Literatura

La clinica veterinaria



La clinica veterinaria - Literatura

Nunca le habían interesado las mascotas, pues, desde siempre, había tenido la idea de que era una molestia que uno podía, perfectamente, evitarse; eso de tener que sacarlas a hacer sus necesidades, en el caso de los perros, o de limpiar la arena, en el caso de los gatos; tener que llevarlos al veterinario para sus vacunas; estar pendientes de que no les falte su comida; el solucionar qué hacer con ellos cuando viajas…en fin, un rollo. Sin embargo, cuando Carlos se mudó a un nuevo apartamento, obligado por un cambio de lugar de trabajo, pues valoraba, y mucho, el poder ir andando de su casa al trabajo, debía de pasar por un solar que, a diario, se convertía en punto de encuentro de muchos vecinos, que sacaban a sus perros a pasear para que hicieran sus necesidades y para que jugaran con sus “amigos”; y, en algunas ocasiones, el joven se detenía a observar, divertido, los inocentes juegos de los perritos que, no pocas veces, hacían aflorar su sonrisa e, incluso, en alguna ocasión, no podía evitar reírse “a mandíbula batiente” de sus ocurrencias.

Sin embargo, un día aconteció un hecho que, por suerte, andando el tiempo, pudo comprobar que era muy inusual: algún desaprensivo, había dejado, de noche, o de madrugada, cuando no debía de haber nadie por allí, una caja conteniendo cinco cachorritos que habían conseguido volcarla, escapando de su interior,  y que, totalmente ajenos a lo difícil de su situación, jugaban, unos con otros, atacándose y defendiéndose. Carlos se detuvo, un rato, cuando iba camino de su oficina, a contemplar el tierno espectáculo, pero no pudo esbozar sonrisa alguna pues pese a lo simpático del tierno espectáculo, debido a lo torpe de los movimientos de los perritos, no podía dejar de pensar en el triste, y corto, destino al que, el desalmado que los abandonó, condenó a aquellos pobres cachorritos. “Ya bastantes problemas tengo yo,  como para que, ahora,  me ponga a pensar en cómo solucionar el problema que ha creado otro”, pensó, al tiempo que reanudaba la marcha para irse al trabajo y olvidar, lo antes posible, a aquellos pobres cinco perritos; “cuando regrese a casa, esta tarde, ya no estarán aquí”, volvió a pensar para, así, tratar de tranquilizar su conciencia, justificando dicha forma de pensar en el hecho de que los perritos estaban rodeados de vecinos, amantes de los animales, que criticaban, escandalizados, la situación de los mismos, mientras sus propios perros olfateaban a los cachorritos, al tiempo que meneaban sus rabos.

Pero no fue eso lo que sucedió, pues, cuando regresaba a su casa, aquella tarde, una vez que ya había empezado a oscurecer y hacia muchas horas que había olvidado  la caja, a los propios perritos y  cualquier recuerdo que hubiera podido tener de ellos, Carlos volvió a verlos y casi en la misma situación en la que los había dejado aquella misma mañana; el único cambio apreciable era un recipiente plástico que alguien había dejado allí, lleno de agua. También al igual que había sucedido esa misma mañana, los cachorritos estaban rodeados por vecinos que habían sacado a pasear a sus perros y por estos, que los olisqueaban.  Y la situación no cambió en los días siguientes, aunque, un par de semanas más tarde, los vecinos echaron en falta a uno de los perritos, que, dedujeron, alguien se lo habría llevado, pues su cuerpecito no apareció por ninguna parte, a pesar de que, algunos de los vecinos decían que lo habían buscado con verdadero ahínco; a los pocos días de ese suceso, otro fue atropellado, cuando cruzaba la calle, distraído por vaya cualquiera a saber por qué; algunos días más tarde, uno de los vecinos se decidió, finalmente, a adoptar a uno de los perritos que era recibido con auténtico alborozo por sus dos hermanitos cuando lo sacaban de paseo; y así fue como, dos meses más tarde de que hubieran abandonado la caja con los cachorros, solo quedó una perrita, pues el otro hermanito que estaba haciéndole compañía había desaparecido sin dejar rastro, igual que el primero de los cinco cachorros que había dejado el grupo.

