Historia

La Educación Es Educarse

La Educación Es Educarse - Historia

Podemos entender la educación como un proceso de enseñanza-aprendizaje que dura prácticamente toda la vida. En efecto, desde que nacemos (algunos sostienen que incluso antes) podemos aprender muchas cosas, como reconocer la voz de nuestra madre, por ejemplo. Y en el lecho de nuestra muerte también podemos seguir aprendiendo, como Sócrates, que después de haber bebido la cicuta y estar a punto de morir seguía dialogando con sus discípulos o reflexionando. Es un proceso que también compartimos con otros animales y que aprendemos por imitación. De hecho, gran parte de nuestra conducta la copiamos de nuestros padres u otras personas que nos sirven como modelos. Dicho fenómeno ocurre fundamentalmente cuando estamos en la infancia, y podríamos decir que es algo natural y necesario, pues si no fuéramos tan imitativos, cada generación tendría que comenzar como de “cero”.

Parece que el problema ocurre cuando crecemos y seguimos teniendo rasgos infantiles, es decir, seguimos imitando la conducta de nuestros padres o maestros y no ponemos algo de nuestra parte, por decirlo de alguna manera, para construir nuestra propia manera de pensar y de ser. En algún momento de nuestra vida tenemos que hacer algo con lo que hicieron de nosotros, de lo contrario seríamos como un ser inacabado, un “Golem”. A partir de que comenzamos a buscar respuestas por nosotros mismos dejamos de ser niños para convertirnos en adultos: libres, responsables y conscientes de nuestros actos. La relación maestro-alumno comienza a darse en nosotros mismos, es decir, comenzamos a educarnos, a auto-disciplinarnos. Claro que esto lo hacemos a partir de lo aprendido en nuestra casa con nuestros padres, o en la escuela con los maestros; no eliminamos, no rechazamos lo aprendido, ni mucho menos rechazamos otras ideas, otras enseñanzas que pueden ayudar a transformarnos en seres humanos. Simplemente ya no creemos todo lo que nos dicen y aplicamos nuestro criterio. Es como si lo que aprendiéramos de los demás fuera una materia prima que debemos transformar para aplicarla a nuestras vidas.

Educarse a sí mismo pudiera parecer algo sumamente egoísta o, paradójicamente, una verdadera falta de educación, por no seguir los cánones, a veces impuestos, por parte de la sociedad . Al querer educarnos a nosotros mismos corremos el riesgo de vivir marginados o cuando menos rechazados por ser extraños. Sócrates, por ejemplo, era un extraño para su época por cuestionar la forma de vida y la educación impuesta en su Polis.  Este filósofo pensaba que la verdad residía en el hombre; es decir, podemos encontrar las respuestas por nosotros mismos. Sin embargo, en el tiempo de Sócrates existían unas personas llamadas “sofistas”, dedicadas a cobrar por enseñar, por “educar”, pero sin comprometerse con la verdad. De manera que se adoctrinaba a las personas en su forma de actuar, sobre todo en asuntos políticos. Había una confianza desmesurada en las enseñanzas de estos “educadores” llamados “sofistas”, pues gozaban de un gran prestigio político y económico. Por lo tanto, casi nadie se atrevía a cuestionarlos, ni a pensar por sí mismos, es decir, no había como ese proceso de auto educación en los alumnos, sólo se quedaban con lo que aprendían de los “sofistas”. En cambio, para Sócrates, parecía que la educación consistía más en lo que aprendemos de nosotros mismos, por nosotros mismos, y no por los demás. Era una especie de auto evaluación (autognosis) lo que Sócrates proponía, haciendo de la pregunta el motor de dicha tarea. Por eso cuando Sócrates se acercaba a los “sofistas” y los agobiaba con preguntas, era para que se auto evaluaran y reconocieran su ignorancia. A partir de ahí podían encontrar respuestas más profundas y mejor elaboradas, dentro de ellos mismos, por así decirlo.

