Sociedad

La Dejé Por Una Mina De Carbón, Y No Me Arrepiento.

La Dejé Por Una Mina De Carbón, Y No Me Arrepiento. - Sociedad

No toleraba más la distancia. Sentir un vasto abismo de frialdad entre ella y yo en una misma cama, nuestras espaldas enfrentadas, era cada vez más insoportable. Los amaneceres que por años compartimos entre susurros y caricias se habían vuelto ninguna otra cosa de un horrible recordatorio de lo que tuvimos y tanto nos hacía falta.

Los rituales cotidianos de degüello y despelleje por la mañana, juntos, divertirnos  con nuestra mutua compañía, incluso en pleno sacrificio de algún porcino ya bien engordado en nuestra granja, se fueron para no volver. Invierno tras invierno el frío cada vez más desolador no nos dejó alternativa si no de vivir frugalmente. Perdimos ganado y ganamos en raíces y semillas. Igual que nuestra alimentación, nuestras demostraciones de afecto fueron siendo día a día menos coloridas.

A veces me planteo si no fué un error fugarme y pasar a esta, la nueva vida que estoy llevando. Para mi sorpresa, una mina de carbón puede ser benigna en comparación a un gran desamor. Las paredes rocosas que todo el día asedio con pico y pala me resultan menos inexpugnables que sus ojos negros viéndome fijo cuando creía que mis chistes eran infantiles. Por el contrario, mis compañeros en la mina los encuentran no sólo fantásticos, si no que indispensables también. Al principio reían  y repetían los chascarrillos, para hacerlos viajar por los oscurísimos pasillos y llegar a la mayor cantidad de oídos posible. Un deseo desinteresado de compartir un segundo de alegría, así como la camaradería más sensilla en su más pura forma.

Los otros mineros nunca se quejan de mi ropa sucia de carbón, pues todos las llevamos igual, otro punto a favor de ellos si los someto a comparación contra mi anterior compañera.

Nuestras literas bien podrían ser juzgadas como brutales. Planas, duras y sus materiales desgarrados con poco relleno. Pero hay una realidad: Tengo toda la litera para mí sola. No hay ya otro pequeño ser que tire de mis cobijas y se las apropie en toda su extensión. Cada dureza que pueda experimentar mi cuerpo sobre mi inefable litera es un mimo a mi alma, al recordar lo frío del trato de mi ex mujer por la mañana después de una sesión nocturna de ronquidos, que no podía yo evitar de forma alguna.

Puede que mi vida se vea radicalmente acortada ahora que me convertí nada más y nada menos que en minero, y en ningún otro lugar que una mina de carbón. Pero lo justo es lo justo y seré totalmente sincero: uno debe seguir a su corazón a donde sea que vaya, y esa es mi búsqueda de la felicidad.

Y si la misma se encuentra en el corazón de esta mina, seguiré excabando día a día, agradecido de poder hacerlo.

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