Sociedad

La noche del Overol gris



La noche del Overol gris - Sociedad

Entré a ese lugar en el que el mundo se detuvo cuando me pidieron que pasara a la sala y me quitara toda la ropa. Por suerte no me hurgaron -y no porque tuviera algo encima- sino porque ya era suficiente el golpe a mi dignidad.
 
Cuando llegamos al Broward Transitional Center eran las 8:30 p.m. del 4 de febrero de 2018. Luego de la revisión correspondiente me entregaron ese overol gris, tal cual sucede en las películas, las narconovelas o programas de la vida real como: Preso en el Extranjero. Situaciones que hasta el momento creía que solo sucedían en la pantalla y no me podían pasar a mí.
 
Esa mañana llegué al Puerto de Miami a hacer lo que siempre había hecho desde que llegué a Estados Unidos (huyendo de la inseguridad de mi tierra natal: Venezuela), trabajar. Porque no es “juego de carrito” aquello de que en este país “todo lo tienes”, pero “todo lo debes” y hay que trabajar casi que 24 x 24 porque las cuentas no esperan.
 
Así llegamos mi esposo y yo al país de lo posible, donde todos buscan lograr “el sueño americano”, una idea que se implantó en la cultura y la sociedad de Estados Unidos, pero que con un solo paso en falso puede pasar en segundos a convertirse en pesadilla.
 
Fue exactamente el 30 de noviembre de 2017 el día que llegamos, yo acababa de cumplir 29 años 14 días antes y ya era madre de dos niños maravillosos que son los que me impulsan a seguir adelante cada día que abro los ojos. Para ese momento el mayor tenía 8 años y el menor 3.
 
Luego de vender -o mejor dicho prácticamente regalar- todos los sueños construidos en Venezuela, acumulamos algo de dinero para mantenernos esos primeros días en nuestra nueva posición: la de inmigrantes.
 
Con ese dinero además de pagar la habitación en la que vivimos las primeras tres semanas y el primer apartamento que rentamos, pudimos compra un carro con el que comencé a trabajar de Uber, esa es la razón por la que ese sábado en la mañana estaba en el Puerto de Miami, esperando que saliera alguna carrera.
 
De lunes a viernes, trabajaba de 8:00 a.m. a 6:00 p.m. mientras mis hijos estudiaban, pero ese día era domingo, así que el horario cambiaba un poco. Mientras estaba en el puerto un compañero me dijo que tuviera cuidado, que era mejor que no estuviera estacionada ahí, él sabía que yo no tenía papeles, y mucho menos un permiso de trabajo y las patrullas de inmigración habían estado rondado el lugar. Acto seguido, atendí su consejo y comencé a dar vueltas.
 
Había pasado poco tiempo cuando Uber me anunció una carrera larga (de 45 minutos aproximadamente), por supuesto que la acepté porque obvio que mientras más larga la trayectoria, más dinero iba a ganar.
 
La pasajera era una asiática con destino al Puerto Everglades de Fort Laurderdale y yo iba feliz porque era la primera vez que iría a ese lugar.
 
Llegamos a la entrada donde estaban las garitas de seguridad, en las que el protocolo exige que el pasajero entregue su pasaporte y el conductor su licencia de conducir y su código de aplicación de Uber.
 
Hasta ahí todo estuvo bien, o por lo menos hasta que me fijé que a pocos metros había una patrulla fronteriza. Creo que el policía desde lejos notó que era hispana porque enseguida caminó hacia mi carro.
 
“Señorita por favor licencia de conducir y permiso de trabajo”, y yo pude cumplir con la primera petición, pero no con la segunda. Le dije que no lo tenía porque acababa de pedir asilo político y estaba en trámite. Por supuesto que “primero cae un mentiroso que un cojo” porque enseguida me dijo que no había problema, que le entregara entonces el acuse de recibo del asilo, documento que tampoco pude entregar porque realmente la cita para ese trámite la tenía el martes siguiente a ese sábado.
 
¡Bendita manía que hemos adquirido en Latinoamérica de mentir! O en la que todo se arregla con dar “pal café o pal fresco”.
 