Carlos, cuando estaba en casa, se sorprendía a sí mismo  asomándose, continuamente, a una ventana que daba al solar, para asegurarse de que le perrita estaba bien, y ver qué era lo que hacía, pues no sabía por qué, pero entre ellos se había establecido cierto vínculo desde un día en que, pasando por delante del lugar en el que ella se encontraba, camino del trabajo, como casi todos los días, la perrita, que mordisqueaba algo, distraída, alzó su cabecita, miró en dirección a Carlos y corrió hacia él, meneando el rabito, como si lo conociera de toda la vida, o como si supiera que entre ellos iba a establecerse una conexión especial; Carlos, completamente desarmado, ante esta muestra de amor incontrolado, en vez de enfadarse por el hecho de que le estaba ensuciando los pantalones, acarició la peluda cabecita, cariñosamente, hasta que la perrita se calmó. A partir de ese momento, el joven se preocupó de comprar un poco más de comida en los locales de comida rápida en los que habitualmente celebraba su almuerzo, cerca de su trabajo, para, al regresar a su casa, pasar por el lugar en el que acostumbraba a estar la perrita, para darle ese excedente de comida y pasar algunos minutos con ella, acariciándola y jugando. Algo parecido hacía por las mañanas, de camino al trabajo, aunque más brevemente, pues no solía ir muy sobrado de tiempo, dándole alguna rebanada de pan de molde, o alguna galleta, sobrante de su propio desayuno.

Y así fue cómo, de rebote, conoció a Noemí, una guapa chica, de escultural cuerpo, a la que había visto, muchas veces, paseando a su husky siberiano y que, también, se preocupaba por el bienestar de la perrita. Al principio, la chica se acercó a Carlos de forma algo “interesada”, pues conocedora del hecho de que él no poseía perro alguno, aunque estaba claro que le gustaban, pensó que era el candidato idóneo para adoptar a la perrita; la chica pensó que, en el fondo, Carlos quería hacerlo, a la vista del profundo cariño que él y la perrita sentían el uno por el otro, pero que no se atrevía a reconocerlo y solo necesitaba un “empujoncito”; sin embargo, con los días, con el trato, el interés de la chica por Carlos empezó a ser algo más personal, buscando coincidir con él todo lo que podía. En sus conversaciones, ella siempre sacaba a relucir el hecho de lo triste que él se quedaría si supiera que algo malo le habría pasado a la perrita, cosa que podría haber evitado si la hubiera adoptado, y él, por el contrario, se defendía, “con uñas y dientes”, aduciendo que, a causa de la naturaleza de su trabajo, tenía que estar, frecuentemente, cambiando de lugar de trabajo y, por tanto, de vivienda, y que a muchos caseros no les gustaba la idea de que sus inquilinos tuvieran mascotas.

Una mañana, Carlos le llevó a “Niña”, que así era como llamaba a la perrita, unas galletas que a ella le encantaban y que acostumbraba engullir con fruición; sin embargo, en esa ocasión, la perrita se limitó a olisquearlas sin hacerles mayor caso, lo que extrañó, sobremanera, tanto al propio Carlos como a Noemí, que también se encontraba presente, aunque, en ese momento, ambos no le dieron mayor importancia a este hecho, pensando que, quizá, alguien le habría dado de comer algo, antes y que, por ese motivo, ella se encontraba inapetente y así fue que decidieron dejarle las galletas en el suelo, en la idea de que, más tarde, cuando sintiera hambre, las devoraría, como hacía normalmente; pero esa misma tarde, cuando el joven le quiso dar unas piezas de pollo empanado, alimento al que ningún perro puede resistirse, por mucho que hubiera comido, la respuesta de la perrita volvió a ser la misma, viendo Carlos, en el suelo, las mismas galletas que le había dejado esa misma mañana, cubiertas de hormigas, quedando bien a las claras que no las había ni probado, además de otras clases de comida que, se veía, que más vecinos le habían llevado, pero que la perrita tampoco había probado, y fue entonces que empezó a preocuparse. En ese momento, se dijo a sí mismo que esperaría un día más y que si el comportamiento de “Niña” con respecto a la comida, continuaba siendo el mismo, la llevaría al veterinario.

