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La monarquía se resiente

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La monarquía se resiente - Sociedad

La sociedad española en su mayoría siempre ha sido simpatizante de la corona y los que ni les iba ni les venía los asuntos reales eran también mayoritariamente simpatizantes del rey emérito, creando así una vertiente denominada popularmente como Juancarlismo. Y es que el carácter afable, cercano, natural y vividor de nuestro antiguo rey favorecía los aplausos y las devociones del pueblo, incluso asumiendo o aceptando sus constantes escarceos amorosos, sus faltas de respeto a la reina consorte, que con tanta resignación, se las ha visto y se las ha deseado en el transcurso de su difícil labor como reina de un país que no era el suyo.

Como no podía ser de otra manera, tal casposa, arcaica y clasista institución tenía que ir evolucionando, no por propia decisión, sino porque las nuevas generaciones así se lo han exigido. Era eso o anclarse a un pasado que ya no podía sustentarles. A la par que los partidos políticos están siendo estudiados y examinados al detalle para acabar con aquellas prácticas tan comunes de crear un mundo paralelo que esconder a sus presentes y futuros votantes como si ovejitas de rebaño se tratara, igualmente la sociedad ha exigido y sigue haciéndolo, la modernización de la monarquía. No parecen haber reaccionado con mucho margen a este mandato social, lo único que pudo servir de revulsivo, allá por el 2003-2004, fue permitir que el futuro rey pudiese comprometerse y después casarse con una mujer divorciada de clase media.

Hasta hace relativamente pocos años la Monarquía no sólo gozaba de simpatía sino de total y absoluta impunidad, defendida por unas leyes y una constitución que también se está pidiendo revisar con lupa. Ya desde la última etapa de Don Juan Carlos se ha evidenciado esa desconexión entre la institución y la sociedad, nada alentadora para la casa real, acrecentada por aquella desafortunada escena tan conocida de la cacería del Rey en Botswana, en plena crisis económica donde no había españolito medio que se acostase sin el miedo encogido en el estómago. Tan grave fue aquella mala decisión y su difusión, que forzaron una disculpa pública y un sincero arrepentimiento del jefe del Estado a su pueblo por primera vez en la historia. Por si eso fuera poco, la libertad de prensa, en crecimiento exponencial hacia la libertad de expresión e información insuflados por la era de las RRSS, de la facilidad de transmisión de noticias y de un auge importante de jóvenes al frente de medios de comunicación digitales, hizo su aparición y con ella se levantaron y sacudieron alfombras en los asuntos reales y políticos. Buena prueba de ello fue el tan conocido caso Nóos y todo lo que ese caso repercutió en la institución y en la relación nada idílica de sus miembros, el caso Urdangarín fue, pues, la estocada al reinado de Don Juan Carlos I sin lugar a dudas.

Por todo ello e irremediablemente, el monarca había forzado su abdicación en favor de su hijo, habida cuenta de que éste sería el Rey mejor y más preparado, probablemente, de todo el continente. Así, intentaron por un lado, demostrar que un desgastado Don Juan Carlos no se acogería al cargo como un panda a un árbol, sino que la institución estaría siempre por encima de las particularidades y deseos de cada uno de sus miembros, y por otro lado, la preparación y sobre todo la edad del nuevo Jefe del Estado presuponía que, de un modo u otro, dejaría su marca, su fresca y joven visión y con ello modernizarían, aunque insuficientemente, la imagen que la ciudadanía tenía de la casa real. De hecho, todo fue bien en los primeros años de mandato de Don Felipe VI, la abdicación había sido más que bien acogida entre los monárquicos del país y aunque el resultado judicial del caso Nóos y el varapalo real de tener a la mismísima hermana del rey sentada en un banquillo seguían dando que hablar, lo cierto es que la sucesión al trono fue positiva en rasgos generales. El propio Don Felipe se afanó por demostrar su malestar con su hermana y su cuñado por la bochornosa situación en la que habían puesto a la corona, apartándola de cualquier acto oficial y quitándole el título de duquesa de Palma de Mallorca.

