Literatura

La Desmemoria Y El Precio Del Tiempo

La Desmemoria Y El Precio Del Tiempo - Literatura

Mi padre me lo contó una tarde de mates y de historias:

Lalo, su hermano pequeño, despertó aquella mañana espléndido como una palabra y lleno de energía junto con los primeros brotes primaverales que asomaban su hocico desde el color sepia que deja el otoño.
Desayuno un tazón de mate cocido con un trozo de pan, vistió su uniforme escolar y marchó para la colegio.
Regresó de la escuela a los saltos, cantando canciones y haciendo bromas con sus hermanos.
Su padre lo vio pasar y pregunto a su esposa por que el pequeño Lalo estaba tan contento – Vaya a saber – Dijo la madre de Lalo que en lo único que pensaba era de donde iba a sacar el dinero para la cena y para el combustible del farol que le daba luz a la casa en la noche larga. .
El padre de Lalo estaba enfermo hacía tiempo lo que hizo que el poco ingreso del dinero que entraba al hogar sea a casi nada.
Los dos hermanos más grandes tuvieron que dejar el estudio para salir a buscar el billete y la madre de Lalo limpiaba cuanta casa ajena pudiera por un salario indigno.
Solo quedaba una gallina en el patio y era la que ponía los huevos. Lalo pensaba para sus adentros – Hoy mamá va a hacer caldo de pollo, seguro –
La tarde iba cayendo y el niño seguía a los saltos jugando fútbol y suplicandole a su hermano :

– Dale, decime ¿Viste algo? –

– Te juro que no – Decía su hermano.

– Debe estar arriba del ropero – Aseguraba Lalo.

Por la noche, para la hora de la cena, la gallina seguía cacareando en el gallinero y en la mesa se sirvieron dos huevos fritos y un trozo de pan por persona. Pero Lalo no se desanimó y espero el postre con entusiasmo: el pecho le latía fuerte por la emoción y presentía el agasajo que no tardaría en llegar, un año llevaba Lalo esperando.
La cena terminó, el postre nunca llegó y la vela que daba luz a la mesa se apagaba lentamente.
Sus siete hermanos y su madre se levantaron de la mesa y se dirigieron a los cuartos para terminar el día.
Lalo quedó sentado sólo, apoyo su cabeza entre sus brazos y se durmió llorando.

Ese día Lalo cumplía ocho años y su regalo fue un chupetin de la almacenara del barrio que al día de hoy conserva.
Hoy mi tío Lalo tiene cincuenta y cinco años según dice su documento de identidad, pero para su familia acaba de cumplir cincuenta y cuatro, un año menos que su edad original.

El al respecto dice que gracias al descuido se siente un año más joven y, mientras sonríe, asegura que la desmemoria es tan fuerte que ha engañado a la muerte y ahora corre con un año de ventaja.
También dice que el tiempo es tan real como la tristeza que sintió esa noche y que la muerte no negocia con nadie por más dinero que uno tenga en su cuenta de ahorro.

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Gaspar

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