Ahora bien, educarse a sí mismo no sólo puede volverse algo extraño, sino también peligroso para los demás, pues implica cuestionarse lo establecido y esto puede tambalear el sentido o el sistema de creencias de las personas. Aunque dicho sistema pueda estar infundado, a veces lo aceptamos por cuestiones afectivas, es decir,  pudiera ser que  aprendimos algo falso de nuestros padres o de nuestros maestros pero con cierto cariño, y por eso no estamos dispuestos a perderlo o a cambiarlo. Nos duele saber que puede ser falso lo que siempre hemos creído  verdadero. A este respecto podemos traer a colación la famosa alegoría de la caverna de Platón. El cual describe a unos cavernícolas encadenados frente a una pared que proyecta sombras. Uno de los cavernícolas, que aparentemente representa a Sócrates, logra desencadenarse con sumo trabajo y salir de la caverna. Cuando está afuera, la luz del sol, representación de la verdad, le lastima los ojos hasta el punto de dejarlo casi ciego. Después de recobrar la visión ve personas de “carne y hueso”, ¡los que proyectan las sombras en el interior de la caverna! Por un momento el cavernícola se siente tentado de quedarse ahí, pero sabe que debe volver al interior de la caverna e informar a sus compañeros de lo que ha visto. Pero por supuesto que sus compañeros no le creen nada, ellos están contentos viendo sombras y piensan que el otro a perdido la cabeza y terminan matándolo.

La alegoría de la caverna es muy ilustrativa respecto a lo que estamos tratando. Esas sombras proyectadas en la pared pueden representar creencias falsas que no estamos dispuestos a abandonar ya que siempre las hemos tenido y le dan sentido a nuestras vidas. Dichas creencias pudieron haber sido sentadas a partir de una educación deficiente. El esfuerzo por quitarse las cadenas y salir de la caverna, pudiera significar el trabajo individual que implica comenzar a educarse a uno mismo, comenzar a dudar. La luz segadora representa la verdad: una verdad que duele, porque nos hace reconocer nuestra ignorancia, nos hace reconocer que es falso lo que creíamos verdadero. En fin, cada elemento de la caverna tiene un significado. Pero quiero resaltar un hecho: el regreso que hace el cavernícola al interior de la caverna para ayudar a sus compañeros a salir. Esto nos da cuenta de cómo el educarse a sí mismo y encontrar respuestas más profundas no es una actividad egoísta. El conocimiento es algo que pretende ser compartido, pero los demás pueden verlo como algo extraño y peligroso. Quizá también tenga una moraleja el hecho de haber sido rechazado y asesinado el cavernícola que se liberó: que debemos respetar las ideas, opiniones y creencias de los demás, por muy infundadas que parezcan ser. Después de todo, puede ser que nosotros también estemos en una caverna, pero más grande. Educarse a sí mismo, entonces, implica esfuerzo y trabajo individual, es dejar de ver  sombras, desencadenarse, conocerse, liberarse. Pero no es una actividad egoísta, pues se pretende ayudar a los demás. Sócrates decía: “conócete a ti mismo y después a los demás”, de la misma manera podemos decir que ayudarnos a nosotros mismos tiene como propósito ayudar a los demás, pero éstos tienen que estar dispuestos a aceptarlo.

Educarse a sí mismo, finalmente, es algo que puede ayudarnos a ser libres, a pensar, a reflexionar, sobre todo en una época como la nuestra, donde la educación parece estar orientada a la formación de personas que solamente “sirvan” como herramientas para lograr objetivos materiales, a la formación de personas que solamente consuman, produzcan y obedezcan. Urge recuperar lo humano que hay en nosotros, ya que el sistema político económico y educativo de nuestros días nos está convirtiendo en “cosas”. Por eso se vuelve importante, hoy día, recuperar a un filósofo  rebelde y cuestionador como Sócrates y hablar de la educación como una forma de sublevarse contra cualquier intento de manipulación. Porque la educación debe contribuir no a lo que otros necesitan que seamos, sino a lo que nosotros queremos y debemos ser.

 

 

 

 

 

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Francisco

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