcidos por toda la habitación como si de una ecatombre se tratara.

Julián, de veintitrés años, licenciado en Bellas Artes atraviesa una etapa de oscuridad en su vida. Su creatividad dejaba de ser fértil y su inspiración se tornaba aún más inerte. El dibujo era su forma de expresión y por ende su manera de entender aquella realidad tan esperpéntica y abstracta que le asaltaba por doquier. Pintaba a destajo estampando brochazos en sus lienzos y abriendo caminos que le conectasen con Dios. La pintura era un símil como el que busca a Dios a través de la Religión. Prácticamente andaba encarcelado entre formatos sin encontrar sendas que le conectasen con algo divino.

Tras pasar varias noches sin pegar ojo, decide telefonear una mañana a su mejor amigo, Matías. Éste era licenciado en Traducción e Interpretación y un amante de las letras. Trabajaba como autónomo traduciendo encargos y era un especialista en el campo de la poesía. Era un tipo muy positivo y bohemio que siempre llevaba consigo un cuadernillo en el que escribía todo tipo de poemas.

Matías, al igual que Julián, trataba de encontrar en la poesía el sentido de la vida. Le gustaba caminar por la orilla y escribir sus emociones en su pequeño cuaderno. Siempre decía que un paseo por la playa sin papel ni lápiz era como ir desarmado frente a posibles ataques de ideas inminentes.

Ambos colegas se refugiaban entre lienzos y palabras para encontrar la verdad.

Los dos amigos deciden de un día para otro emprender un viaje a Japón. Al parecer Julián había escuchado hablar de una cosa llamada «Komorebi» y le llamó tanto la atención de que convence a Matías para ver aquella cosa misteriosa.

Impulsados por una fuerza que como un imán les atraía, gestionan sus billetes y viajan a Japón.

Allí se dirigen hasta un bosque que varios nativos habían mencionado, y donde al parecer ocurren unos fenómenos naturales dignos de ver.

Julián y Matías se dirigen hasta allí y se adentran en aquél bosque. Dejándose llevar por su instinto, se adentran en un camino angosto que les lleva hasta un paraje natural con árboles enormes.

Ambos quedan maravillados, cuando de repente miran hacia arriba, entre los claros de los árboles, y de repente quedan absortos de lo que ven sus ojos. Los destellos del sol impactan con las hojas de los árboles y provocan un juego de luces que les deja petrificados.

Aquél fenómeno provocó en ellos un sentimiento de dicha, de gracia y de abundancia que nunca pudieron encontrar encarcelados entre lienzos y palabras. Julián entendió que la vida no entiende de formatos y Matías vio que la única forma de hacer poesía, era la poesía sin palabras, la poesía del sentimiento más profundo del alma que ninguna palabra podría definir.

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Jodikaiopolis

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