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LA MORAL DEL GUERRERO

LA MORAL DEL GUERRERO - Literatura

Todo sistema de valores y su estructura jerárquica interna, tienen una vinculación muy íntima con aquellos instintos que prevalecen y dominan en la vida. Así, existen instintos de una vida poderosa y otros propios de una vida debilitada; cada uno de ellos configura su propia tabla de valores. Por lo tanto, existe una moral propia de señores y otra del vulgo; en la primera, la moral se da como autodisciplina de una voluntad poderosa, la segunda está impregnada de carencia, temor, negación, debilidad.

Los creadores de culturas superiores basaban su capacidad de dominio, más que en la fuerza física, en su superioridad psicológica, pues eran seres con una estructuración interna formidable. A diferencia de otros, esta casta de hombres nobles no tiene a la inteligencia como una condición vital de su existencia; en ellos es esencial esa perfecta seguridad instintiva e inconsciente, que los guía en sus actos y que les confiere esa natural predisposición a afrontar, con una determinación férrea, las empresas más difíciles y perturbadoras. Seres que son espontáneos en la expresión de sus sentimientos; el amor, el odio, el respeto, el desprecio, la gratitud, la venganza, encuentran en ellos su expresión más pura y genuina. En ellos, si bien raras veces puede aparecer el resentimiento, este se torna inocuo y se difumina rápidamente en la sobreabundancia de sus fuerzas, las cuales siempre están inmersas en un proceso de remodelación y regeneración. “Un hombre así se sacude de un solo golpe muchos gusanos que en otros, en cambio, anidan subterráneamente…”[i].

Ahora bien, esa plenitud y fortaleza de sus naturalezas les permite un auténtico amor por el adversario. “¡Cuánto respeto por sus enemigos tiene un hombre noble!” exclama Nietzsche. Y es que al parecer el enemigo es un elemento necesario en las naturalezas superiores,  y la calidad del mismo es una suerte de distinción personal. Siendo así, el hombre noble no puede aceptar como adversario a alguien indigno o despreciable, tiene que ser valioso, alguien merecedor de mucho respeto. Es la natural expresión del poder que encarna, siente una veneración por toda manifestación de una vida superior y dominante, incluso por aquella que se impone sobre él; lo majestuoso  y soberbio son gratos a su alma.

Por otro lado, la consideración y valoración que se tienen a sí mismos exige que la dimensión de sus deberes esté a la altura de dicha valoración, por lo tanto, es inaceptable para ellos, hasta insultante, que tales deberes sean rebajados al nivel de los demás. Ellos asumen plenamente su responsabilidad y no lo desean compartir con nadie, pues todo deber es una suerte de privilegio. Pero más allá de sus obras o acciones, las cuales no dicen mucho de ellos, tanto como esa fe inconmovible  sobre sí mismos, ese no pretender, no desear ser lo que en esencia ya son, que se traduce en un respeto profundo sobre sí mismos, estado espiritual que los distingue de los niveles inferiores, en quienes sí se delata esa pretensión o necesidad de lo aristocrático.

La calidad de noble de estos hombres hace alusión a su origen etimológico y se refiere al hecho de que son reales en el sentido de que tienen realidad, son verdaderos; luego, de ello se deriva una acepción subjetiva haciendo referencia a su calidad de veraces. En efecto, hombres de ese linaje conducen su vida en la confianza, la franqueza y la honestidad, consigo mismos y con los demás; en contraposición, el hombre vulgar mira de reojo, calcula y se desliza por caminos sinuosos, buscando atajos y escondrijos donde ocultar su pequeño ser, y tramar. La veracidad del hombre noble se contrapone a la naturaleza mendaz del hombre vulgar.

Nietzsche nos dice que la moral noble, moral de señores, tiene su origen en los estados elevados del alma y se construye sobre la base de una jerarquía. Se establece una contraposición entre bueno y malo, así, bueno será todo aquello que permita la elevación del individuo, aquello que aporta nobleza y grandeza a su existencia; pone como ejemplos al héroe y al guerrero, quienes inexorablemente se rigen por una moral, una  tabla de valores, en la que están esculpidas las virtudes guerreras. Estos hombres se cierran en un círculo pequeño y exclusivo, una comunidad de hombres elevados, conscientes de su nivel jerárquico y despreciadores de toda manifestación de servilismo, mezquindad y mendacidad, propio de seres inferiores.

En cambio, la moral innoble tiene su origen en el establecimiento de una contraposición entre el bien y el mal, donde el mal no representa lo despreciable o lo pequeño, sino que está encarnado por lo poderoso, por aquello que se cierne como un peligro. Es una moral cuyo oscuro designio es permitir la existencia y la consolidación de los débiles, pero a la vez corroer y quebrantar todo impulso poderoso. Y es que aquí las valoraciones nacen de las entrañas de seres dolientes, de los oprimidos, de aquellos cuya existencia es una cruz que se lleva a cuestas, en cuyos corazones anidan, como dolencias crónicas, el resentimiento, el odio, el temor, y ese deseo de libertad y felicidad. Se busca hacer llevadera la existencia, aliviar el dolor, el sufrimiento; entonces se honra la compasión, la humildad, la calidez de corazón, la solidaridad. Será un hombre bueno el bonachón, el ingenuo, el simple, aquel que no represente un peligro.

Estos cultivadores de la moral innoble son animales gregarios que no saben vivir fuera de la manada, todos marchan en la misma dirección, perdieron toda iniciativa, toda individualidad;  necesitan restregarse al prójimo en busca de calor y a eso le llaman felicidad. Tibios como agua de baño, caminantes inocuos que pasan por la vida inadvertidos; buscan un propósito, pero procuran que no sea agotadora su consecución, pues protegen con mucho celo esa apacibilidad de prados verdes. “La gente  tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche, pero honra la salud” nos dice el maestro; la voluntad de dominio yace en ellos como frías cenizas.

Entonces emerge a la luz la superioridad de esa especie de hombres que nacieron con una innata predisposición de ponerse al hombro una causa, no como una cruz, sino como algo que regocija a sus naturalezas poderosas; seres destinados a emprender grandes travesías, con una determinación inconmovible para asumirlas y llevarlas a cabo hasta su culminación. Jueces por naturaleza, con la potestad de castigar y el temple para afrontar y conjurar todo peligro. Hombres que tienen “su cólera y su espada, y al cual los débiles, los que sufren, los oprimidos, también los animales, se allegan con gusto y le pertenecen por naturaleza”[ii].

«El más grande será el que pueda ser el más solitario, el más oculto, el más divergente, el hombre más allá del bien y del mal, el señor de sus virtudes, el sobrado de voluntad; grandeza debe llamarse precisamente el poder ser tan múltiple como entero, tan amplio como pleno»[iii].

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[i] NIETZSCHE, Friedrich, La genealogía de la moral, p. 53.

[ii] Id., Más allá del bien y del mal, p. 250-251, af. 293.

[iii] Ibid., p. 157, af. 212.

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César Vargas

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