Y así fue, al día siguiente, por la mañana, Carlos pudo ver que “Niña” no solo no hacía por comerse las galletas que él le ofrecía, sino que hizo, varias veces, por vomitar, sin lograrlo, pues no debía de tener nada en su estómago. Cuando apareció Noemí, Carlos le comunicó su intención de llevarla, esa misma tarde, al veterinario y le preguntó si ella sabía de alguno que hubiera cerca, pues tendría que llevarla a pie, dado que los taxistas no solían permitir la presencia de mascotas en sus vehículos. La chica, pensando que él le estaba pidiendo, veladamente, que lo acompañara, se excusó diciéndole que, por las tardes, ella no podía, pero que si decidía llevarla a la mañana siguiente, ella le llevaría, gustosa, en su propio vehículo; a lo que Carlos repuso que, por las mañanas, era él el que tenía problemas para llegar tarde, o ausentarse del trabajo, así era que tendría que llevarla aquella misma tarde, rogando a Dios que no fuera nada grave lo que la perrita tenía y que, fuera lo que fuese, pudiera aguardar a que él regresase de su oficina. Noemí le explicó que ella solía llevar a “Lobo”, su husky siberiano, a una clínica veterinaria que se encontraba a tres manzanas de allí y que, por tanto, podría ir caminando, dándole las oportunas indicaciones para que pudiera llegar sin problemas.

Y así fue que, aquella misma tarde, nada más llegar de la oficina, tras saludar a “Niña” que, apenas tuvo fuerzas para mover, un poco, el rabito, Carlos subió a su apartamento, a dejar su portátil y a ponerse una vestimenta algo más informal y, con la misma, bajó para coger a “Niña” en sus brazos y encaminarse en la dirección que Noemí le había indicado. El joven se sorprendió de lo poco que la perrita pesaba y esta, a su vez, dentro de lo débil que se encontraba, miraba aquel nuevo mundo que se abría a sus ojos con indudable curiosidad y, de cuando en cuando, giraba su cabecita para mirar el rostro de su benefactor, dirigiéndole una mirada de profundo agradecimiento, como si supiera que estaba haciendo algo bueno por ella.

No le costó, a Carlos, dar con la clínica veterinaria en cuestión, pero cuando llegó ante la fachada de la misma, dudó, por un momento, si entrar o no, pues en los carteles anunciadores, de metacrilato, que jalonaban la misma había una imagen enorme de una tarántula, aclarándose, bajo la misma, que el veterinario titular era especialista en arácnidos. Carlos sentía auténtica fobia por las arañas, y la idea de estar con “Niña”, esperando a que los atendieran y que, de repente, apareciera alguien, con un terrario, conteniendo una de aquellas arañas, y se le sentara al lado, separándole de aquel repugnante a la par que temible ser, solo  un cristal de escasos milímetros de grosor, le aterraba. Pero, finalmente, el cariño que había llegado a sentir por la perrita pudo más que su fobia y fue así que empujó la puerta de entrada a la clínica para adentrarse en ella llevando en brazos a su nueva amiga; aunque, eso sí, empujó la puerta con el hombro, pues en el último momento, cuando iba a asir el tirador, pensó en que ese tirador debía de haber sido asido por manos que habrían estado en contacto con esos repulsivos animales de cuerpos peludos y ocho patas, y el repelús que, súbitamente, sintió le hizo desistir de su primera intención.

