Literatura

La misión

La misión - Literatura

El funeral había resultado de lo más aburrido, pensó Cosme. Aunque lo contrario no hubiera sido de recibo, claro está. Pensó en su cuñado y se dijo que probablemente a éste le hubiera gustado que le despidieran con litros de alcohol, una buena comilona y con la música de los Rolling a toda pastilla. Un funeral atípico, sí señor, pero su hermana prefirió ser tradicional.

Una vez acabadas las condolencias por parte de familia, amigos y compañeros de trabajo, se acerco a su hermana.

-¿Estás bien? -Le preguntó, poniendo una mano en su hombro- ¿Ha sido bonito, verdad? A Raúl le hubiera gustado.

-¡Por el amor de dios, ha sido una mierda! -Diana se dio la vuelta y miro a su hermano con lágrimas en los ojos, a lo que éste respondió abrazándola. – Bien, ahora lo que necesito es dormir un poco, llevo una semana sin pegar ojo. Manuel está en casa de su abuelo, ¿podrás ir a buscarlo a la hora de cenar?

-Claro, sin problema. Vamos, te llevaré a casa -dijo Cosme, quien no se movió de allí hasta la hora de ir a buscar a su sobrino.

Eran ya pasadas las ocho cuando se dirigió a casa del abuelo. Bien, en realidad Antonio solo era el vecino de infancia al que se recurre cuando se le necesita. Cosme recordó las largas horas en su compañía mientras sus padres trabajaban. La verdad es que entendió perfectamente que Diana, a la hora de dejar a alguien al cuidado de Manuel, pensara en él. Desde luego, era la mejor opción.

Al llegar, encontró a niño y anciano sentados a la terraza jugando una partida de ajedrez.

-Anda, sobrino, no sabía que supieras jugar al ajedrez

-Bueno, estamos en ello -dijo Antonio mientras daba un trago a su cerveza- ¿Cómo ha ido todo?

-¿A ti que te parece? -Y señalando con disimulo al niño, el cual meditaba la jugada, prosiguió- ¿Y por aquí?

-Tranquilo. La tormenta vendrá después. Y tú, ¿estás preparado?

-No, y no entiendo porqué Raúl me confió a mí esa misión. Es demasiado complicado, y él lo sabía.

-No sé qué es lo que sabía o no tu cuñado. Lo que sí se es que lo fácil es quedarte sin hacer nada. -Miro al niño, aprobando el movimiento con la torre que acababa de hacer. -Sabes que puedes contar conmigo, de todos modos.

-Lo sé, abuelo, gracias. Vamos, Manuel, tenemos que irnos. Despídete de Antonio.

Una hora más tarde, después de haber dejado a su sobrino, llegaba a su casa. Se obligó a cenar algo, pese a no tener nada de hambre, para no acostarse con el estómago vacío y se dirigió a la butaca del salón. Encendió la televisión y jugó un rato con los botones del mando hasta que encontró una película, no de su agrado pero sí al menos entretenida, y se acomodó.

Cuando llegó el primer intermedio, de esos que te dicen “volvemos en seis minutos”, aprovechó para levantarse y salir al patio a fumarse un cigarrillo. Lo encendió y dio una larga calada.

-No deberías hacer eso. -Raúl estaba enfrente de él, mirándole a los ojos- Pero bueno, allá tú lo que hagas con tu cuerpo.

“No puede ser. Esto tiene que ser fruto de las largas horas sin pegar ojo” -Se dijo a sí mismo, mientras contemplaba a su cuñado.

-Imagino que crees que soy una aparición, o algo por el estilo. Bueno, da igual, aquí lo único importante es que me escuches. Y tranquilo, seré breve, que solo por fastidiar las televisiones muchas veces cumplen la palabra con lo de los seis minutos y me he dado cuenta que la película te gusta. ¿No dices nada?

No podía, Cosme se había quedado mudo. A ver, ¿cómo os quedarías vosotros si tuvierais a un muerto enfrente hablando como si tal cosa?

-Vale, será mejor que hable yo. -Raúl se sentó en la mecedora que estaba justo al lado de la piscina y prosiguió: – Se que Antonio te ha preguntado si estabas preparado para la misión, por lo que sé también que albergas dudas y, quizás, temores. Lo entiendo, no es empresa fácil.

-No, no lo es, y no entiendo ese afán de -Mientras hablaba, Cosme se decía a sí mismo que probablemente estaba hablando con su conciencia y no con Raúl o que se había vuelto loco-de insistir en ello. Es peligroso, y lo sabes.

-Será mejor que te explique exactamente con detalle la misión -habló el muerto haciendo caso omiso a las palabras de su ya ex cuñado- de la forma más resumida posible, el tiempo se nos viene encima. Además, yo no puedo deambular por aquí muchas horas. Eso sí que sería arriesgado.

