Sociedad

La Educación, El Gran Mercado Del Siglo Xxi

La Educación, El Gran Mercado Del Siglo Xxi - Sociedad

En un estado capitalista, las grandes empresas poseen el poder y la capacidad de manipulación. Estas armas les sirven para mantener un estatus de dominación. Pese a ello, en ocasiones se ven obligados a buscar recursos que aún no han sido explotados. Las instituciones públicas, con un especial énfasis la educación, son uno de estos recursos, y para poder ser comercializados se ha implantado un lento pero continuo proceso de privatización de las mismas.
Las instituciones públicas, como su nombre indica, deben ser de libre acceso y cubrir las necesidades de toda la sociedad. Son un organismo que tiene que desempeñar una actividad de interés público, es decir, para todos, no solo por una determinada parte de la sociedad, concretamente aquella cuya situación económica es más brillante que la de la clase media. Las instituciones públicas deben garantir derechos básicos, arropar a la ciudadanía y brindar por su bienestar.
Sin embargo, el proceso de privatización ha alterado el concepto público al eliminar la igualdad de posibilidades mediante la abertura de una brecha entre ricos y pobres, aumentando así la desigualdad y ejecutando una clasificación de la sociedad siguiendo un criterio económico. De este modo si para unos la privatización es vista como una forma más del capitalismo para fomentar la desigualdad, para otros es la mejor manera para solventar las carencias del sistema público.
Uno de los sistemas públicos afectados de manera singular por este fenómeno es la educación. La OIE señala que la privatización de la educación se disfraza muchas veces de reforma educativa o modernización de esta. Para darnos cuenta de que esto es verdad, basta mirar las numerosas reformas del sistema educativo español, por poner ejemplos reales. Con estas reformas se ha llevado a cabo un encubierto intento de privatización de la educación pública que viene desde antaño.
Haciendo un pequeño recorrido por la historia de este movimiento, el apoderamiento de la educación pública comienza con el método de Friedman. Este daba la posibilidad de elegir dónde estudiar mediante los llamados bonos educativos. El movimiento se ha desarrollado hasta el punto de que referirse a la educación hoy en día implica hablar de
tecnicismos relacionados con el mundo empresarial. Así pues, la privatización tiene numerosos seguidores que aportan argumentos muy básicos que iremos viendo a lo largo de este texto.
Una de las primeras líneas de defensa es la libertad de elección. Sin embargo, esta idea es no decir de manera transparente y clara que lo que se intenta es eliminar la educación pública. Nada tiene que ver libertad y privatización, más bien son términos contrarios. Son contrarios porque nada ni nadie prohíbe a los padres decidir dónde matricular a sus hijos, pero carece de sentido que por la extravagancia de unos pocos tenga que pagar toda la sociedad, porque según ellos la educación no cumple parámetros como la productividad y calidad, sobre los que a continuación haré algunas consideraciones.
Es erróneo hablar de productividad educativa en el sentido de que, en menos tiempo, hay que conseguir mayores beneficios. El sistema educativo no funciona así. Es imposible que una preparación acelerada tenga beneficios relevantes para nosotros, pero si para el capital. Los que argumentan a favor de esto plantean la idea de que al ser una educación pagada con nuestro proprio dinero los estudiantes asumirán mayores responsabilidades. Pero, ¿A caso la educación pública no la pagamos también nosotros? ¿A caso los recursos destinados a la educación no salen de nuestros impuestos?
En este sentido, de lo que nadie se percata es de quién maneja el dinero público. Este es gestionado por el Estado, una institución pública, y no por una empresa privada. Es en relación con esto que la privatización obedece sin duda alguna a la labor de desviar los recursos públicos destinado a la educación y llevarlo a las cuentas de las empresas que ven la educación como el gran mercado del siglo XXI.
La calidad es el segundo parámetro impuesto a la educación. Por una parte, debatir sobre la calidad en el ámbito educativo es hablar de contenidos que nos aporten una postura crítica sobre el mudo, sobre aquello que nos quieren hacer creer. No obstante, despertar el espíritu analítico perjudicaría al capital que ha impuesto este sistema mercantil para evaluar la educación, ya que lo que más beneficia, es la educación vista como una mercancía y no como servicio básico y derecho de todos.
Por otra parte, la calidad educativa depende en gran medida de la gestión de los recursos por parte del gobierno central y a veces los fondos que destinan a la educación no se hace eficiente de manera inmediata. Es a esta carencia a la que el partidario de la privatización se aferra para poner en duda la calidad del sistema público proponiendo aportar el mismo
esos recursos. No obstante, si en el sistema educativo las subvenciones vienen por parte de las familias la educación se convertirá en un producto al alcance de las carteras más pudientes.
Alcanzar estos parámetros en la educación es formar profesionales al servicio del capital y las empresas. Para evitar esto debemos proponer futuras líneas de actuación, medidas que vayan acompañadas de actuaciones capaces de garantizar la continuidad de la enseñanza pública. La primera medida que debemos tomar tienen que ir en la dirección de reivindicar los puntos fuertes de nuestro sistema de educación. Se trata de actuar con urgencia y rigor para mostrar lo que realmente parámetros como productividad y calidad significan.
Estos parámetros deben tener un significado que beneficie al conjunto de la comunidad educativa, es decir, alumnos y profesores y no ser tecnicismos empresariales que se exijan a lo que erróneamente, pero de manera consciente, se denomina un producto. Un claro ejemplo de significados verdaderos es el que muestran los sindicatos de profesores de todo el mundo, que defienden la educación pública de calidad como un derecho fundamental del niño. He ahí un significado que nos beneficia, pues una educación de calidad es aquella que llega a todos y no a unos pocos afortunados.
Si la educación se convierte en un privilegio y no en un derecho pronto podremos ver los resultados que se reflejarán en la dificultad para acedera a la educación y en el aumento del índice de fracaso y abandono escolar al no ser la educación un derecho público y sin ningún ánimo de lucro. Llegados a este punto, hay una cuestión que debería ser tratados con el máximo rigor. ¿Cómo es posible no ver las consecuencias que la privatización tiene? La respuesta a esta cuestión va en dos direcciones.
La primera opción es el pensamiento positivo, pilar fundamental sin el cual este intento de privatización fracasaría. Una de las consignas fundamentales del pensamiento positivo es el optimismo, es decir, pensar positivamente nos llevara al éxito. Se nos invade a todas horas y en todas las circunstancias con este mensaje. Lo más frustrante es que una parte muy elevada de la sociedad se cree esos engaños, y ahí está la segunda dirección, en la capacidad de engaño que el capital tiene gracias al lenguaje.
Referido al pensamiento positivo habría que tener dudas al respecto de por qué si llevamos tanto tiempo intentando ser positivos no alcanzamos el éxito, no conseguimos mejorar nuestras condiciones de vida. Esto se debe a la capacidad de engaño de la que
hablábamos antes, instrumento para controlar a la sociedad, para anular la capacidad de adoptar una posición clara y contundente al respecto de todo este proceso.
Para concluir, con todo lo anteriormente expuesto queda demostrado que la privatización del ámbito educativo es una apuesta de futuro para el capital y las grandes empresas. Es un proceso que abre una brecha social y crea un escalafón social basado en factores económicos. Además, para la clase media supone un arduo camino para acceder a la educación, para mantenerse dentro de ella y también un problema para llevar a cabo unos estudios básicos lo que finalmente desembocará en un fracaso escolar histórico.

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Manu

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