Las posteriores e incesantes informaciones acerca de la supuesta posibilidad de que Don Juan Carlos hubiera estado informado de las operaciones de su yerno Urdangarín en el instituto Nóos y las relaciones amorosas, que aunque de todos sabidas, ahora se ponían nombres y apellidos, con las que el rey emérito habría mancillado la casta y pura honorabilidad de la institución matrimonial real, asuntos que se trataban no ya en sus revistas de cabeceras leales y súbditas a sus mandatos y exigencias, sino a la presa del corazón más impetuosa e impertinente del país, consecuencia de aquella libertad y empoderamiento de la prensa de la que veníamos hablando con anterioridad, bendita sea, no hacía más que seguir manchando el buen nombre de la monarquía y le ponía un difícil inicio a Don Felipe VI. Pero la cosa no queda ahí, al parecer que el enemigo lo tenía en casa era más que sabido entre su hermana y su cuñado y algunas notas de prensa rosa de su propio padre o de su sobrino Froilán, como el último enfado en el Ave de ayer en una discusión subida de tono entre él y el secretario general del PCE de Andalucia , pero ahora, incluso, parece ser que el enemigo lo tiene metido en su cama.

Llegamos a la situación actual no cansados de tanta ficción, de tanta fijeza institucional obsoleta, de que nos dé más disgustos y decepciones que alegrías, sin hurgar ya en la necesidad real, valga la redundancia, de la casa del Rey, de su figura y de mantener a toda una prole que se cree o se entiende especial por haber nacido bajo un apellido como otro cualquiera. El último escándalo ha sido este pasado fin de semana a la salida de la catedral de Palma después de asistir a la misa de Pascua, el incidente dio mucho que hablar, las imágenes se han visionado y se han buscado detalles hasta el infinito, y es que han sido unos comportamientos muy jugosos que han tenido a media población comentando la jugada. Al parecer, y como si de Madrid o Barça se tratase, había que decidir cuál era mejor persona, reina, madre… si la actual consorte o la anterior a tenor de los comportamientos que habían mostrado en aquel domingo. Parecer ser que la reina emérita intentó hacerse unas fotos con sus nietas dentro de la catedral, cosa algo inusual según expertos en casa real, y más viniendo de una profesional del protocolo y del saber estar durante tantos y tantos años como Doña Sofía. Esa foto, que la antigua monarca quería hacerse, resultó infructuosa porque la madre de las criaturas se puso delante, entre los focos y ellas, mientras le espetaba algún comentario no muy delicado, por el análisis que después se ha hecho de su expresión y comunicación no verbal. Algo que hizo evidenciar que no había muy buen ánimo entre las dos señoras fue que sus maridos observaban atentos y con gesto serio de preocupación y enfado, incluso el actual Rey intentó poner paz con un toque de atención a su señora intentando cogerla del brazo y diciéndole que no era el momento.

Entre todo ese barullo es la Infanta Leonor, futura reina de nuestro país presumiblemente, la que perpetúa el gesto más indigesto de todos, vemos como, tras ver la actitud con la que su madre se dirige a la reina, le quita el brazo a su abuela de su hombro con un desdén y un desprecio que han traspasado cualquier análisis y ese hecho puntual es el que le ha dado a la abuela el papel de pobre señora mayor ninguneada antes por su marido y apartada ahora por su joven nuera, con todo lo que esta gran dama ha soportado. Otro gesto a reseñar es que una vez fuera de la catedral, Doña Sofía intentó de nuevo una foto con las dos nietas, esta vez sí lo consiguió aunque su nuera seguía pululando por allí increpándola, haciéndole saber que se estaba saltando el protocolo de una manera bastante chabacana para lo que se espera de ella, al finalizar esa instantánea la reina emérita le da un beso en la sien a una de sus nietas, momento en el que Doña Letizia corre presta a limpiárselo como si los labios de su abuela tuviesen ácido sulfúrico. Por todo esto, Doña Letizia ha quedado como la malas pulgas de la casa real, la persona fría, calculadora y acaparadora nuera que acaba de llegar y cree que todo el monte es orégano, no lo digo yo, lo dicen las encuestas de los medios digitales que tan amablemente le han preguntado a la población su posicionamiento, como si fuese algo realmente trascendental. Al final, todo parece indicar que entre las féminas reales no hay una buena sintonía y para el porqué de esta situación hay muchas y variopintas opiniones de profesionales que saben mucho más por lo que callan que por lo que hablan.

