Literatura

La cueva de la cantera



La cueva de la cantera - Literatura

Habíamos descubierto, tirando piedras a las lagartijas, una grieta en lo más alto de la roca que daba al ala este de la antigua cantera de piedra en la margen izquierda del río Jarama. Al principio parecía sólo un simple resquebrajamiento, pero cuando nos acercamos y nos asomamos vimos que era inmensa. Una cueva, y toda para nosotros. Desordenadamente todos empezamos a hablar a la vez y a hacer planes, a cuál más disparatado, por cierto. Al final acordamos hacer de ella nuestra guarida, nuestro lugar especial y único, secreto.

Quizás, antes de proseguir con la historia debiera presentar a sus pequeños protagonistas, niños ambiciosos que querían hacerse con el mundo porque pensaban que todo era cuestión de desearlo; supongo que eso es lo que nos pasa a todos a estas edades de la inocencia, donde más allá de lo que podemos abarcar con la mirada, no existe otra cosa que un mañana glorioso. Julio era el mayor de los seis amigos que componíamos el grupo de gamberros más atrevidos de séptimo curso de la antigua EGB, repetidor, renegrido como roña de rodilla, cabezón hasta el punto de no encontrar gorra a su medida y pendenciero; luego estaba Goyo, siempre rapado al cero por un problema crónico de piojos, al que un día pillamos detrás de un matojo haciendo sus necesidades y asombrados descubrimos que tenía un culo tan enorme que era sólo de un carrillo; Perico era el menor de la panda, sus mocos eran verdes y espesos y como si tuvieran vida propia siempre andaban saliendo de su nariz para asomarse a su boca, donde él muy hábilmente de un sólo sorbo se los tragaba; José era menudo, enjuto y vizco, pero sabía jugar al julepe como nadie y nos dejaba a todos pelados de cromos sin despeinar siquiera su lisa cabellera rubia y grasienta; Pepón, su nombre lo dice, era grande, gordo y burro como jumento de molino, nunca vimos sus manos sin galletas, chocolatinas o bocadillos de Nocilla, quizás por eso nunca aprendió a montar en bicicleta; y yo, Dani, chulito, con éxito entre las chicas, y el mayor chupón de balón cuando jugábamos al fútbol con los chicos del barrio vecino y las niñas venían a vernos. Pero volvamos ya a la historia que nos lleva.

Para acondicionar la cueva recién descubierta, Julio traería unas sillas que su abuela iba a tirar porque se caían a pedazos. Goyo, disponía de clavos que amablemente donaba al grupo para el arreglo de dichas sillas, además ponía a disposición de la causa las revistas que su padre llevaba a casa de la imprenta en que trabajaba y donde podríamos encontrar a los Ángeles de Charlie en biquini juntas o por separado y que podríamos clavar en las paredes para deleite de estos ojos de niños de doce años. Pepón tenía una baraja de cartas muy usada que su abuelo había desechado al comprarse otra, también tenía una tabla que había encontrado en el descampado que hacía las veces de campo de fútbol, donde jugábamos los partidos con los chavales de la vuelta del barrio -como llamábamos a los de la parte de atrás de los bloques de pisos nuevos donde vivíamos a las afueras del pueblo que aún era un municipio pequeño y en crecimiento-, y por suerte aportaría igualmente unos ladrillos que preveía quitarle a su tío, transportista en una cerámica, aportando el necesario soporte para disponer de una funcional y básica mesa de reuniones o juegos. Perico sólo tenía una linterna, aún así sería bienvenida. José traería velas, su madre era miembro de la hermandad de la Virgen y siempre tenía en casa un buen surtido depósito de ellas. Habló de traer lamparillas, pero había que echarlas en agua con aceite y por lo visto crepitaban de tal manera que podían ponerte los pelos de la nuca de punta. Todos estuvimos de acuerdo en que mejor no. Llevaría a la cueva igualmente una vieja nevera portátil llena de patatas fritas un poco rancias que habían sobrado de la comunión de su hermano pequeño. Yo, por mi parte, me encargaría de los refrescos de cola y naranja -por aquellos tiempos Royal Crown y Mirindaque con astucia y también con algo de suerte podría birlarle al primo de mi padre que era también mi padrino y que tenía un quiosco en lo que llamaban el merendero del Jarama, en la parte delantera del puente antiguo y al que iba muy a menudo pues el buen hombre, un poco afeminado, disfrutaba estrujando mis mofletes y llenándome de besos los carrillos. Esto podría hacerlo cuando mi padre me llevara con él a por vasos de plástico que usaba para plantar semillas que luego al germinar trasplantaba al huerto. Vasos que yo ágilmente mermaría en algunas docenas de paso.