Me pidió que me estacionara a un lado y se llevaron a la pasajera asiática a su destino en otro carro. ¡Que pena con esa señora! Quién sabe qué pensó de mí, por suerte no habíamos cruzado palabras por aquello de la barrera del idioma.
 
Llamaron al jefe de la patrulla fronteriza y puedo asegurar que llegó con todas las intenciones de ayudarme, al ver que no había nada que hacer, porque yo no tenía el “bendito acuse de recibo” me dijo: “no puedo hacer más nada por ti, pero como tienes hijos quizá esto sea rápido”.
 
Me montaron en la patrulla y me llevaron hasta el primer centro de detención. Llegamos y enseguida me tomaron los datos y me pidieron que llamara a mi esposo para que fuera a buscar tanto el carro como mis pertenencias.
 
El espacio era una oficina grande con una línea de muchas computadoras y en el que además convivían oficiales y detenidos. Detrás de ese espacio habían 5 celdas en las que me imaginaba entrando sin poder volver a salir nunca más.
 
Por alguna razón el jefe del lugar conectó como mi historia ¿la razón? Por supuesto que ser inmigrante como yo, pero cubano, Lázaro Guzmán es su nombre y yo creo que lo recordaré por siempre porque entre tanto dolor me dio un poco de aliento y esperanza.
 
Tomó mi historia como solicitud de asilo y me dio varias recomendaciones que me ayudarían a salir más rápido. Al fin y al cabo, mi único delito era ser inmigrante.
 
Estuve en la celda de ese lugar entre las 4:00 p.m. y 8:00 p.m. y como se habían llevado todo, menos mi celular, más o menos hasta las 6:00 p.m. pude intercambiar mensajes con mi esposo.
 
Volvamos al lugar en el que comenzó esta historia.
 
Me coloqué el overol gris e ingresé a un espacio donde tuve que pasar la noche sentada en una silla, por supuesto con la vista nublada de tanto llorar, pensando en quién daría el beso de buenas noches a mis hijos, sí, por suerte estaban con su papá y con mi “ex tía política” a la que le habíamos alquilado una habitación un mes antes (para ayudarnos con los gastos y para que ella no pagara la cantidad de dinero tan alta que pagaba en el lugar anterior en el que vivía).
 
Pero yo me refería al beso de buenas noches de madre, ese que no se compara con nada. Ese que solo yo podía darles. También al beso de buenas noches de mis hijos, el cual a partir de ese momento era totalmente incierto cuándo podía volver a recibirlos.
 
La razón por la que estuve en una silla es que las nuevas personas que habíamos llegado no podríamos ingresar a la celda hasta que nos hicieran la revisión médica correspondiente.
 
Eran las 7:00 a.m. del lunes 5 de febrero cuando me tomaron la tensión y me sacaron la sangre (un traductor vía telefónica me hacía las preguntas y se las respondía a la doctora). Validaron que todo estaba bien y fue en ese momento en el que pude subir al nuevo lugar en el que viviría los próximos días (aún no sabía cuántos).
 
No había barrotes, sin embargo, eso no le restaba para nada su apariencia de celda: una habitación con una puerta con un vidrio en el centro de la parte superior, 3 literas flotantes en las que conviviría con 4 mujeres en la misma situación que yo, pero con historias diferentes: 1 hondureña, 1 guatemalteca y 2 africanas.
 
Todavía me pregunto ¿cómo hay por las calles mujeres tan malas -y tengo razones para asegurarlo- y por qué esas que eran “más buenas que el pan” tenían que estar pasando por eso?
 
Fue mi compañera hondureña la primera que me hizo aterrizar el “cable a tierra”, cuando en segundos destrozó la teoría que me habían dado en el primer centro de detención que estuve, en el cual me habían dicho que duraría en el Broward Transitional Center 3 días y que podía hacerlo pagando una fianza de 200 dólares.
 
“Eso es lo que dicen, pero de cierto no tiene nada”, así me dijo ella y yo nuevamente quería morir pensando en lo del beso de buenas noches madre/hijos.  Ella también me ayudó a tender la cama, yo ni siquiera era capaz de eso, seguía con la vista nublada inundada por las lágrimas.
 
