Literatura

La decisión de Samanta

La decisión de Samanta - Literatura

Estaba sentada en mi sillón de lectura, abstraída en los mundos de Follet, cuando de repente unos gritos que provenían de la habitación de mi hermana Samanta me hicieron volver a la realidad. “Otra vez, -pensé; mientras ponía el marca páginas en el lugar correspondiente, dejaba la novela encima del sillón y salía de mí cuarto para dirigirme al lugar de donde procedía el escándalo-, ya están otra vez discutiendo”.

-¿Se puede saber a qué se deben esas voces? -preguntó, dirigiéndose a su hermana y a su madre-. Estoy segura de que se os oye desde la charcutería que hay a dos manzanas.

-No seas tan exagerada, hija. -respondió su madre-. Pero mejor que te cuente ella. Anda, Samanta, dile a Cruz el motivo de esta trifulca.

-Hay trifulca, madre, porque usted quiere que la haya. -Mi hermana siempre con sus aires de diplomacia-. No pasa absolutamente nada, Cruz, te lo aseguro. Mamá que, como sabes, es una exagerada.

Contemplaba las miradas tensas, tanto de una como de la otra, y seguía sin comprender nada. Bueno, mi hermana lleva toda la razón en algo, mi madre tendía siempre a tomarlo todo siempre a la tremenda. A saber ahora en qué andaba metida, Samanta, para que mi madre perdiese los estribos.

-¿Me vais a decir qué pasa o lo tengo que adivinar? -Recordé que había dejado la lectura en el punto más álgido y, “con todo el cariño hacia mi santa madre y hacia mi queridita hermana”, pensé: “¡Ojalá os parta un rayo ahora mismo, leñe!”. No imagináis hasta qué punto me molestaba que interrumpieran mi pasión favorita. Algunas veces; muchas, mejor dicho, me saltaba incluso comidas. Si tenía que escoger entre eso o terminar un capítulo empezado, la decisión estaba clara-. ¡Vamos, estoy esperando!

-Tu hermana que, como no tiene otra cosa que hacer en la vida, nos sale ahora con que quiere dejarlo todo e irse a recorrer mundo. ¡Dejarlo todo! ¡Por el amor de Dios! Ha perdido la chaveta, Cruz. Tu hermana ha perdido el norte, no puede ser otra cosa.

-Jamás he estado más lúcida en toda mi vida. -dijo, Samanta, mirando a la mujer que la trajo al mundo fijamente a los ojos-. Quién sabe, a lo mejor es usted la que tiene un problema.

Y dale, oye. Tanto la una como la otra seguían cual partido de tenis, pasándose la pelota a través de la red y sin darme ninguna explicación de lo que allí sucedía. La verdad, comenzaba a estar muy harta. Me dieron ganas de dar media vuelta y dejarlas ahí plantadas, pero la curiosidad era más fuerte que yo.

-A ver, Samanta, ¿qué significa eso de que quieres ir a recorrer mundo? -Miré a mi madre, la veía venir, y le dije-: Y usted, madre, haga el favor de callarse y déjela hablar.

-Gracias, Cruz. -Mi hermana abrió la ventana, encendió un cigarro y, después de dar una buena calada, habló-: Las cosas no van muy bien en el trabajo, ya te lo he comentado muchas veces y, ahora que aún soy joven, quiero aprovechar los años que me quedan y no vivir amargada. Pero, al parecer, mamá no lo entiende.

-Sé que tienes mucho estrés en el trabajo, hija, nos lo has contado muchas veces. -Mi madre iba y venía de una parte a otra de la habitación como si aquello fuera una pasarela y ella una modelo, al mismo tiempo que gesticulaba con sus brazos y manos. Como si éstos hablaran acompañando a su voz-. Pero renunciar a tantos años de lucha, ¿de verdad crees que vale la pena?, ¿ahora?