Una vez dentro, se quedó horrorizado ante la cantidad de fotografías, muchas de ellas aumentadas varias decenas de veces, de arácnidos, que poblaban las paredes de la sala de espera y, superado ese primer momento de estupor, se dirigió hacia el mostrador de recepción en donde una ayudante de veterinaria, le miraba, expectante. Una vez ante este, la señorita le sometió a un breve interrogatorio para averiguar el motivo de su visita y Carlos contestó a las preguntas con la mayor exactitud que le fue posible, tratando de no omitir ningún detalle, pensando en que, quizá, de ello dependiera la curación de “Niña”; así fue que, una vez hubo contestado a todo lo que pudo, preguntó, señalando hacia las paredes que estaban cubiertas por fotografías de temibles arañas:

-Señorita, ¿hay, ahora mismo, alguna de esas aquí?

Se veía que la chica estaba habituada a que le hicieran preguntas de ese estilo, pues la aracnofobia es una de las fobias más frecuentes y que sabía lo que contestar al respecto, para tranquilizar a la clientela que venía con  mascotas más “tradicionales”:

-No, señor, ahora mismo no tenemos ninguna en la clínica. De todas maneras, cuando nos viene alguien con una, le hacemos pasar, inmediatamente, para que no coincida con nadie en la sala de espera, y le atendemos en un dispensario aparte-respondió ella.

Carlos le agradeció la aclaración y se sentó en una de las sillas de la sala de espera, con “Niña” en sus brazos, que, débil como estaba, había acabado por apoyar su cabecita sobre el antebrazo del joven.

Una media hora más tarde, les hicieron pasar al dispensario, que contaba con varias mesas de acero, colocadas en paralelo, y separadas por una distancia que permitiera a los facultativos maniobrar, y a los dueños de las mascotas estar cerca de ellas para tranquilizarlas; cada una de estas mesas contaba con un ligero desnivel hacia uno de los lados, culminado con un orificio por el que se evacuarían todo tipo de líquidos que iban a parar a un cubo que había debajo, así como con un soporte para colgar botellas de suero.

En ese momento solo había otro paciente: un precioso pastor alemán que, sentado sobre sus cuartos traseros, encima de la primera de las mesas metálicas, y con sus orejas completamente erguidas, como es normal en ellos, parecía escuchar las indicaciones del veterinario, que se dirigía a su dueña, indicándole la dieta que debía de administrarle  durante los siguientes días. La escena habría provocado la sonrisa de Carlos si no hubiera estado tan preocupado por el estado de salud de “Niña”, pues el espléndido pastor alemán parecía estar entendiendo, perfectamente, que el veterinario hablaba de él, y parecía no querer perderse detalle de lo que este decía.

Cuando se percató de la presencia de Carlos, llevando en brazos a la perrita, el veterinario dirigió una fugaz mirada a esta y señaló con su brazo hacia la última de las mesas, queriéndole indicar al joven que llevara a la perrita hacia allí. Por su parte, Carlos, obediente, se dirigió hacia el lugar y depositó a “Niña” sobre la mesa; esta, agotada, se derrumbó y cerró sus ojitos mientras el joven la acariciaba.

Una vez el veterinario hubo despedido al pastor alemán y a su dueña, se dirigió hacia donde se encontraban Carlos y “Niña” y, de inmediato, comenzó a estudiar el estado de la perrita, abriéndole la boca; mirando sus encías; palpándole las patitas traseras; abriéndole los ojos; mirando en el interior de sus oídos…y todo esto mientras repetía las mismas preguntas que la señorita del mostrador de recepción ya le había formulado.

Rápidamente, a la vista de lo que vio y de lo que el joven le contó, emitió un diagnóstico provisional, que, advirtió, quedaba condicionado a los resultados de un análisis de sangre cuyos resultados obtendría al día siguiente, pero con bastantes visos de ser un diagnóstico acertado. El veterinario le dijo que él creía que lo que tenía “Niña” era una infección vírica, muy frecuente entre los cachorros que no tenían hogar, pues era muy importante la labor de prevención, mediante la vacunación, y, en estos casos, obviamente, eso no se producía.