Su historia era más aterradora que la mía, cruzó la frontera con la des-ayuda de un coyote, -porque yo insisto que eso que hacen ellos lo menos que hace es ayudar-, con su hermana de 14 años. Ambas salieron escondidas huyendo del maltrato infantil que les daba su madre. El plan era entregarse apenas pasaran la frontera y así lo hicieron, ambas eran menores de edad porque ella aún tenía 17 y lo más probable es que después de todo el proceso, las enviaran a la casa de su hermana mayor que ya vivía en Estados Unidos y que había pagado 15 mil dólares al coyote. En el camino atravesaron un río en el que agarraron una infección que casi las mata.
 
A la niña de 14 se la entregaron a su hermana, mientras que por mi compañera de celda esperaron una semana a que cumpliera los 18 para quedar detenida en inmigración de manera formal.

 
La de Guatemala tenía una historia parecida, con la diferencia que nunca tuvo intenciones de entregarse. Como si no fuera suficiente todo lo que hay que pasar en el camino, se quedó sin comida en pleno desierto y al atravesar la frontera la atraparon.
 
De las dos compañeras africanas no supe mucho, quizá por la barrera del idioma, solo sé que a una la agarraron en una redada en Atlanta y la otra era una señora de unos 50 años aproximadamente, con ella fue la única con la que tuve roce en nuestra convivencia de una semana, pues me tocó pedir cambio de celda porque la señora sufría de un TOC (trastorno obsesivo compulsivo) con la limpieza y yo que cochina no soy, tampoco soportaba que a la señora le diera por desinfectar todo lo que se me ocurriera tocar. Además, no sé si por su edad le encantaba mandarnos. La rutina del lugar exigía limpiar la habitación cada mañana, aun y cuando todo estuviera reluciente. Y a ella, a pesar de que le encantaba la limpieza, solo lo hacía para sacarnos de nuestros cabales cuando le tocábamos algo, porque de resto quería que solo lo hiciéramos nosotras.
 
Fue gracias a esa situación que conocí a Mediana, una muchacha de Haití con otra historia para contar. Como era trilingüe me ayudó en el proceso de cambio de celda, el cual debía solicitar a las securitys en perfecto inglés y como ya lo han visto en mi relato, ese no es mi fuerte.
 
Fue a la semana de llegar a ese lugar en el que me hice compañera de cuarto de Mediana, quién escapó de Haití por amenazas de muerte. Su mamá se acababa de lanzar a las elecciones para ser gobernadora de Haití y desde ese momento la sentenciaron a muerte, razón por la cual envió a Mediana a estudiar inglés, pero al igual que muchos inmigrantes terminó presa.
 
Éramos 110 mujeres en el centro, de esas 40 % éramos venezolanas, sin embargo, a todas (las venezolanas) -a excepción de mi- las habían arrestado en el aeropuerto, con el cuento de que iban a pedir asilo. Eso me hizo comprobar que no eran Fake News de Facebook, sino que las que habían estado saliendo por las redes en los días anteriores, eran tan reales como que yo estaba presa en ese lugar por estar trabajando sin tener un permiso para hacerlo.
 
La situación que estábamos viviendo solo la sabíamos mi esposo, mi “ex tía política” (porque vivía con nosotros) y yo. A mis hijos mi esposo les dijo que me iría a trabajar en un restaurant que estaba a las afueras de la ciudad y que no volvería por un tiempo.
 
Y no fue sino hasta una semana después que a través de un grupo de WhatsApp se enteró la familia en Venezuela. Mi posición era ¿para qué preocuparlos? Suficiente con lo que les toca vivir día a día para sumarle una razón más para ser infelices.
 
Otro pedido que le hice a mi esposo es que no me fuera a visitar, había una leyenda urbana que decía que lo podían dejar preso en migración. Y ¿para qué arriesgarse? Ya para mis hijos era suficiente con la falta de beso de buenas noches de mamá.
 
El centro de reclusión tenía como espacios recreativos un patio para jugar voleibol u otro deporte y una biblioteca. Yo aproveché el espacio visitar la biblioteca y estudiar inglés o investigar acerca de casos de inmigración que me enseñaran a afrontar lo que estaba viviendo.
 