Raúl le explicó con todo lujo la misión. Entrar en la empresa farmacéutica donde él trabajaba y llevarse todos los tubos del nuevo medicamento experimental, que a su juicio era lo que le había matado, y destruirlos. Ese fármaco, según Raúl, no podía salir al mercado. Pese a que si funcionara sería un gran avance para la ciencia, puesto que para la ELA no existía ningún tipo de cura, él sabía que no era así. Lo peligroso de la misión no era la destrucción del preparado en cuestión, sino que la empresa dejaría de ganar millones de euros y eso no gustaría. Al fin y al cabo, el negocio estaba por encima de cualquier cura y de cualquier enfermedad. Cuando le preguntaron, al diagnosticársele la enfermedad, si quería probar el medicamento, no pudo negarse. No es que le obligaran, pero era demasiado joven para no probar todo lo que fuera para vivir dignamente unos años más con su mujer y su hijo. A los pocos días de tomarlo, ya notó que algo raro pasaba, vómitos, diarrea, fiebre, y comenzó a sospechar, pero al no estar seguro siguió tomándolo. Cuando los síntomas se agravaron, añadiéndose sangre en la orina, delirios, delgadez a marchas forzadas y empeoramiento de su enfermedad, tuvo la certeza absoluta, pero ya era demasiado tarde. Muy pronto, llegaría su fin. Habló con el mandamás de la farmacéutica quién no quiso creer ninguna de sus palabras, claro que para él eso suponía como lo de Armstrong al pisar la luna. Así que entendía hiciera oídos sordos. Su muerte fue certificada como “ataque al corazón”, pero él sabía que la definición exacta era “asesinato por investigación”. Confiar la misión a su cuñado no era lo más acertado, pero era la única opción. Cosme también trabajaba allí y tenía acceso al laboratorio, por lo que le sería fácil entrar allí por la noche sin levantar sospechas de los vigilantes.

-Bien, eso es todo. Ahora que lo pienso, no es tan complicado, podrás hacerlo. Piensa en la cantidad de vidas que salvarás.

La única respuesta que tuvo a bien dar Cosme fue coger el cenicero, en el cual había apagado el cigarro minutos antes, entrar en el salón y cerrar la ventana corredera. Se dirigió a la nevera a por un botellín de agua y, al volver, ya no vio a nadie en el patio. Las ganas de seguir viendo la película se le fueron de inmediato, así como el sueño, por lo que volvió a salir al jardín a tomar el aire. Esa noche, prometía ser muy larga.

Dos días después, llegó a la farmacéutica, fichó la entrada y se dirigió a su lugar de trabajo, prometiéndose que a media mañana iría al laboratorio con alguna excusa para indagar donde estaban exactamente esos tubos malditos. Se sorprendió de lo fácil que había sido, pero esto no era el final.

A las tres de la tarde, se despidió de sus dos compañeros, fichó la salida y llamó a su hermana por si necesitaba algo. Al obtener un no como respuesta, se dirigió a su casa, y mientras daba un buen trago a una Heineken pensó en el modo de sacar los tubos del laboratorio de la forma más discreta posible. Más de 300 tubos en total, casi nada.

Cuando el reloj marcó las diez de la noche, aprovechando el cambio de turno, llamó a la farmacéutica y se puso Sergio, quién esa semana le tocaba el turno nocturno de vigilancia.

-Hola Sergio, soy Cosme, ¿te importaría hacerme un favor? No encuentro el reloj que me regaló mi cuñado y, la verdad, me sabría mal haberlo perdido, ¿puedes ir un momento a mi oficina a ver si me lo he dejado allí?

-No puedo dejar esto solo. Pero bueno, tampoco pasará nada por cinco minutos. -Al otro lado se hizo un silencio que a Cosme le pareció eterno, pese a que solo duró unos instantes.- Sí, en efecto, aquí está. ¿Quieres que lo guarde en el cajón de la garita?

-No, no, gracias. Prefiero venir a por él, si no te importa.

Veinte minutos después estaba charlando con Sergio y, cuando le pareció que ya había sido lo suficientemente educado, se excusó y se dirigió a la oficina para coger el reloj que, aposta, había dejado. También cogió cuatro bolsas de basura, suficientes, de un carro de limpieza que encontró en el pasillo y se dirigió al laboratorio. Tenía que ser rápido, había dicho a Sergio que volvería en cinco minutos. Como Raúl le había explicado con detalle donde estaban los tubos, la misión fue fácil, pero estaba acojonado. Para darse ánimos recordó las últimas palabras que le dirigió su cuñado en el patio de su casa: “vamos, Cosme, eres nuestro héroe, no nos defraudes”. Sí, seguro que lo era, pensó irónicamente mientras se dirigía a la salida.

-No te lo vas a creer, -dijo, dirigiéndose al vigilante- por lo visto el personal de limpieza no ha sacado las bolsas de basura. Bueno, muchas gracias Sergio, me marcho. Que termines de pasar bien el turno.

-Gracias. Que tengas buena noche.

Había sido más fácil de lo que sospechaba. Ahora, lo único que le quedaba era pensar en un lugar seguro para quitarse de encima todo ese arsenal. Pero, mientras lo pensaba, se preguntó: ¿y si la verdadera misión no era destruirlo, sino hallar el ingrediente para que el fármaco funcionara de verdad? Pero ese pensamiento se fue tan rápido como vino, con una muerte era suficiente. Al llegar al primer cruce, se dirigió a las rocas favoritas de Raúl y tiró el líquido de los tubos al mar.

FIN

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