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LA CIUDAD OCULTA



LA CIUDAD OCULTA - Viajes y ocio

MAUCALLACTA, LA CIUDAD OCULTA
 

En algún apartado rincón de Arequipa, Perú, érase una vez un pueblo que existió muchos siglos atrás, pero como todo en la vida, tuvo que llegar a su fin y hoy sólo quedan vestigios de su existencia, es Maucallacta que al español se traduce como “pueblo antiguo”.

 

Llegar hasta allá implica un largo viaje desde Arequipa. Sales en bus a las 7:00 pm para llegar a Cotahuasi al día siguiente a las 3:30 a.m. luego debes abordar otro transporte más pequeño  que sale de Cotahuasi a las 5:00 a.m. con destino a Puica, un pequeño pueblo ubicado en la parte alta del rio Cotahuasi y rodeada de altas montañas. El camino es una trocha carrozable que bordea el rio hasta cierta parte, luego asciende de forma sinuosa a través de innumerables curvas. En el trayecto, al frente, se puede apreciar caídas de agua que nacen de lo alto de prominentes colinas y que discurren como hebras plateadas que van hacia el río.

Se llega al promediar las 7:00 a.m. La gente en Puica es muy amable, sólo tienes que preguntar por el camino a Maucallacta y te señalarán hacia una colina que queda al costado del pueblo, en cuya cima se encuentra la ciudadela. Esta vez toca caminar, pues para llegar a ella es necesario trepar por una hilera de pronunciadas escalinatas de piedra, que cuesta arriba zigzaguean a lo largo de dos kilómetros (según el letrero que está colocado al inicio). Demás está decir que el camino es muy agotador.

Cuando al fin se ha remontado ese prolongado trayecto, ya exhausto, con apenas algunos restos de energía, de pronto te encuentras con un espectáculo grandioso. Frente a ti se presenta, imponente, esa ciudadela de piedra, serena e imperturbable, como suspendida en el tiempo. Son numerosas construcciones rectangulares conservadas, algunas derruidas, al parecer por manos codiciosas. Sus oscuras y sólidas estructuras, impregnadas de líquenes y cardos, contrastan con los tonos dorados de la hierba seca de otoño, de esa paja que danza con el viento y silba.

Entonces surge ese deseo incontenible de recorrer esos espacios que debieron ser sus calles y plazas. Mientras lo haces respiras su aire puro, frio y revitalizante, que te trae sutiles aromas; pero además se impone gratamente un silencio balsámico, tan ausente en las urbes actuales. Eres caminante en una ciudad que yace solitaria y abandonada, pero que en otros tiempos seguramente fue la cálida morada de gentes con creencias, costumbres y cultura diferentes. Puedes apreciar las viviendas, que son construcciones de dimensiones normales; pero también hay la zona de los muertos, pequeñas construcciones que contienen osamentas humanas. En el otro extremo del complejo se encuentran unas edificaciones que al parecer habrían tenido un carácter religioso.

Es una experiencia mística, solos tú y esa hermosa ciudadela, celosamente resguarda por la montaña; lejos del afán de lucro, lejos de ese aire de mercado que se respira en muchos vestigios similares. Se siente una paz profunda, plena, que penetra cada fibra de tu ser, es un lugar que invita a la contemplación, que te lleva a un estado de armonía y te desliga del tiempo y del espacio. Un sitio elevado en todos los sentidos, que propicia un reencuentro con lo más primigenio de nuestra naturaleza, ahí donde podemos escuchar el susurro del universo. Maucallacta, un paraje de ensueño.

 

 

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César Vargas

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