Era 9 de marzo el día que atravesé la puerta de salida del Broward Transitional Center, después de 35 días, 4 juicios (1 sola y 3 con el acompañamiento de una abogada) y 5000 dólares de fianza. Caminé unas tres cuadras, llorando desconsolada y con la respiración entrecortada, solo pensaba en que más nunca quería volver a ese sitio, unos minutos antes también al ritmo del llanto colectivo me despedí de esas compañeras que se habían vuelto casi mis hermanas, con las que a veces compartía el saldo que recargaba mi esposo en la cuenta (porque todo en la vida es una transacción comercial y cada cosa tiene su precio) a través de la cual podía hacer llamadas telefónicas (a mis hijos todos los días, a mi esposo y a mi familia en Venezuela) o matar el hambre con alguna que otra chuchería porque la comida que servían en el comedor me quitaba el apetito.
 
Llegué al Wendy y ahí estaban ellos, mi esposo y mi hijo menor (el mayor estaba en el colegio). No tengo palabras para describir la felicidad del momento. El tiempo se detuvo, mientras abracé y besé a mi hijo.
 
No sé por qué razón en ese momento no tuve ganas de abrazar a mi esposo, el sexto sentido me lo impidió.
 
Llegué a casa y disfruté valoré cada espacio, mi hijo mayor salió llegó del colegio y al igual que con el menor, lo abracé y lloramos por horas, aunque ninguno supo lo que viví esos días, el simple hecho de haber estado separados un mes y cinco días eran suficiente razón para no querer volver a despegarnos jamás.
 
A pesar de que había ganado mi libertad y de que ya estaba con los míos fueron días rudos y de mucha reflexión, primero el tiempo de encierro me había hecho reflexionar acerca de la importancia de ser madre, de cuidar, proteger y sobre todo amar a tus hijos por encima de todo. Entendí que desde el día que nacieron no soy nada sin ellos.
 
Segundo aprendí el valor de la familia y su absoluta solidaridad. Todos movieron cielo y tierra para que mi estadía en el infierno fuera lo más corta y llevadera posible: mis hermanos aportaron dinero para el pago de abogados; mis padres buscaron hasta debajo de las piedras las pruebas que demostraran la razón por la que estábamos pidiendo el asilo; mi padrino y el de mi esposo pusieron dinero para la fianza, los primos de mi esposo cuidaron a mis hijos para que él pudiera trabajar.
 
Hay un dato importante que deben conocer y es que para poder salir bajo fianza necesitaba un sponsor con ciudadanía americana, sin este requisito era imposible hacerlo. Y como la vida se trata de conseguir ángeles en el camino un amigo de mi padrino -a pesar de no conocerme- se ofreció a convertirse en el mío, además de regalarnos parte de su tiempo haciendo diligencias con mi esposo para conseguir mi libertad.
 
Tercero entendí que no solo yo la estaba pasando mal, porque durante esos 35 días mi compañero de vida -desde hace 11 años- tuvo que correr de un lado a otro para conseguir algún abogado que pudiéramos pagar, entregando requisitos, trabajando para poder pagar las cuentas y a la vez cumplir la labor de ser padre y madre al mismo tiempo.
 
Sin cada uno de estos esfuerzos de mi familia no hubiera podido mantenerme en pie, sin eso y sin las palabras de mi adorada abuela (a quien le digo tía desde que tengo uso de razón y con la que viví la mayor parte de mi vida). No sé si se lo he dicho antes, pero sus palabras de amor en cada llamada me dieron el valor y la fuerza para salir adelante.
 
Simplemente ¡Gracias!
 
P.D.: Esta historia no acaba aquí
 
Como en todo “Cuento que no es cuento” existe una subtrama que le conté a la escritora de este relato, que bien pudo haberse convertido en la protagonista de esta historia. Sin embargo, ella acaba de decidir dejarla para un cuento adicional, porque al final este se trata de celebración y no de lamentos.
 
Mientras yo solo le pido a Dios no volver más nunca a colocar sobre mi cuerpo un overol gris

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Acerca del autor

Vanessa Elena Zambrano Moreno

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