Mi hermana trabajaba en calidad de administrativa en una oficina de recaudación, perteneciente al Ministerio de Hacienda. Entró en prácticas una vez terminada la carrera y, poco tiempo después, como funcionaria interina. A la tercera o cuarta convocatoria de oposiciones, ahora no recuerdo exactamente, consiguió la tan ansiada plaza. Un horario estupendo, un sueldo nada despreciable…Anda, por una vez, pensé, mi madre tenía razón: Samanta se había vuelto loca.

-Yo creo que sí. ¿Y sabe por qué, madre? Porque vivir vale la pena.

¡Toma castaña! ¡Menuda sentencia había soltado la condenada! “Vivir vale la pena”. Sí señor, desde luego Samanta tenía la virtud de soltar perlas que te dejaban a cuadros.

-Pero vamos a ver, -Como no investigara un poco más no me iba a enterar de la copla-, algo te habrá sucedido para que tomes esta determinación.

-Nada en especial, Cruz, y todo al mismo tiempo. Que ya no puedo de vivir en una baldosa bailando un chotis, prefiero otros bailes. Eso de estar aguantando día tras día encerrada durante siete horas en una misma caja de cerillas…Lo siento, exploté. -Cogió aire durante unos segundos, nos miró a mi madre y a mí, y continuó hablando-. Y no vayáis a pensar que es una decisión que me he tomado a la ligera, llevo muchísimo tiempo cavilando. Más que nada, -volvió a mirar a madre-, porque, ¿se piensa que no lo he pensado miles de veces en el riesgo que conlleva? Tengo un puesto de funcionaria de carrera, que millones querrían (porque no saben dónde se estarían metiendo, claro), un sueldo más que digno, un horario estupendo…Pero si ponemos en un lado de la balanza los pros que abarca todo ello y, por otro, los contras. Lo siento, son demasiados.

Contemplaba el rostro de mamá, mientras Samanta nos soltaba el sermón y, a medida que ésta hablaba, iba viendo toda una gama de colores. Por fin, el cansancio pudo con ella, y se sentó en la cama. Menos mal, porque el vaivén de mi madre me estaba empezando a poner nerviosa. Además, creo que por el tono y las formas de hablar de Samanta, no había nada que hacer. Eso sí, como buena hermana mayor, y más que nada para que luego no me lo echaran en cara hasta el día del juicio final, intenté quemar el último cartucho.

-Samanta, sé que no es algo tomado a la ligera, pero piénsatelo un poco más. ¿De qué vas a vivir? ¿Dónde? Que yo sepa, no has sido alguien que pueda decirse ahorradora, ¿o ahora me dirás que el colchón está lleno de billetes?

-Empezando por la segunda, todavía no lo tenemos claro. Ah, que tú no lo sabes, me marcho con Irene. Con su experiencia en el sector, y mi experiencia de cara al público, vamos montar un negocio de anillos, pulseras, pendientes…y demás abalorios. Ya hemos contactado con varias empresas de materia prima y hay un par de ellas con precios bastante razonables. Si a ello añadimos que de la confección de las joyas se encargaría la propia Irene, ya sabes que siempre fue una artista, creo que nos puede ir de perlas. Nunca mejor dicho.

-¿Se ha vuelto o no se ha vuelto loca tu hermana?

La verdad, no sabía qué responder. Sentía envidia. Yo era más bien cobarde, jamás me hubiera atrevido a dejar la galería de arte dónde trabajaba desde hacía diez años y ponerme al mundo por montera. Aunque mi caso era totalmente distinto, yo disfrutaba con lo que hacía. Cosa que, al parecer, no sucedía con Samanta y desde hacía mucho tiempo.

En estos momentos, se le servía un menú con dos platos: el de la seguridad del que le hablaba mi madre, por un lado y, por otro, aún a riesgo de perderlo todo, la ocasión de poder ser libre. Desde luego, mi hermana ya tenía la decisión tomada: comerse, lleno hasta rebosar, el plato de la libertad.

FIN

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