Literatura

La Luna de Hercóbulus en mi sueño

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La Luna de Hercóbulus en mi sueño - Literatura

Mi maestra Rosa era una mujer simpática con voz de ogra. Así la recuerdo. Mis 8 años me la pintaron como un hada hasta que algún niño botaba su jugo al piso. A correr carajo, adios al ángel detrás de la sonrisa. Definitivamente no hay retorno para la inocencia. ¿Será hoy día una abuela feliz, caminará sola o estará postrada en silla de ruedas?. Es una aventura recordarla, y no es por nada.

Tenía todavía ocho años, eso lo tengo claro. Llovía mucho pero bastante, caían rayos, centellas y el viento silbaba de terror. Por supuesto y como era costumbre, me daba miedo. Recuerdo o creo recordar, quizá lo inventó mi cerebro, mi hermanito me dijo una vez que no temiera a las luces del cielo, que siempre estaban lejos y solo llegaban a nosotros sus huellas de despedida, como un hasta luego, nos vemos en la próxima tormenta. Me vio con su carita blanca, sus ojitos café claro que todavía amo, agarró mis cachetes y me invitó a jugar espantar los rayos.

-Hermana, no seas tonta, sácalos lejos, ellos no te derrotarán, cuando veas el primer rayo, cuenta desde cero y corre hasta que lo escuches. Voltea y fíjate que no hay nada.

Muy gafo ese juego, aún echo paticas antes que suene. Divina niñez. La lluvia y el fuego me quitaban la calma, tanto que al ver candela cerca halaba mi pierna de metal hasta llegar debajo de la cama. El susto vivía poquito, y así pasé mis ocho años.

Un día pregunté a mi madre si podía yo dejar testimonio en la Tierra de quiénes éramos, nuestros nombres y sentimientos. Me vio y dijo que sí, que lo escribiera. Eso hice, alargué papeles y puse mi nombre Yo me llamo Thais, y viví aquí. Año 1980. Cuiden el planeta, chao. Abrí un hueco en el patio, creo que era profundo, puse allí la hojita y tapé. Vi al cielo, de nuevo venía lluvia, ay no, de nuevo los vientos de terror, sus gritos por las ventanas. Corrí al cuarto, cerré las ventanas, me puse la almohada en la cabeza. Desde la puerta escuché que yo era una tonta cobarde, como cosa rara, mi hermanito siempre buscando un juego. Igual lo correteaba.

Cumplí los doce años, nada cambió desde los ocho. La maestra Rosa se perdió de mis afectos. En la escuela se propagó el rumor de una bruja que robaba niños que no llevaran un cordón rojo en un brazo. No creí nunca pero todas mis amiguitas lucían con adornos cintas. Luego por un canal de TV promocionaron que el mundo se acabaría pronto, y un hombre que decía saber el cómo y cuándo, empezó a decir que un profeta lo había dejado escrito, se llamaba Hercólubus. El terror estaba por todos lados, pesadillas, miedo a ver caer estrellas y planetas encima, bolas de fuego y no podía faltar, diluvios universales.

Me dormí una noche con las manos juntas, le rezaba a Dios para que me diera vida, que no lanzara nada malo sobre nosotros. La noche oscura, me mostró una inmensa Luna amarilla, grande, como una gran arepa. En un lado, hacía arriba estaba un lunar negro. Apareció entonces mi maestra Rosa, en la mitad del patio. Con su mano extendida, me dijo que eso era un sueño, pero que cuando volviera a ver algo así, significaba que se terminaba el mundo.

Le pedí que me explicara, cómo era eso. Se fue de allí. No la vi mas.

Mi corazón estaba con miedo, no quise abrir mis ojos, me tapé la cara, ni loca iba a ver por la ventana. Al otro día todo normal, la gente grande en lo suyo, los pequeños, nosotros al juego, a esconderse de la bruja. Nadie supo de mi pesadilla, y no hubo noche que me diera pánico ver la Luna. El tiempo se llevó la moda fatídica de la muerte. Y tuvimos que irnos de esa casa, no antes sin recordar que allí dejaba un tesoro, debía buscarlo. Lo hice, hueco aquí, hueco allá. Nada de papelito enrollado, me frustré.

Al hacerme periodista tiempo , mucho tiempo después, la vi igualita, bella, cabello pintado de rulos. Su voz dulce como nunca. Frente a mi no vi a una mujer en desventaja por la edad. Me dio un abrazo, me recordó y vio que no llevaba la pierna de metal. Qué alegría verla tan graciosa, joven, muy hermosa. Le conté de mi sueño infantil, le juré que jamás la había olvidado. Guardé en mis pensamientos esa imagen, de su dedo apuntando al cielo, del terror que tuve cada vez que creía verla por la calle.

Mi hermanito ya no cuenta rayos y centellas a mi lado,y aun un espero que una próxima civilización se pose en esa casita de pared amarilla y consiga mi nombre.

 

 


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Acerca del autor

Thais Garcia Belandria

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