El veterinario le administró un suero, a la perrita, y a través de la misma sonda le suministró unos inyectables que, Carlos dedujo, debían de ser antibióticos y, luego, tuvo que pincharla, de nuevo, para extraer la muestra de sangre; a todas estas, la perrita no emitió la más mínima queja, débil como estaba. A Carlos le partía el alma ver a un ser inocente, e indefenso, como era aquel, teniendo que pasar por lo que estaba pasando, durante los primeros estadios de su vida. Y, de repente, cayó en la cuenta en algo en lo que no había pensado antes: no tenía ningún sentido procurarle un tratamiento como aquel, para, luego, volverla a dejar en la calle. “Ya me festidié”, pensó; “ya me tengo que quedar con ella. Al final Noemí se ha salido con la suya”.

El suero tardó como una media hora en bajar del todo, al término de la cual, el veterinario le dijo que sería necesario repetir lo mismo, al menos, tres días más; y todo eso si las cosas evolucionaban sin contratiempos. Lo acompañó hasta el mostrador de recepción en donde Carlos abonó la factura, en la que le hicieron un descuento considerable, atendiendo a que se trataba de una perrita callejera, y lo emplazó para el día siguiente.

Una vez en su apartamento, Carlos depositó a “Niña” en una esquina de su sofá, cubriéndola con una toalla plegada un par de veces, y esta estaba tan agotada que allí se quedó durmiendo, sin mover un músculo hasta la mañana siguiente, y el joven pudo dar fe de ello, pues, a lo largo de la noche, se levantó en varias ocasiones, a comprobar como estaba, lo que no era nada habitual en él, que solía dormir “a pierna suelta”. Ya por la mañana, el joven se levantó y, cuando estaba a punto de salir, se acordó de que la perrita estaba en el sofá, así fue que se dirigió hacia el cuarto de estar a ver cómo seguía. “Niña” estaba despierta, y movió su rabito al ver a Carlos, pero, a pesar de los nutrientes que le habían inoculado en la clínica veterinaria, continuaba muy débil y no hizo por moverse. Dado que el sofá era muy alto para que pudiera bajarse, y subirse, por sí misma, y más en el estado en el que se encontraba, el joven decidió sacar una manta y ponerla, doblada, en el suelo del mismo cuarto de estar; luego cogió a la perrita con todo el cuidado del que fue capaz y la puso sobre aquella, volviéndola a cubrir con la toalla. Una vez hecho esto, se fue a la cocina y cogió dos platitos en los que puso agua y algo de leche, y regresó al cuarto de estar para ponerlos cerca de donde se encontraba “Niña”; no creía que la perrita fuera a tener apetito y así se lo había anticipado el mismo veterinario, pero, por si acaso, él le dejó algo de alimento y agua, para poder irse tranquilo a trabajar; cuando regresara del trabajo, la volvería a llevar al veterinario y ya vería qué sucedía con su alimentación. Definitivamente, “Niña” había entrado en su vida para cambiarla.

El joven salió del apartamento y, con paso apresurado, caminó por la calle camino de su trabajo, cruzándose con Noemí, que, sonriente, le dijo que sabía que esto acabaría pasando. A Carlos no le hizo mucha gracia reconocer que la muchacha, finalmente, había tenido razón y se disculpó diciéndole que tenía prisa y que esa tarde, hablarían.

