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La granja de Jacobo



La granja de Jacobo - Literatura

La granja de Jacobo

El hombre despertó en plena madrugada y escuchó el suave ronquido de su esposa Julieta, la mujer dormía profundamente, tenía un brazo sobre el cuerpo de su marido. Lo que lo había puesto en estado de alerta era otra clase de sonido. Algo se movía a las afueras de la casa, pudo escuchar cómo hurgaba entre los botes de basura. ¿Un animal? Probablemente sí. No obstante, era necesario averiguar de qué clase, si era algún depredador sus gallinas podían estar en peligro.

El hombre salió de la cama con un sigilo inútil, pues, aunque hubiese hecho retumbar los redoblantes de una banda de guerra, su esposa hubiese seguido dormida. No había mujer que tuviese el sueño más pesado en todo el planeta. Al recordarlo se sintió más tranquilo y se movió con decisión hacia donde estaba su vieja escopeta. Luego de cargarla, caminó hacia el botadero de donde provenía el ruido y se aproximó con cautela, mirando de un lado a otro cada cierto tiempo.

Su propiedad estaba rodeada de un denso bosque en todas las direcciones. No era cosa rara que toda clase de animales se acercaran en busca de presas fáciles. Pocos meses atrás, una comadreja había acabado con varias de sus gallinas, no iba a permitir que eso sucediera de nuevo. Sus sentidos se afinaron y se puso en guardia a la espera del más mínimo indicio de la alimaña para eliminarla.

Miró con detenimiento el desorden que había en el basurero. Los botes estaban tirados en el suelo y los desechos se habían regado por doquier. De pronto, pudo ver que algo se movía debajo de una bolsa negra, como intentando liberarse. ¡Allí estaba su presa!

Tenía el arma lista para tirar del gatillo cuando la bolsa voló hacia un lado, impulsada por lo que indudablemente era una mano, solo que no podía ser humana. Era grande; demasiado, en comparación con el brazo que la albergaba. No había ropa, solo piel, grisácea y de aspecto baboso. Jacobo comenzó a sentir un pálpito acelerado y frío que le recorría las venas.

Ya sin la bolsa encima, el hombre pudo ver – dentro de lo que la oscuridad le permitía – lo que parecía ser una figura de aproximadamente un metro de altura. Tenía una cabeza grande y redonda, pero su cuerpo era sumamente delgado, solo sobresalían sus pies, sus manos y su enorme cabeza. Jacobo comenzó a temblar al verse ante lo que podía ser un habitante de otro mundo; o tal vez, algún experimento fallido del gobierno.

Sus manos estaban sudando incontrolablemente. Nunca creyó que se acobardaría en una situación así, pero era muy distinto pensarlo que estarlo viviendo. En ese momento de duda, la criatura giró su rostro hacia él y lo miró a los ojos dejando ver unas enormes pupilas que brillaban, como emitiendo su propia luz para poder ver en la oscuridad. El hombrecillo quedó igual de sorprendido, no hizo ningún movimiento por unos instantes.

Luego de detallarlo como pudo, Jacobo recobró el control de su mente y decidió disparar. Al parecer, el intruso pasó por el mismo proceso y decidió correr, lo hizo con una velocidad asombrosa, pero no sin antes recibir un balazo impreciso por parte de la escopeta de Jacobo.

En pocos minutos se había perdido en la oscuridad, pero había dejado un rastro de lo que parecía ser sangre, solo que era de un extraño color púrpura y de una viscosidad distinta a la de los humanos. Jacobo supo que tenía que asegurarse de capturar a la criatura, viva o muerta.

Luego de rastrearlo por varios minutos a través del oscuro bosque repleto de sombras y sonidos misteriosos que le ponían los pelos de punta, el hombre llegó a un claro en la vegetación. Miró unos metros adelante y pudo ver el cuerpo que yacía sobre la tierra húmeda. Se aproximó con gran cuidado y sin dejar de apuntarle con el arma. De pronto, escuchó una voz chillona que venía desde la maleza…

– No dispares… Te ruego que no dispares… – repitió serenamente la vocecilla que, claramente, no era emitida por el cuerpo abatido de su presa.

