Literatura

La Dádiva



La Dádiva - Literatura

Otro relatillo, procedente de mi segunda etapa como escritor, espero no estar dando la tabarra demasiado…

 

No le hacía falta mirar para descubrir la identidad de la persona que se acercaba hasta la ventana, interponiéndose entre los cálidos rayos de sol que calentaban su piel del tibio frescor de la mañana primaveral que se desarrollaba ante ella, cuando esa sombra la saludó:

– ¿Cómo estás, Begoña? – preguntó Rosa.

– Aquí, perdida en mis recuerdos.

– ¿Te apetece venir a dar un paseo?

– No. Quédate conmigo.

– Bueno, sólo un momento.

Transcurrieron unos segundos, demasiado tiempo para dos amigas que siempre habían hablado con naturalidad, con cientos de cosas que contarse, y que ahora parecía que el silencio era el mejor diálogo.

Begoña volvió a sus recuerdos y, aunque sabía que su amiga no tardaría en interrumpir el hilo de sus pensamientos, decidió sacarle el manido tema de siempre.

– Rosa, ¿lo has visto últimamente?

– ¿Todavía sigues pensando en él?

– Me muero por verle.

– Pues tía, ¿cómo te lo tengo que decir? No te tortures: no va a venir.

Rosa observó la mirada perdida de Begoña, reconociendo una vez más su cabezonería, ya que por más que intentaba quitárselo de la cabeza, más fijo lo dejaba.

Se arrepintió de haberle sacado el tema, volviendo a su mutismo acostumbrado, rememorando aquellas imágenes en la que ella contemplaba el bello rostro de su amor, al que le encontraba parecido con el purpúreo sol del atardecer que se reflejaba durante unos instantes en las aguas de la Bahía, antes de eclipsarse entre las montañas del norte de la ciudad.

Su corazón palpitaba con más fuerza, inundando de vida cada momento que conseguía estar con él, aun sabiendo que esa presencia era completamente ficticia, existente únicamente en su imaginación.

– ¿Cuándo dicen que te recuperarás?

– No lo saben. A veces me animan diciéndome que estoy mejor, pero no es cierto.

– Tienes que ser positiva, chica – la animó Rosa, pero Begoña sabía que si, en vez de su amiga, fuera Miguel quien se lo estuviera diciendo, las cosas serían muy distintas.

– ¿Recuerdas aquel día, en el autocar, en el que él se quedó dormido sobre mi hombro?

– ¿A qué viene esto? ¿Otra vez con lo mismo de siempre? Ese día es mejor olvidarlo.

Tenía que pasar de ella, por muy amiga que fuese. En realidad, ya no lo era tanto, pues desde el mismo momento en el que se creaban esos vacíos entre las dos sabía que las cosas no serían como antes. Qué había provocado aquella situación era algo que la intrigaba, pero dado que no podía resolverlo mientras estuviera en el hospital, prefirió seguir narrando los sentimientos que albergaba en su corazón, a pesar que hicieran oídos sordos.

– Aquella noche, mientras tú seducías al chico que llevabas a tu lado, Miguel depositó sobre mi hombro derecho su cabeza, agotado por completo. No pude resistir la tentación de tomar su mano y tocar aquellos gráciles dedos, sentir su delicada piel y besar en una rápida y fugitiva caricia, aunque no fuera consciente del hecho, sus labios de algodón. Desde entonces, anhelo abrazarlo.

– ¿Y por qué me cuentas eso?

El tono de voz de su amiga la dejó perpleja. ¿Estaba recelosa por algo? Sabía que hubo un tiempo en el que iba detrás de él y, a pesar de todo, tuvo la ocasión en sus manos y no la aprovechó.

– A veces, es bueno que unos oídos oigan cosas que las paredes ya saben, querida.

De nuevo, ese conocido y embriagador silencio se hizo entre las dos, interrumpido únicamente por el canto de un jilguero apostado junto a la ventana.

– No quería decírtelo, pero su compañero de piso me confesó que la semana pasada se acostó con una.

