Literatura

La bestia y el manantial



La bestia y el manantial - Literatura

Un día, la bestia se despertó sobresaltada, su vida era precisamente aquello de lo que quería huir, la falta de ilusiones en sí mismo y en todo lo que le rodeaba, esas singulares circunstancias que le habían atrapado en aquel castillo abandonado, rodeado de maleza por todas partes, descuidado como él mismo, y perdido en algún lugar de un mundo que ya no era el suyo.
Observando detenidamente su rostro, como venía haciendo cada mañana desde tantos años atrás que ya ni recordaba, aquel manantial cristalino de aguas mansas le devolvía su mirada, mientras mudo y absorto derramaba una lagrima amarga al verse reflejado en aquellas hermosas aguas. Sabía que era en eso en lo que se había convertido, aún así, seguía con su vida miserable, aunque es verdad también que en ocasiones había pensado en arrebatársela.
Pero ese día en concreto, recordando el sueño que lo había despertado entre sudores y escalofríos, se dijo que no podía seguir esperando. Jamás nadie podría mirarlo como antes, de esa forma tan especial que aún recordaba con nostalgia.
Supo que sólo él mismo podría darse la fuerza necesaria, pues, si no, ¿quién más lo haría?
Cansado y rendido de vivir sin ilusiones e inmerso en una aplastante melancolía, corrió junto al único consuelo que tenía, al manantial de aguas azuladas que podía soportar su presencia y devolverle el reflejo sin temor, sin asustarse. Como cada día, derramó una lágrima sobre tan claras aguas. Y al momento, sin que la bestia hubiera tenido tiempo siquiera de asimilar lo que estaba sucediendo, notó que su rostro reflejado en ese espejo perfecto estaba cambiando. Se miró las manos, los brazos, las piernas su cuerpo sin dar crédito.
Estaba desnudo, y ya no era una bestia lo que veía. Se había transformado en un apuesto hombre.
Quiso asomarse al manantial para ver su nuevo aspecto, pero el manantial ya no era tampoco eso. En realidad nunca lo había sido. Era simplemente una bella mujer de cabellos ensortijados y dorados como el oro, en cuyos ojos azules siempre se había estado mirando.
Se abrazaron como si toda una eternidad hubieran estado esperando tan dulce contacto y sus labios se encontraron en un beso, cuando la bestia bebió un sorbo de aquel agua mágica que tan maravillosamente lo había saciado.

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Acerca del autor

Aicrag

1 comentario

  • En realidad no hay un momento o un lugar para descubrir el amor verdadero. Sucede supongo que por accidente, en un instante, tras un beso o un sorbo de agua.
    Tierno, bello, sencillamente singular y maravilloso relato, Aicrag

    7
    1

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