Jacobo se puso más nervioso que nunca y comenzó a apuntar su arma en todas direcciones. Luego pudo ver una gran sombra que caminaba hacia él entre la oscuridad con las enormes manos arriba y le seguía suplicando que no disparara. Mientras más se acercaba se hacía más pequeña, hasta que pudo ver con claridad a una criatura igual a la que había matado.

El hombre preguntó si había alguien allí. Claramente intentaba saber si había algún humano, pero en poco tiempo pudo corroborar que la criatura era la que hablaba. El misterioso ser sombrío le explicó que provenían de un planeta lejano. Él y su amigo difunto eran parte de un movimiento pacifista que pretendía disuadir a los de su especie de invadir la tierra. Eran minoría.

Su misión era probar que los humanos eran dignos de ser tratados con diplomacia, que no eran simples animales comunes. El cadáver que estaba en el suelo pertenecía al hijo del líder de su planeta y, según explicó, era el único que había logrado impedir la invasión.

Ahora que estaba muerto, su padre cobraría venganza y no tardaría demasiado en enterarse. El pequeño visitante le dijo a Jacobo que huyera lo más lejos posible, de otra forma, el padre del difunto vendría por él antes de que saliera el sol.

Sin dar tiempo para más, el visitante desapareció entre la maleza, dejando a Jacobo lleno de dudas: ¿Acaso sería cierto lo que decía la criatura? No importaba. Lo que si era cierto, es que había extraterrestres rondando su propiedad, así que no había razón para arriesgarse.

Tomó el cuerpo liviano de su víctima y se lo echó al hombro, luego se movió lo más rápido que su vejez le permitió con rumbo hacia la casa en búsqueda de su esposa. Su plan era llevársela lejos y buscar a las autoridades con el cadáver como prueba.

Llegó a su hogar tan pronto como pudo y observó que la puerta estaba abierta. Algunas luces se movían dentro de la habitación del piso de arriba, cosa que lo alarmó bastante. Ingresó con lentitud a la vivienda y se dirigió la cocina, colocó el cuerpo dentro de un viejo congelador dañado que no usaban desde hacía años y se dirigió hacia las escaleras.  Al girar su vista hacia arriba, pudo ver a uno de los extraterrestres que lo miraba fijamente. Antes de que pudiese levantar la escopeta, el monstruo corrió hacia la habitación donde había dejado a su esposa.

Intentó encender la luz para ver a su adversario, pero la electricidad no funcionaba. Como había visto varias luces desde abajo, asumió que, probablemente, había más de un invasor en su morada. Recordó sus años de juventud y desempolvó su viejo archivo mental de combate, el cual había adquirido cuando estuvo en la guerra.

Subió las escaleras con sumo cuidado; no vio nada. El pasillo estaba en completa oscuridad, no había tenido tiempo de adaptar plenamente sus pupilas a la falta de luz, caminaba prácticamente a ciegas a enfrentar a enemigos desconocidos.

Al ingresar al cuarto pudo ver que no había nada. Su mujer seguía roncando suavemente, como si todo estuviese normal, pero Jacobo sabía que algo no estaba bien. Giró su vista en todas direcciones, bueno, casi todas. Olvidó mirar hacia el techo, en donde cinco extraterrestres se encontraban suspendidos cabezas abajo, utilizando sus enormes y pegajosos pies como soporte. Había caído en la trampa.

Una especie de presentimiento lo hizo mirar hacia arriba, pero ya era tarde. Los cinco individuos saltaron sobre él y, al tomarlo con sus enormes manos, sintió inmediatamente como todos los músculos de su cuerpo se dormían. Pronto perdió la fuerza en las piernas y se desplomó, quedando completamente inmóvil, como un muerto viviente. Pronto se quedó dormido.

Despertó de golpe y pudo darse cuenta de que estaba envuelto en una especie de tela que, con cada mínimo movimiento que hacía, liberaba una descarga eléctrica que le causaba una agonía indescriptible. Con el rabillo del ojo miró a su lado derecho y pudo ver a su esposa en la misma situación. Varios invasores caminaban de un lado al otro en la habitación, como intentando decidir lo que harían. De pronto, un ruido extraño se escuchó en la planta inferior. Los botes de basura se movían, tal como cuando había salido la primera vez.