Al principio, no reaccionó, pero a medida que aquellas palabras llegaban al fondo de su alma, creyó ver las imágenes de las que siempre había querido ser la protagonista, convirtiéndose en el peso que arrastró su corazón hacia la mayor de las soledades.

– Lo siento, Begoña – sentenció Rosa.

Un vacío se apoderó de todo su ser, desgarrando todos los tejidos que encontraba a su paso. Su corazón dejó de latir durante unos infinitesimales segundos, para llenarse de una amargura que la aisló del mundo real.

Rosa continuó hablando, pero no escuchaba, pues él era lo único que la había mantenido con vida durante los tres meses que llevaba ingresada en el hospital, con la esperanza de volver a estar a su lado. La había salvado de morir bajo los hierros del autocar, pero no había evitado que la luz sus ojos se extinguiese.

Había venido a verla, tras la catástrofe, y sin poder contemplar su cuerpo, sólo pudo entonces acariciar sus manos, sintiéndose tullida e inferior. No podía hablar ni decirle lo que sentía por él, pues su rostro había sufrido quemaduras de las que tardaría mucho tiempo en sanar, pero sentir su presencia allí era lo que más deseaba en este mundo.

¿Importaba que se hubiera acostado con otra? Eso sólo podía significar que su amor era inútil, que se trataba de una pérdida de tiempo, pero entonces… ¿Por qué se sentía tan llena cuando pensaba en su persona?

Anhelaba la llegada de la noche pues, aunque no conseguía soñar con él, los minutos previos al sueño imaginaba el cálido cuerpo de Miguel rodeándola entre sus brazos, y con aquellas imágenes oníricas caía en esas brumas inexplicables del sueño, de las que nunca había podido tener continuación con sus sentimientos.

 

Unos pasos se aproximaban por el pasillo, con el característico sonido de las suelas de goma que producían ligeros chirridos al ser colocadas sobre el suelo: un hombre. Había aprendido de esa negrura soledad que es la pérdida de la visión a agudizar sus sentidos, diferenciando y catalogando cada movimiento que se producía más allá de su propio ser.

Fue al escuchar un leve raspado de la suela contra la moqueta de la habitación cuando supo la identidad del visitante, pues con anterioridad ya había almacenado en una neurona semejante gesto al entrar. Su corazón saltó de alegría, para sumirse de nuevo en la oscuridad al recordar las recientes revelaciones.

– Hola, Miguel – anunció Begoña antes que el desconocido se presentase.

– ¡Hola, querid..! Ah. Hola, Rosa.

Su voz pareció quebrarse, algo que no se le escapó a Begoña, pues su vida se había convertido en un mundo de sensaciones sonoras. Se había creado una imagen mental de dónde podía encontrarse cada uno de los presentes, aunque percibía cierto movimiento situado en las cercanías de Rosa.

El silencio se solidificó en la habitación, incomodando a Begoña, pero Miguel resolvió la situación acercándose hacia ésta, con objeto de besarle en las mejillas.

– Bueno, niña, yo me voy. Pronto nos vemos, ¿de acuerdo?

– Hasta entonces, Rosa.

Con la desaparición en escena de su amiga, la tensión pareció disminuir, sintiendo  su cuerpo relajarse y percibiendo el frescor de la colonia con la que Miguel se había perfumado, haciéndole experimentar una riada de placer cuando sus labios tocaron sus pómulos.

– Miguel, siéntate a mi lado.

– Sí, claro. ¿Qué te ocurre? Te veo triste.

Si pudiera verlo – pensó. Deseaba admirar a aquellos ojos negros, que junto a su barbilampiña faz y su peculiar tono de piel que lo enmarcaban como poseedor de una extraña belleza que la cautivaba por completo, haciéndola estremecerse de placer al sentirlo tan cerca de su propio cuerpo.

Buscó, palpando entre las sábanas las manos de él, acariciándolas centímetro a centímetro, tocando aquellas largas y exclusivas falanges que poseían tan exquisito tacto, tan diferentes a la de los chicos que había conocido que sabía con plena seguridad que él les prestaba tanto cuidado como al resto de su cuerpo.