Ya en el trabajo, al joven le costó concentrase en lo que estaba haciendo, pues, una y otra vez, le venían a la memoria recuerdos de la tarde anterior, de la perrita postrada en la fría mesa de la clínica, sin fuerzas para protestar siquiera, cuando el veterinario la pinchaba; y no le gustaba reconocerlo, pero estaba preocupado y tenía ganas de verla; quería ver cómo seguía, así que, al mediodía, rompiendo lo que era una costumbre arraigada en él, a lo largo de los últimos cuatro meses, no fue a comer a uno de los locales de comida rápida que había por las inmediaciones de su lugar de trabajo, sino que se dirigió a su apartamento para ver cómo se encontraba la perrita y comer algo allí; y lo que vio le infundió optimismo, pues la perrita se veía que se había levantado, porque había orinado en una esquina del cuarto de estar y, en ese momento, se encontraba acostada sobre la manta y la toalla que estaban hechas un revoltillo. Cuando Carlos se acercó para volver a ponerle la toalla por encima, ella incorporó la cabecita y le dispensó un tierno lametón al cual respondió el joven acariciándole la cabecita.

Aquella misma tarde, ya en la clínica veterinaria, se volvió a repetir “el guión” del día anterior, pues el veterinario volvió a administrarle el suero a “Niña”, mientras esta dormitaba, apaciblemente, sobre la mesa de acero, desapareciendo de aquella estancia por una puerta lateral, mientras decía que la botella tardaría en vaciarse una media hora. Carlos volvió a situarse al lado de la perrita, sentado en el mismo taburete en el que se había sentado la tarde anterior, pero esta vez no había nadie, pues era viernes, pareciendo que la gente dedicaba el fin de semana a otros menesteres, centrándose en la salud de sus mascotas a partir de los lunes.

Todas las ventanas del dispensario se encontraban cerradas así que hacía hasta un poco de calor en aquella estancia, y esto sumado al hecho de que el joven no hubiera dormido bien la noche anterior, hicieron que un sopor irresistible se adueñara de él. Y así fue que apoyó sus antebrazos sobre la fría mesa y se inclinó hacia adelante, hasta hacer reposar la mitad superior de su rostro sobre aquellos, quedándose profundamente dormido, a pesar de lo incómodo de la posición.

De repente, se despertó, pues la perrita parecía estar experimentando convulsiones y así fue que Carlos se incorporó para ver qué era lo que le sucedía. Ella continuaba tumbada, pero ya no sobre uno de sus costados, sino sobre su pecho y su barriguita, pareciendo alarmada por algo; no habían sido convulsiones lo que ella había experimentado, sino movimientos conscientes motivados por algo que le producía inquietud. El joven se giró y pudo ver, sobre la mesa que se encontraba a su espalda, algo que creía que era un gato, por su tamaño y por el color parduzco de su pelaje, pero no podía distinguirlo con claridad, pues, al haber tenido los ojos apoyados sobre sus antebrazos, su visión era algo borrosa, aún. “Niña”, incluso, se puso de pie, pues parecía muy asustada con la presencia de aquel “gato”, y pese a su debilidad, el pelaje de su lomo se erizó pareciendo que fuera a saltar de la mesa, así fue que Carlos la sujetó para impedírselo al tiempo que intentaba tranquilizarla:

-Quietita, “Niña”. ¿Vas a tenerle miedo a un gatito?, ¿es el primero que ves?

Dicho eso, el joven se giró, de nuevo, para volver a mirarlo, esta vez con la visión absolutamente nítida y…no pudo evitar dar un salto con el que tiro el taburete que le había servido para echarse la siesta,  quedando casi sentado en la mesa que ocupaba “Niña”, pues lo que él creía que era un gato, en realidad no lo era; en verdad, se trataba de la araña más monstruosa que hubiera visto nunca. El joven no podía dar crédito a lo que veía, pues no había oído, nunca, que pudiera existir algo así. Los pensamientos se agolpaban en su cerebro, cabalgando por él como caballos desbocados: “tenía que salir de allí cuanto antes; alejarse de aquella terrorífica criatura”, “¿cómo era posible que los responsables de la clínica hubieran dejado algo así en una mesa, fuera de un terrario, y cerca de otros clientes?”, “él había oído hablar acerca de la existencia de una tarántula Goliat que alcanzaba los cuarenta y seis centímetros y que alguien tenía en Alicante (España), pero aquel monstruo ¡estaba cerca del metro de longitud!”, “¡y él había estado dormitando, apaciblemente, mientras algún irresponsable, hijo de mala madre, había dejado aquello a sus espaldas!”…en esto que, aquel ser absolutamente espantoso, realizó un rápido movimiento para abandonar la postura anterior, con sus patas adosadas a su abdomen y cefalotórax, para adoptar su habitual postura en forma de “mano abierta”.

