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La Ciudad sin sueños

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La Ciudad sin sueños - Literatura

     La Ciudad sin sueños

Un día me desperté y despegando poco a poco mis parpados entro en mis pupilas una ráfaga de luz que me cegó y que más tarde al recuperar la vista pude comprobar que no sabía dónde estaba, ni como había llegado allí. Recordé que el día anterior había salido muy tarde de la oficina y que camino a casa conduciendo llovía mucho y un manto de niebla iba cubriendo la carretera.

Me incorporé y logré levantarme de la cama, le di un vistazo a la habitación y me estremeció comprobar que nada me era familiar y no encontré una explicación pero me fue imposible hallar un reloj que pudiera darme información sobre que hora era. Mire por la ventana y las calles estaban llenas de personas que andaban de una forma uniforme y lo mas peculiar es que no interactuaban entre sí. Me acerqué a la puerta y abriéndola salí de la habitación y pude comprobar que había un pasillo interminable lleno de puertas idénticas a la de mi habitación y con números como la mía, en concreto mi puerta era la 201. Aunque parecía un hotel, al bajar las escaleras me di cuenta que aquello no era un hotel, era un edificio lleno de habitaciones y con una conserjería vacía en la planta baja. Me dispuse a respirar el aire frío de la calle y en ese instante, pude darme cuenta que me observaban de forma discreta los transeúntes que pasaban a mi lado, como si les pareciese un forastero. Encendí un cigarrillo y me dispuse a caminar subiéndome el cuello del abrigo y meditando nuevamente como era posible que hubiera llegado hasta allí, un sitio desconocido y con personas con las que jamás recordaba haberme cruzado.

Vislumbré una cafetería al otro lado de la calle y cuando estaba cruzando, me topé con una anciana que estaba recogiendo sobras de un contenedor y agrupando lo que encontraba en un carrito del supermercado. Cuando pasé, me miró fijamente y sonrió, me pareció que me hablaba, por lo que me detuve. Le pregunté si me había dicho algo y ella volvió a sonreír y afirmando me comentó, que como había llegado hasta allí y que cuanto tiempo me iba a quedar. Me sorprendió que me preguntara esto y aún mucho más que fuera la única persona que sonriera en aquel lugar. Le contesté que no sabía cómo había llegado allí, pero que quería regresar a casa lo antes posible. Ella volvió a sonreír y me dijo que lo más importante era saber cómo había llegado hasta aquél lugar, ya que entonces lo demás carecería de importancia. Me marché intrigado hacia la cafetería y al entrar allí el frio de la calle se perdió, pero me abrazó uno más intenso que rodeaba toda la atmosfera de esa cafetería, manifestándose en los rostros tristes y ausentes de las personas que allí estaban tomando un café con las miradas pedidas y con un silencio matador. No había nadie que sirviera en la barra, esta estaba vacía, pero había una moderna máquina de café y con unas pocas monedas pude comprar uno y sentarme en un rincón donde se hallaba una de las varias mesitas con sillas que vestían la cafetería.

Cuando el café recorrió mi garganta, sentí una calidez muy agradable y empecé a recordar fragmentos del día anterior, recordé que me había ido tarde de la oficina porque era el día destinado para cerrar todos los asuntos pendientes, ya que me habían notificado mi despido esa misma mañana y mi Jefe se quedó conmigo para que le entregará el informe antes de irme. También me acordé de la sensación que tenía dentro después de 20 años dándolo todo en esa Empresa y por primera vez sin saber qué rumbo tomar, sintiéndome tan pequeño e insignificante como avergonzado pensando en el momento de llegar a casa y explicar lo ocurrido a mi familia sin tener un plan B en el bolsillo. De pronto me di cuenta que tenía mucho más en común con las personas de aquella cafetería de lo que pensaba, ya que había perdido mi esperanza y por lo tanto había renunciado a mis sueños, para mí como para todas esas personas el tiempo se había detenido y las emociones unidades al espíritu de lucha habían perdido la batalla.

Perdiéndome en mis pensamientos y medio adormecido con el café entre las manos, deparé a través de la ventana que la anciana con el carrito del supermercado lleno de cajas de cartón y otros deshechos estaba observándome desde la calle, su mirada me atravesó y volviendo a sonreír se acercó al cristal de la ventana y susurrándome comentó que yo aún estaba a tiempo para deshacer el camino recorrido hasta allí, ya que ella lamentablemente tardó demasiados años en conocer lo que yo había descubierto y desafortunadamente su vida estaba ya próxima a su fin y ahora se encontraba recogiendo lo que en ese lugar la gente tiraba a la basura o se deshacía de ello porque no eran capaces de valorarlo o restaurarlo. Recuerdo que me dijo que despertase de inmediato mientras se le resbalaba una lagrima por su agotada mejilla y desaparecía…

Papa, papa, papa!!!!!! de repente abrí los ojos y estaba en mi habitación con mi mujer al lado y mi hija saltando encima de nuestra cama queriéndonos despertar llena de felicidad, porque quería enseñarme un regalo que me había hecho en el cole y no me lo había podido entregar, porque el viernes había llegado demasiado tarde a casa. En ese momento miré a mi mujer, miré a mi hija y recordando a aquella anciana emocionado, comprendí lo afortunado que era y la cantidad de razones que seguía teniendo para seguir luchando y persiguiendo mis sueños, nuestros sueños, porque cuando uno deja de soñar deja de vivir, la vida es un sueño que nosotros moldeamos y acabamos dándole vida si dentro de nosotros siempre hay esperanza y ganas de luchar. El motor está dentro de nosotros mismos y no fuera, como los sueños.

Maken


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