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La infancia de un cubano en los 80



La infancia de un cubano en los 80 - Sociedad

Era un sábado por la mañana, no había clases. En esos días no me levantaba hasta cerca de las 9:00 am, pero esa vez fue temprano. La Televisión trasmitía una manifestación multitudinaria en apoyo a La Revolución y contra el imperialismo. Se escuchaban consignas de “ Fidel pichea, que Carter no batea”, o “Pin pon fuera, abajo la gusanera”, entre otras. Mi cerebro infantil nada entendió de aquel show, ni del éxodo por el Mariel, pero a partir de entonces algo en mí despertó a una realidad circundante. La de vivir en un país bajo conflicto permanente.

Desde entonces solo creí que Fidel era bueno y los yanquis unos hijos de perra. Cuando pasaba un avión creía que iba Fidel, y como muchos niños de mi generación salíamos al aire libre, mirábamos al cielo y extendíamos las manitas para saludarlo gritando su nombre, henchidos de júbilo.

En la escuela nos enseñaban que debíamos ser como alguien al que llamaban El Che, que el imperialismo yanqui era nuestro enemigo, que estábamos bajo su amenaza constante pero al final siempre ganaríamos, y muy importante: Fidel Castro era lo más grande y aquellos que no estaban con su revolución eran gusanos, vende patrias, traidores, contrarrevolucionarios… en fin, gente mala. Y yo pensaba que era cierto, porque en los programas de la TV, los gusanos eran presentados como asesinos, torturadores, seres sin piedad ni corazón.

Por eso me chocó que a José María y a Blanquita, los padres de Juanito mi amigo, los tildaran de gusanos. Yo los conocía y eran amables, al menos conmigo. Cuando iba a jugar a su casa me trataban como a un hijo y nos daban golosinas. Un día regresábamos de la escuela cuando vimos un grupo de personas que la mayoría ni siquiera eran del barrio, apostados frente a su casa, y gritando insultos. Vi la cara de terror en el rostro de Juanito, y la preocupación de su madre. Habían cometido el delito de querer mudarse hacia el norte revuelto y brutal.

En mi casa no se hablaba de política. Mi abuelo era un ateo y librepensador, y mi abuela, una cristiana a su forma, nada practicante.

-Dios existe, es el todo poderoso y creador del universo. Cuando tengas un problema hablas con Él y le pides lo que necesites, pero en la escuela no hables de Dios y si te preguntan di que no crees. Después le pides perdón-me aconsejaba.

Y recuerdo estar bajo aquella mata de canistel y orar

-Dios, si es verdad que existes te pido que mañana mueran todos los americanos.

Porque los americanos tenían la culpa de todo, además, agredían países y mataban a la gente.

Era una época de vivir aterrorizados. Bajo la amenaza de una invasión norteamericana. A la gente se le exigía construir refugios en los patios de sus casas “Yo soñé con aviones que nublaban el cielo…” decía una canción de Silvio Rodríguez, y que tenía sobre mí, un efecto más intimidante que cualquier película de terror.

Era también la época del internacionalismo proletario vestido de plomo. Jóvenes enviados hacia  Angola y otros paises. Muchos obedecían por miedo, otros por convicción, pero los pocos que se negaron se les adjudicó el epíteto de “Rajados”. En fin, los hijos a las guerras y las madres llorando.

Siempre había una crisis, manifestaciones multitudinarias, actos de repudio, y discursos cargados de odio.

Esa fue la infancia de mi generación.

 

 

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Pedro P

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