Pasamos casi todo ese mes de junio haciendo arreglos como hacendosas amas de casa. Julio tomó prestado un mantel a su madre, uno que ella guardaba en el fondo de un cajón, el cual, según nos dijo no debía ser muy de su agrado porque nunca usaba. La verdad es que era muy bonito, estaba bordado con flores muy logradas y de muy finas formas, era muy suave. Lo ensuciamos un poco cuando por fin inauguramos la cueva y brindamos con cola y naranja. Perico dejó parte de esas velas verdes que siempre le colgaban de la nariz pegadas en un par de ocasiones, y Pepón se limpió los morros sucios de chocolate en una esquina justo antes del brindis. Pero aún así, el mantel seguía siendo muy bonito.

-¡Por nuestro refugio!- dijo Goyo levantando su vaso.

-¡Por nuestro refugio!- coreamos todos al unísono y reímos satisfechos. Éramos como piratas dominando el río que zigzagueaba abajo y que se mostraba ante nosotros como un mar desde la altura de nuestra guarida que nos invitaba a conquistarlo. Grandes, nos sentíamos grandes.

-Hagamos una balsa, podríamos pescar, o cruzar a la otra orilla y conquistarla.- Me había venido arriba.

-sí, eso. ¿Por qué no?- apoyó la propuesta Julio.

-Genial Chicos.- Agregó Goyo.

-¿Y por qué no un submarino?- Preguntó muy convencido Perico.

-¡Claro!- Se entusiasmó José.

-¡Ostras! Sólo tenemos madera, ¿cómo vamos a construir un submarino con ella? Flotaría.- Corregí.

-Podemos llenarlo con piedras para que se hunda.- Razonó Perico.

-Por supuesto.- Le secundó José.- Si cada uno de nosotros entra con una bolsa llena de piedras podría funcionar. Luego, cuando queramos emerger las podríamos ir arrojando por la escotilla, de esa manera iremos ascendiendo. ¿Qué os parece chicos?

-¡Genial, me parece un plan magnífico!- Dije airado.- Abrimos la escotilla y sustituimos las piedras por el agua que vaya entrando. Luego subimos nadando uno detrás de otro abandonando la nave allí abajo para que los arqueólogos del futuro crean que una civilización un poco idiota intentó surcar un río bajo sus aguas con un cacharro de madera lleno de piedras.- Pero añadí inocentemente.- Además, ¿cómo nos moveríamos sin motor?

-Fácil, por la fuerza de la corriente.- Aportó muy ufano José.

-¿Y cómo volveríamos aquí otra vez contracorriente?- Le espeté con burla, pero no obstante casi como esperando una respuesta plausible.

-Vale ya de tantas chorradas.- Dijo Julio cortando la discusión.- No se puede hacer un submarino de madera. ¿Sois tontos?

Acordamos por cuatro a dos que haríamos una balsa.

-Seamos al menos bucaneros, y a todo chaval que veamos pescando le quitamos lo que tenga en la cesta.- Se consoló Perico.

-Sería divertido.- Se animó Pepón.- Y podríamos quitarles la merienda.

Y así comenzamos al día siguiente los trabajos en el improvisado astillero de “los piratas salvajes de río”. Durante una semana llevamos material sin descanso: maderas, clavos, cuerdas, un cubo de brea que cogimos del basurero y que estaba casi lleno. Todo lo que íbamos encontrando terminábamos llevándolo a la cueva. Pero sobre todo mucha ilusión.

Una tarde de jueves, el segundo día de vacaciones, llegó Julio descompuesto y muy agitado. Habíamos empezado ya a ensamblar tablones Perico, Goyo, José y yo, Pepón esa tarde tenía cita con el dentista; el muy animal se había clavado una grapa en la encía porque en una pelea le había quedado un diente algo bailón y le molestaba al comer.

-¿Qué te pasa?- Le pregunté.

-Mi abuela viene el domingo a comer a casa y mi madre anda como loca buscando el mantel, por lo visto es un regalo de ella y quiere usarlo para que no se enfade y nos desherede.

-¡Joer!- Me estremecí.- Pero si está hecho una mierda.

-Podemos traer jabón y lavarlo en el río, hay tiempo hasta el domingo.- Propuso Perico.

-Es verdad, si traemos una pastilla de jabón cada uno y nos ponemos todos juntos a ello podríamos tenerlo lavado y seco para ese día.- Dijo José.

Estuvimos todos de acuerdo y dejamos los trabajos de la balsa para volver cada uno a su casa a coger una pastilla de jabón y regresar para lavar el dichoso mantel. Cuando volvíamos provistos y dispuestos a tan ingrata labor, animados en una conversación un tanto absurda sobre la posibilidad de que Perico se hiciera con la camiseta de su hermano mayor, que era de un grupo de rock y tenía estampada una calavera, para hacer de ella nuestra bandera sin que se enterase el energúmeno de su fraternal fumado congénere, evitando que nos moliera a palos, nos fijamos en un bulto negro que había unos metros más allá del camino, junto a un arbusto medio seco y una piedra de considerables dimensiones. Nos acercamos con sigilo.

-¡Es un muerto!- Dijo Perico parándose en seco.

-No digas tonterías.- Respondió Julio no muy seguro de que no lo fuera.

