Literatura

La Despedida – Parte 6: El Exilio

La Despedida – Parte 6: El Exilio - Literatura

El invierno se alejaba hasta la próxima temporada. Desde aquella noche en que reinventamos el amor no hago otra cosa que escribir y tomar mate.
Mi alma agradecida salía a la calle a que el sol le de en la cara.
Volví a ver a Azucena varias noches de desvelo, juntos terminamos de leer Rayuela con todos sus finales posibles, quedamos fascinados. Hicimos el amor, leímos, escribimos y pintamos juntos.
Una tarde de esas las lineas del tiempo dieron su escándalo, golpean mi puerta:

– Buen día, estoy buscando a Salvador –

Un cadete con una entrega trajo la mala noticia.

– Si, con el habla ¿A que se debe? –

– Una encomienda para usted, por favor, firme aquí –

– ¿Sabe de quien es? –

– No, lo dejaron esta mañana en el local –

– Gracias muchacho –

– Buen día –

Al abrirlo estaba ahí, el cuadro de la niña con vestido. Una carta a su lado de la muchacha:

” Salvador, espero no te ofendas cuando leas esta arte. He de marchar hacia Montevideo, me están siguiendo. No te lo he dicho pero tengo vínculos con organizaciónes clandestinas. Por favor no intentes buscarme, puede ser peligroso para ambos, pero antes que nada para ti, no quisiera causarte problemas. Si no nos volvemos a ver quiero que sepas que siempre pensare en ti. Te enviaré cartas, tu no me escribas por favor, puede ser peligroso. No me olvides.

Quien te ama con gran admiración.

Blanca Azucena”

Tomé mi libreta y salí a caminar. Fui derecho al bar por un café para pensar y escribir. Pasó un buen rato hasta que dos individuos de traje se sentaron en mi mesa:

– Buenas tarde ¿Salvador, usted es Salvador Salinas?

– Si señor ¿A que se debe tal interrupción? –

– ¿Conoce a esta muchacha? –

Uno de los hombres sacó una foto, en ella se veía a Azucena entrar a su casa de la Avenida Córdoba, uno de los tantos lugares en los que nos vimos. Ahora entiendo, estaba escapando, tendría miedo ¿Cómo no lo adverti?

– No señor, debe estar confundiéndose usted –

El hombre cambió el tono de su voz y puso un revolver en la mesa:

– Mire hombre, no me venga con giladas, si usted conoce a la muchacha o tiene información sobre ella simplemente dígamelo ¿Acaso querrá meterse en problemas por una subversiva de porquería? –

Su acompañante intenta calmarlo:

– Ey, que no es para tanto, deja ya esa tontería –

– Pero estos zurdos me vienen a tocar los huevos. Escuche una cosa Salvador, sabemos donde vive y como se mueve, le vamos a dar unas horas para que recapacite, de otra forma se la va a ver jodida ¿Me oyó? –

– ¡¡¿De que se trata esto? ¿Acaso es una amenaza? Estamos en plena democracia, usted es un gamberro, un sinvergüenza!! –

Levante la voz para que las personas que estaban cerca advirtieran la secuencia. Esto logró que el acompañate se incomodase.

– Venga hombre, salgamos de aquí, ya tuvo mucho el zurdo –

– Usted ya sabe, o abre el pico o se le pone dura la mano –

Los tipos se marcharon y yo quedé temblando de coraje. Tomé mis cosas y me fui a la casa. Pase un rato meditando y decidí armar el bolso y salir en el primer destino a Montevideo.
Eran los primeros indicios de un nuevo golpe de estado.

Llegué a Uruguay con lo puesto. Me dirigi a la casa de un joven escritor y periodista amigo, Eduardo Hughes, con quien junto con su compeñara Maria Sol hemos compartido horas de charlas y letras en mis visitas al país vecino. Ellos eran de grata compañía, se entendían a la perfección, con sólo mirarse se complementaban a la perfección. Solían discutir, pero así y todo eran divrrtidisimos.
Allí estuve unos días hasta que mi colega ayudó con la ubicación de Azucena. Dimos con la casa de la madre un mediodía. Golpee la puerta y ella salió:

– ¡Salvador! No lo puedo creer ¿Que haces aquí? Adelante ¿Alguien te vio llegar? –

– No, un amigo me ayudó a dar con la dirección –

– ¿Es de confianza? –

– De mucha ¿Cómo estás? –

Azucena me abraza fuertemente:

– ¡Cómo te eché de menos! Ven, quiero que conozcas a mi madre –

Pasamos a uno de los cuartos de la casa y una señora elegante tocaba una pieza de Astor Piazzola en el piano:

– Disculpa, madre, quiero que conozcas a alguien –

-Buen día señora, un gusto –

– Tu debes ser el muchacho del que tanto me ha hablado Blanca, ponte cómodo, Blanquita ve por algo caliente para el muchacho –

La casa era acogedora, cálida y llena de cultura. Había libros e instrumentos musicales por doquier, pinturas y adornos autóctonos.
Hablamos largo y tendido con Isabel, la madre de Azucena:

– La chiquilla esta metida en problemas. No te asustes por favor, venimos de una familia protestona, estamos acostumbrados a este tipo de situaciones, quizá Blanquita te ha comentado –

-Si, algo me ha dicho. Vine hasta aquí por decisión propia. Tuve un encuentro con personas jodidas, nunca me había sucedido, lo único que necesite en ese momento era estar cerca de su hija –

– Vaya muchacho. Azucena heredó la ideología de su padre. El era muy testarudo y cuando marchamos a Montevideo el decidió quedarse ¿Que otra cosa podía yo hacer? Así me había enamorado de el, yo solo quería cuidar a la pequeña, que estaba a punto de nacer, entonces parti, esperando volver a verlo. El nunca volvió, pero tu estas aquí y eso es maravilloso para ella –

– Caray, no se que decir señora, nunca estuve involucrado en algo así. Creo pertenecer a un sector de la sociedad más aplacada –

– Querido, si has llegado hasta acá es porque hay algo en tu alma que te lo pidió. El amor, el arte y la compañía vale más que mil metrallas. No tienes que estar de ningun mando, todos tenemos nuestras causas y así la defendemos, tu tienes que actuar siguiendo tu alma –

La tarde pasó entre música y tabaco. Se hizo de noche. Decidimos descansar.
Ya en el cuarto Azucena me dio una noticia que terminó con todas mis dudas:

– Estoy embarazada – Dijo sin previo aviso.

Luego de una pausa sentencie:

– Si es mujer, me gustaría Amapola –

Nos abrazamos, nos besamos y lloramos juntos…

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elartededecir

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