Era consciente que, aun sintiendo el palpitar de su corazón hacia su amado, quizás para Miguel no era más que un amiga, y en su alma  causaba un profundo dolor que, cualquier día, la primera  desaprensiva que descubriera su fascinante pesona consiguiera adueñarse de quien le daba fuerzas para seguir luchando en ese mundo tan materializado como en el que le había tocado vivir. No importaba si se había enrollado con alguna, pues en esos momentos estaban juntos, y no había nadie que se interpusiera entre ambos.

– Miguel – Su nombre le provocaba una placentera sensación al pronunciarlo, tanto que en las primeras noches después del accidente lo había llamado en voz alta, despertando a su hermana, que dormitaba a su lado como duermevela.

No podía ser cierto que se hubiera enrollado con alguien, pues no era de esos. Rosa debía haberse equivocado, o su compañero de piso, pero él… Nadie lo conocía como ella, pues en más de una ocasión había visto su habilidad para deshacerse de los tías que, como conejas en celo, revoloteaban a su alrededor intentando enrollarse con todas las armas disponibles tan sabroso manjar.

– No te vayas, Miguel – susurró en un hilo de voz.

– No voy a ninguna parte, Begoña.

Otra vez ese silencio – pensó pero, en esta ocasión, duró únicamente un respiro.

– Rosa ha hablado contigo, ¿verdad?

– Sí, me ha dicho que el otro día… – su voz se hendió, destrozada por la amargura que subía por su esófago y que estaba haciendo subir la temperatura de su cuerpo, provocándole una pertinaz y peligrosa fiebre.

– No, no te preocupes. No ha pasado nada.

– ¿Qué?

– Intentó aprovecharse de la situación, seduciéndome para que me acostara con ella en un momento en el que necesitaba estar con alguien. Debería haber venido a verte y no ir en su busca.

La fiebre no cejó, pero su amargura se transformó en ira: ahora lo comprendía todo. Desde varios días atrás, tenía la sensación que Rosa medía sus palabras, y eso se traducía en el silencio que embargaba la habitación cuando ninguna de los dos hablaba.

Begoña acercó hacia sus labios las manos de Miguel, que aún sostenía asidas, pero él las retiró, sustituyéndolas por sus labios que, al sentir Begoña la proximidad junto a su piel y la fragancia corporal inundando sus sentidos, se dejó llevar por la sensualidad del momento, permaneciendo en esa postura durante un largo e interminable minuto.

 

Desde el exterior de la habitación, una sombra contemplaba la escena: se trataba de Rosa que, como si no quisiera perder detalle, se asomaba al cristal de la puerta memorizando cuanto ocurría.

– Sé que es lo correcto – se decía y otra vez mientras encaminaba sus pasos hacia la salida – pero no había otro modo por el que pudiera ayudarla a conseguirlo. Era el favor que siempre quiso que le hiciera, aunque el precio es muy alto: Perderé su amistad y, a partir de este momento, seré una aprovechada para ella, aunque si Begoña es feliz con Miguel, el sacrificio habrá valido la pena. Quizás, dentro de unos años, cuando no me tenga rencor, comprobará que dejado pistas para que vea que es un montaje.

Parecía mentira que, al final, hubiera sacrificado su amistad por un hombre, pero ella necesitaba ahora compartir todos esos sentimientos que llevaba en su interior, y con otra mujer no podría – ni debía – hacerlo.

Sabía que, debido a su conocida testarudez, cuanto más la advirtiese del error que sería amarlo, más lo querría, y al ver su reacción tras ponerla en el aprieto de los celos, supo que esa unión duraría toda la vida.

 

Y Rosa, aun sufriendo por la pérdida de su mejor amiga, se marchó del lugar, con la complacencia de haberle dado a la mujer que más quería en este mundo, a esa amiga que fue para ella como la hermana que nunca tuvo, la oportunidad de hacerle el regalo que jamás podría devolverle.

 

 

 

 
(R) 1998. Alejandro Cortés López.

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Ale Cortés

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