-Tírale una piedra Dani.- Me ordenó José.- Tú tienes la mejor puntería.

-¿Y si no está muerto y se levanta para venir a por mí?- Contesté nada decidido a obedecer.

-Pues apunta a la cabeza y lo rematas por si no está muerto.- Propuso Goyo con su anormal y habitual raciocinio.

-¡Vete a la mierda!- Respondí.

Nos acercamos muy despacio, procurando no hacer nada de ruido al pisar y aplastar las hierbas secas bajo el sol estival.

-¡Eh, oiga!- Gritó Perico de pronto.

En un abrir y cerrar de ojos se había quedado solo. Todos habíamos echado a correr como pollos descabezados, sálvese cada uno por su cuenta en direcciones aleatorias y diversas. Supongo que quizás porque nos pilló desprevenidos este acto a todas luces natural y coherente. O quizás simplemente por el susto mortal que el grito en tan tenso momento nos inspiró.

-Lo veis, está muerto. No se mueve. Vamos a verlo de cerca.- Nos gritó al comprobar que el más cercano de nosotros se encontraba a más de cien metros cuando menos de él.

Nos fuimos arremolinando unos en torno a los otros pegados como quintillizos siameses hasta convertirnos en una masa apretada de piernas, brazos y ojos, pues las bocas las llevábamos tan apretadas que eran meras líneas en nuestros rostros. Temblábamos como hojas al viento, pero aún así íbamos dando pequeños y tambaleantes pasitos, más como queriendo no llegar nunca, que por el contrario queriéndolo hacer cuanto antes.

-¿Y si tiene las tripas fuera como Herranz?- Nos soltó tal vez no en el mejor momento Goyo. Herranz, es un gitanillo, un ladronzuelo “roba-bicicletas” al que una pared de una vieja casa en ruinas le cayó encima sacando de su famélico abdomen alguna que otra repulsiva víscera, y del que ya hablaré en otro capítulo…

-¡Ostras, no digas eso!- Le reprimí con más miedo que decisión.

-¿No oléis como a mierda?- Preguntó Julio.

Con el miedo no habíamos percibido hasta ese momento ese olor dulzón, intenso, sofocante y pútrido. Olía como a perro muerto.

-Lo sabía.- Aseguró Perico.- Es un muerto.

Corrimos como almas que persigue el diablo sin parar de llorar y gritar mientras nuestras piernas apenas tocaban el suelo. Había que avisar al cuartelillo de la Guardia Civil. Dios mío, estábamos convencidos de que nuestras fotografías saldrían en “El Caso”. Nos quedamos en el barrio por orden de los agentes mientras ellos se dirigían al punto indicado por nosotros. Diez minutos después nos hacían subir al coche patrulla, descubriendo, para nuestro asombro que nos dirigíamos hacia el lugar del crimen, porque eso debía ser por el tamaño de la piedra que había al lado del muerto, por lo menos un asesinato brutal.

-Vean su muerto.- Nos dijo un cabo con una risa mal disimulada, mientras el agente que conducía, sin bajarse del coche se reía a pierna suelta, sin poder ya disimular su actuación.

Miramos todos a la vez, girando lentamente nuestras confusas cabezas, y allí estaba, una vaca vieja con la tripa rajada y medio descompuesta, con sus cuencas vacías mirando a ninguna parte y con los dientes al descubierto, como riéndose también de nosotros.

-¿Me puedo quedar con los cuernos para jugar a los toros con mis amigos?- Preguntó Perico cortando en seco la risa del cabo, que agachándose al suelo y cogiendo una piedra entre sus manos nos instó a salir de allí por patas y a la carrera.

 

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Acerca del autor

Aicrag

2 comentarios

  • Señor Aicrag, me ha entretenido su relato y me ha gustado, particularmente, la conversacion mantenida por los niños sobre construir un submarino de madera o una balsa; si yo fuera un psicologo argentino diria que en ese dialogo entre los niños usted ha reflejado la lucha que tiene lugar en su interior, entre su cerebro, que le pide sensatez, construyendo una balsa (que le pide que abrace el liberalismo economico) y el corazon, que le pide lo romantico, lo quimerico, lo absurdo, construyendo un submarino de madera (abrazando el socialismo).
    Bueno, bromas aparte, que ya ve que las mias van siempre por el mismo lado, me ha gustado su relato, señor Aicrag. Me ha recordado usted los libros de «Los cinco» que yo le solia «mangar» a mis hermanas, para leerlos. Le felicito.

    • jejejej, usted siempre buscando el lado socio-político de las cosas, amigo mío… Como le prometí, he escrito este relato en favor de ese intercambio de anécdotas infantiles que acordamos. No es mi estilo literario, creo que es usted mucho mejor que yo en este menester de tendencia más bien costumbrista, pero seguiré aportando mi granito de arena con alguno más… Ahora voy a ponerme al leer su último relato para deleitarme un rato y retrotraerme a esos tiempos añorados conducido por sus bien elaboradas anécdotas… Un saludo.

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