Se da por supuesta la tremenda crisis institucional que está haciendo tambalear los cimientos de los Borbones y de la monarquía en general. Han salido a la luz las crisis incluso sentimentales que pudieran estar atravesando los reyes, sobrevuela el palacio de la Zarzuela la palabra divorcio, pero no sale de ninguna boca. Don Felipe VI seguro que nunca pensó que se le complicarían tanto las cosas, con tanta preparación se olvidó de que su consorte y su familia eran seres independientes y que el hecho de traer al nido real a una plebeya le traería tantas consecuencias. Pero raudos y veloces los guiones de la casa real no pararon de dibujar una estrategia de lavado de imagen donde llevarían a Doña Letizia hasta la mínima expresión, intentando así simular un perdón de ésta a la reina emérita, y es exactamente lo que acabó pasando una semana después, aprovechando una visita al rey emérito al hospital donde había sido intervenido para cambiarle una prótesis de su rodilla, allí se presentaron de nuevo el rey, la consorte y la abuela haciendo un despliegue más que forzado, ridículo y absurdo, más propio de un teatro de guiñoles que de la imagen de una gran y sólida institución histórica. La reina salió primero para abrirle, muy servicialmente, la puerta a su suegra y a su salida la volvió a cerrar, yendo siempre un paso por detrás o al lado de ella, dejando que posase en el centro de la foto e incluso llevando un atuendo que mostraba respeto a su figura, llevando unos zapatos planos a diferencia de Doña Sofía que llevaba algo de tacón.

La comunicación no verbal también fue previamente estudiada y bajo un guión claro, así, Doña Letizia en varias ocasiones le hacía gestos de deferencia al paso, sonrisas supuestamente cómplices entre ellas y una postura relajada y distendida y, como no, esa sonrisa impertérrita de la reina consorte durante todo el paseillo para darnos a ver que todo estaba perfecto y que lo que habíamos visto una semana atrás era producto de nuestra imaginación. La falta de naturalidad con la que se enfrentan a estos temas es insultante, los periodistas que estaban a las puertas del hospital estaban bien informados de lo que era pertinente y aceptado que pudiesen preguntar y lo que no, directrices más propias de épocas pretéritas. Al día siguiente y, sin ser necesaria y/o usual una segunda visita pública, se vuelve a producir casi casi la misma escena pero en este caso ya no para flagelar a la reina sino a la pequeña Doña Leonor por aquel gesto tan feo, para ello de nuevo es Doña Letizia quien les abre la puerta trasera de la que sale la infanta Leonor para rápidamente ayudar a su abuela a bajarse del coche, menos mal que no la hicieron pararse a limpiarle los zapatos.  La reina emérita iba emparedada entre sus nietas en la parte de atrás del coche donde viajaron cinco miembros de la casa real entre ellos el actual rey y la futura reina, cosa también poco protocolaria. Durante ese paseillo y una vez más Leticia se muestra de perfil bajo y es la reina emérita la que disfruta de su lugar como abuela, posando agarrada a ambas nietas antes de entrar en el hospital. A la salida, Doña Sofía que se quedaría a comer con su marido, salió al hall a despedir de manera muy cariñosa a su querida nuera y a sus nietas con sendos abrazos y besos, sabida de que también ahí los estarían grabando.

En fin, la monarquía no sé si llega a su fin pero se enfrenta a una de sus peores crisis y tal y como la sociedad se está enfrentando a todo lo innecesario, injusto, clasista, desigual, derrochador, opaco, características todas ellas de la institución de la monarquía, va a ser mejor que tomen medidas más actuales y demuestren de algún modo, quizá sobrehumano porque de otra manera no me lo puedo imaginar, que la sociedad española les necesita ara algo, que el país les necesita para algo más que para pasearse país tras país diciendo lo bonito que es el suyo, eso lo hacemos todos y sin cobrar, para acciones diplomáticas internacionales ya pagamos suficiente con los cientos de cargos absurdos con los que cuenta el gobierno.

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Danielle Phoenix

3 comentarios

  • Al parecer, según las voces que salen de Casa Real esto se veía venir y tardaba en llegar, y es que Doña Letizia quizá no sea esa que vemos de eterna y pétrea sonrisa y semblante agradable que aparece en las revistas, sino más bien aquella del “Déjame terminar”… a lo que el príncipe, todavía en aquella época, le espetó con cariño “Esto te lo voy a recordar, eh?”. Me imagino esa conversación en el coche de camino a Marivent.

  • Leticccccccccccia siempre me ha parecido una trepa estirada. y lo ha demsotrado gastandose nuestros dineros en cirugias y mas cirugias inutiles. Flaco favor esta haciendo a la ya mal considerada monarquía.

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