Las criaturas escucharon la conmoción y corrieron a la planta baja para investigar lo que sucedía, solo uno de ellos se había quedado cuidando a los rehenes y no les quitaba la vista de encima. Jacobo y su esposa se impactaron al ver que una figura sombría entraba por la ventana sin hacer el más mínimo ruido. De forma repentina y violenta cerró su enorme puño e impactó la cabeza del vigilante, quien cayó de inmediato al suelo perdiendo la conciencia.

– ¡No tienen demasiado tiempo! ¡Tienen que irse ya! – replicó nerviosamente la voz aguda que a Jacobo le sonaba conocida. Se trataba de aquel ser que le había advertido en el claro del bosque. Sin perder tiempo los liberó y, con la misma velocidad con la que había entrado, corrió nuevamente hacia la ventana para desaparecer en la oscuridad.

Jacobo tomó a su esposa y le tapó la boca, no había tiempo para explicaciones. Sabía que sus captores no tardarían en volver, también que entrarían por la puerta principal, así que llevó a Julieta rumbo a la ventana.

El hombre ya no estaba en sus mejores años, pero no tenía más opciones que esperar que sus huesos soportaran el impacto. Saltó hacia el suelo y logró caer sin romperse nada, luego atrapó a su esposa con éxito, la adrenalina los hizo levantarse ignorando el dolor, ambos corrieron hacia la camioneta.

Jacobo tomó las llaves de emergencia que guardaba bajo el asiento e intentó encender el vehículo, pero era usual que el antiguo aparato no encendiera a la primera, especialmente cuando hacía frío. El sonido del arranque atrajo la atención de sus enemigos, quienes aparecieron rápidamente en la escena y se aproximaban hacia ellos.

El hombre supo que era el fin. Sin embargo, no lo sería para su esposa, ya que el vehículo había encendido. Bajó del auto en un acto de coraje, le ordenó a su esposa que corriera a buscar a la policía y les contara lo sucedido. Le dijo dónde había ocultado el cadáver, ya que de otra forma no le creerían. Le hizo creer que sobreviviría, pero en el fondo ambos sabían que solo uno de ellos podía lograrlo. No obstante, Jacobo sintió un pequeño consuelo, su esposa viviría y el mundo sabría lo que le esperaba. Era lo menos que podía hacer, en cierta forma, él había sido el culpable.

La mujer condujo lo más rápido que pudo hasta la estación de policía del pueblo, pero no les contó lo sucedido. Dijo que unos ladrones habían entrado a su casa y tenían a su esposo de rehén. Sabía que si les hablaba de pequeños extraterrestres la tomarían por loca o drogadicta.

Dos patrullas rechinaban las llantas a grandes velocidades con dirección a la casa. El sol comenzaba a asomarse. Al llegar al sitio, los policías acordonaron la zona e hicieron una búsqueda exhaustiva. Lo único que hallaron fue el cadáver de Jacobo. El cuerpo estaba acostado en la cama con ropa de dormir, alguien le había volado la cabeza de un tiro.

Al ver que su esposo había muerto, la mujer estalló en llanto y comenzó a despotricar sin orden sobre todo lo que había ocurrido con los extraterrestres, pero los oficiales solo la veían como quien mira a una demente. Entonces la mujer les dijo que tenía pruebas y decidió guiarlos al viejo congelador. Al levantar la puerta del aparato, encontraron la antigua escopeta de Jacobo. La señora fue detenida como principal sospechosa mientras hacían las averiguaciones.

Cuando la policía hizo las pruebas, encontraron las huellas de la esposa de Jacobo por toda la escopeta, así como también algunas fibras de su cabello. Las pruebas de balística determinaron que el homicidio había sido realizado con dicha arma, así que Julieta fue procesada por asesinato.

Cuando el juez escuchó sus declaraciones en la corte, ordenó que fuera recluida en un sanatorio mental, en donde finalmente encontró paz, pues encontró a varios de los pacientes que le contaron historias similares. Muchos habían sido incriminados por extraterrestres y nadie les había creído. Al menos Julieta tenía el consuelo de que no estaba loca, pero de poco servía, ya que sabía muy bien que los días de la humanidad estaban contados.

 

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Acerca del autor

Pedro M

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