Literatura

La Despedida

La Despedida - Literatura

Afuera llueve. Pareciera que están baldeando el mundo y que no va a parar.
Es de tarde, quizá sean las 17h, no lo sé, el cielo está nublado y no hay rastros de sol como para situarme en el reloj del día. Pero eso ya ni importa, el horario es lo de menos porque se que el tiempo está próximo a detenerse. No lo quiero averiguar, es como la muerte, así de inevitable, tantas veces pedi perdón, y tantas veces me perdonó que un adiós es lo mínimo que merezco.
La maleta está a un lado de la puerta, yo fumo y bebo café como un desequilibrado.
No puedo creer lo, que vaya a suceder, tantas veces lo mencionó y en este momento está sucediendo.
Ella baja la escalera, está hermosa como la primera vez, como la última. Se acerca, estuvo llorando:

– ¿Queres café? – Le pregunto tímidamente.

– No, gracias. ¿Tenes un cigarro? –

– Claro –

Prende el cigarro. Silencio. Unos minutos de silencio. Afuera la lluvia chilla parcialmente.
Ella habla:

– Te dejé los libros de Cortazar –

– Son tuyos esos –

– Si, quiero obsequiartelos –

– De ninguna manera, son ediciones originales, te pertenecen –

– Quedatelos, ya no los voy a disfrutar como siempre-

Y no es para menos. Conocí a Azucena el mismo año que fue editado Rayuela y desde entonces hemos pasado toda una vida leyendo, fumando y tomando café.

– Bueno, déjalos, dudo que yo vuelva a usarlos también –

– Gracias por el piropo, pero sabes que no es así. Esos libros son tu vida –

– Nuestra vida, son nuestra vida –

– Ya no –

El aire se desgarró y la atmósfera de la sala era un velorio sin flores ni lágrimas.
Ella se acerca, besa mi mejilla, otra lágrima. Cruza la puerta. Se pierde en la lluvia.

El día transcurre y la noche trae su sábana de estrellas. Otro cigarro y uno mas, y otro. Tomó más cafe. Afuera llueve, adentro mío también.
Me duermo en la noche cruda.

Al despertar era ya de madrugada. El sueño trajo imágenes confusas, despedidas que pudieron haber sido menos dolorosas.
Lavo mi rostro en agua fría. Preparo café, armo un cigarro, voy al mueble y tomo un libro.
Camino hasta un cementerio, me siento frente a una tumba:

– Buen día amada mia, traje Historias de cronopios y de famas, tu favorito –

Comienzo a leer. La tarda pasa.
Una nueva despedida. Que increíble, veinte años ya que se fue. Todos los días es un sueño distinto. En todos ellos la despido como si aún estuviera aquí. Pero al despertar siento la muerte como una daga, sabiendo que no llegue a tiempo, que no estuve donde tenía que estar. Por eso le pido perdón en sueños, y en sueños también, a veces sueño que ella me perdona.

La despedida no existe en el alma, si en los brazos y en los besos.
Nunca en el alma, ni en la memoria.

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elartededecir

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