En ese momento, “Niña”, completamente aterrada, saltó de la mesa y, la pobrecita, dado lo pequeñita que aún era y que la mesa tenía una altura considerable en comparación a su tamaño, se hizo daño en una de sus manitas, en su abrupto aterrizaje en el suelo, aunque eso no le impidió salir corriendo, manteniendo la patita que se había dañado, en el aire. A partir de ese momento, los acontecimientos se sucedieron con rapidez vertiginosa y así fue que, renqueante, pero aun veloz, la infortunada perrita pasó por debajo de la mesa en la que se encontraba aquel monstruo, arrastrando la manguera que la había mantenido unida al suero, en su alocada huida. La gigantesca araña, por su parte, habiendo detectado movimiento bajo ella, dio un espeluznante saltito para  situarse en la esquina de la mesa sobre la que estaba, suponiendo Carlos, que seguía paralizado por el terror, que estaría mirando en la dirección de “Niña” para, a continuación, dando otro salto, llegar al suelo. El joven pudo oír, incluso, cómo se produjo el contacto de aquel ser monstruoso con el piso, tal era su peso y, una vez en él, aquella aterradora criatura, que parecía haber escapado de la peor de las pesadillas, se desplazó, rápidamente, sobre sus ocho patas, alcanzando a “Niña”, tras una corta carrera de unos pocos metros; la perrita emitió desgarradores quejidos cuando el monstruo la convirtió en su presa, cerrando sus ocho peludas patas sobre su menudo, y débil, cuerpecito para, acto seguido, hundir sus temibles quelíceros en la base de su cráneo, inoculándole así su veneno que, rápidamente hizo efecto, venciendo toda resistencia en ella.

La aterradora araña permaneció sobre el cuerpecito de “Niña” por espacio de algunos minutos durante los cuales, sin duda, se dedicó a diluir los órganos internos de la perrita, mediante un ácido que le había suministrado, para, a continuación, “sorberlo” todo en lo que, sin duda, había sido un festín. A todas estas, Carlos, que no se había movido de encima de la mesa que había ocupado la cachorrita, había contemplado toda la espantosa escena sin haber movido un músculo, atenazado por el terror sin límites que sentía, y rezó, en su interior, para pedirle a Dios, si es que existía, que hiciera que aquella criatura se marchara en sentido opuesto a aquel en el que él se encontraba. Pero Dios, o no existe, o no quiso escuchar las plegarias de aquel que, pocas veces anteriormente, se había acordado de Él, y así fue cómo la araña, aquella gigantesca tarántula de movimientos rápidos abandonó el cuerpecito de “Niña”, que, vacío de sus órganos internos, habiéndolo dejado reducido a piel y huesos, y giró para situarse frente a Carlos, optó por permanecer inmóvil, para no llamar la atención de aquel espantoso ser, pues de todas formas, no sabía si sus músculos responderían a las órdenes que pudiera darles su cerebro.

Carlos no sabía nada sobre arañas, así que no sabía si percibían sonidos y, ante la duda, optó por permanecer en silencio, desechando la idea que había rondado por su cabeza, de empezar a gritar como un loco, pidiendo auxilio. Se dijo que tenía que armarse de valor y hacer algo o, de lo contrario, sucumbiría al igual que lo había hecho la pobre cachorrita; sin embargo, en ese momento, le vino a la memoria un documental sobre arañas que había visto hacia algún tiempo, en el que se dijo que ellas eran predadores, pero que nunca atacaban a animales que fueran más grandes que ellas y aunque aquel monstruo era anormalmente grande para ser una araña, él era manifiestamente más grande.

En ese momento, la descomunal tarántula se movió, lentamente, en dirección hacia Carlos, que, miró, a su alrededor, y decidió que lo único que podía utilizar como arma, para defenderse del eventual ataque de la enorme tarántula, era la barrita que había servido de soporte al suero de “Niña”; así fue que, realizando un esfuerzo sobrehumano, empezó a inclinarse, muy, pero que muy lentamente hacia ese lado, alargando su brazo izquierdo, que era el más próximo, para asir la barrita y poder sacarla del orificio por el que estaba fijada a la mesa; sin embargo, la enorme araña empezó a acelerar su marcha, y de un salto se subió encima de Carlos, que braceaba, alocado, sintiendo el contacto de sus manos con las patas y con el redondo abdomen; pero no pudo quitársela de encima, pues algunos de aquellas “pezuñas”, de aquella especie de garfios, que remataban sus patas, se habían fijado a la ropa del joven; este, por su parte, viendo la proximidad de los quelíceros, que se abrían, y cerraban, como unas tenazas, buscando carne en la que clavarse, dejó de sacudir sus brazos y su instinto de supervivencia pudo más que el terror, y la repugnancia, que sentía y asió a la araña por su cefalotórax, por el lugar en donde nacían sus patas, y empezó a empujar aquel asqueroso, a la vez que terrible, cuerpo, para que no pudiera clavar aquellos apéndices letales en su cara…

-¡Carlos!, ¡Carlos!…-al notar el contacto de una mano sobre su pecho, el joven se incorporo, violentamente, sobre sus manos que apoyo en la cama.

Se encontraba sentado, en una cama, que no reconocía como la suya; con la manta y las sábanas absolutamente revueltas; en una habitación de paredes blancas que tampoco le resultaba familiar; su cuerpo estaba empapado en sudor, debajo de aquella bata que tampoco había visto antes y el bonito rostro de Noemí estaba sobre él.

-Carlos, ¿te encuentras bien?, ¿tuviste una pesadilla?-le preguntó la muchacha.

-¿Dónde estoy?-preguntó este, completamente desconcertado.

-Estás en un centro médico, Carlos. Has estado inconsciente los últimos tres días-le respondió la muchacha-¿no recuerdas nada de lo sucedido? Te encontraron desmayado, en el solar, al lado de la perrita y gracias a sus ladridos fue que pudieron atenderte a tiempo. Se supone que alguien debió de haberte dado un fuerte golpe.

El joven permaneció en silencio, sin saber qué contestar; puesto que si no tenía ninguna herida incisa y que estaba ingresado debido a una conmoción cerebral producida por un traumatismo, todo el capítulo referido a la araña debió de haber sido una horrible pesadilla. Pero…¡es que fue todo tan real!

-¿Y “Niña”?, ¿y la perrita?-acertó a preguntar Carlos, en esos momentos más preocupado por saber si todo había sido una pesadilla que por estar interesado, realmente, por el estado de la perrita.

-Ella está bien; la tengo yo en mi casa. Cuando te den el alta, te la llevas tú, a la tuya. Se lo debes, pues puede que te haya salvado la vida-le respondió Noemí.

Dos días más tarde, en vista de que el joven evolucionaba bien, le dieron el alta y Noemí había ido a recogerlo.

Ya en su apartamento, Carlos recibió la calurosa bienvenida de “Niña”, pues Noemí, que tenía las llaves del mismo, la había dejado antes de ir al centro médico, a recogerlo. Carlos se dirigió al cuarto de estar y vio la manta doblada, en el suelo; la toalla encima y dos platitos al lado de la manta.

-¿Has dispuesto tú, eso así?-le preguntó Carlos a la muchacha.

-No, querido, yo no acostumbro a tomarme esas libertades, en la casa de alguien a quien apenas conozco-contestó ella.

 

 

 

 

 

 

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