Literatura

La Pasión No Hace Distinciones

La Pasión No Hace Distinciones - Literatura

Había caído la noche de nuevo, los días eran cada vez más cortos, la nieve cubría las calles y los tejados y daba a la aldea un aire fantasmal. El viento ululaba mientras las gentes, acurrucadas frente al hogar de la chimenea gozaban de ese calor que el invierno quería arrebatarles fuera.

Habían pasado solamente ocho meses, quizá más. Sin embargo tanto tiempo para ellos, que los dos enamorados no querían creer. Se vieron las caras por última vez cuando ella aceptó aquel maldito trabajo que la apartó de él.

– Temo que pueda olvidarte, me engaño haciéndome creer que eso no sería posible, sin embargo no estoy tan seguro.- le dijo la última vez que hablaron por teléfono el verano pasado.

– Jamás podré borrar de mi memoria tu voz, ni tu risa, ni tus ojos fieros que cualquiera podría temer, pero que yo aprendí a amar.- Le había dicho ella.

Había dejado de contar las lágrimas derramadas. Había dejado de llamarle a gritos, en silencio cada noche que pasaba sin él. Ya no susurraba su nombre abrazada por la tristeza de los recuerdos malditos que, tal vez nunca debieron ser.

Quería pensar, creer, necesitaba saber que a él le sucedía lo mismo, pero entonces recordaba que fue ella misma quien se arrancó el corazón del pecho al irse aquella tarde. ¿De verdad era tan importante ese trabajo? No, no lo era, claro. Tenía que alejarse de él, dejar de contaminarlo.

Han pasado muchas cosas desde entonces. El momento que había presentido hacía unos meses ya era un hecho, y la certeza de que nada era lo mismo la desgarraba por dentro.

– No sé qué ha pasado con ese chico dulce de ojos iluminados que tomaba chocolate caliente cada tarde fría, aquí, sentado a mi lado.

– No sé dónde está ahora, abuela, pero no lo quiero de vuelta.- ¿Sería eso verdad? Se preguntó nada más decirlo.

Él ya no sabía qué esperar de sí mismo. Se había ido alejando poco a poco de todo aquello que le definía y lo poco quedaba ahora estaba muriendo ahí, frente a las cálidas llamas. La gente sonreía al verle pasar delante de ellos, pero retrocedía ahora cuando lo hacía.

– Hace ya mucho que ninguna de mis sonrisas es verdadera.- Se dijo.

Se estaba haciendo a la idea de algo que forzosamente le obligaba a comprender. No le quedaba un gramo de empatía en el cuerpo y la soledad ya ni siquiera dolía. El agujero negro en su corazón se le estaba comiendo la vida.

– ¿Por qué te esfuerzas tanto en mostrar esas pequeñas señas de crueldad?. Le preguntó la abuela en un hilo de voz.

– Ellos quieren verlas y me engañaría a mí mismo si no lo hiciera. Me siento bien disfrutando del dolor ajeno.

Y así era, se sentía mejor siendo quien lo provoca. Le había empezado a atraer la idea de dar miedo y no se daba cuenta de cómo se aferraba a una figura que ya no existía; Dios. Encontrar a la princesa que habita entre toda esta mierda, fue lo mejor que le pasó, pero siempre temió perderla. Lo vio en sus ojos la primera vez.

– Seamos honestos, tú no eres el culpable. Ni ella tampoco. Quizás todo fue así desde un principio, sólo que nada había despertado al tigre dormido. Tal vez por eso no me disgusta ser yo quien te lo diga, a pesar del mal carácter, la crueldad, y todo eso que ahora detentas.

– Soy el peor de los monstruos. Ellos son predecibles, siempre listos para la matanza, salvajes, pero controlables. Crueles sí,pero no tanto. Y entonces aparecí yo, y cambié ese vocablo por mi nombre.

– Ya sé que no quieres oír de esto. Pero si no lo haces, nunca creerás que es lo hice. No sabrás que soy yo quien está detrás de tanta pena. Puedo ser cualquier cosa, como ese ser despiadado que se desliza ante tus ojos en este momento, mientras las gentes sencillas charlan ante una taza de café en esta tarde oscura y fría.

– La echas de menos. Tanto que mi alma lo percibe. Lo suficiente para que digas esas cosas.

.- Quiero armarla de nuevo, abuela, ojalá las cosas fueran diferentes, pero debo admitir lo que tengo, lo que soy, y siento miedo. No quiero que ella vea en lo que me he convertido. No, no quiero.

– Sé que sonreirás de nuevo, pero también sé que darás un paso atrás cuando vuelva tu vocación. Otros lo han hecho antes que tú.

Llegó la noche haciéndose notar. La nevada arreció. Nadie se atrevía a salir. Las luces de las casas asomaban detrás de las ventanas, tímidas, asustadizas. La ventisca traía aciagos presagios. La aldea era un lugar en el hondo de un abrupto valle, tan solitario, oscuro y maltratado como el mismo corazón enamorado de aquel amargado ser que compartía el calor del fuego reparador con su afligida abuela.

– Traté innumerables veces que esto no sucediera, pero simplemente estaba destinado a ser así.

– Entonces, ¿Qué te atormenta? Tal vez sepas quién eres ahora.

No había nada dulce o suave con que contestar a eso. En aquel último beso; cuando estaba lleno de dolor, deseo y desesperación, ella se lo dijo. Padre, del amargo conocimiento de que pudimos haber tenido algo perfecto en otras circunstancias, me rompo por el dolor de mi partida obligada. Aún así, no puedo dejar de amarte.

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Aicrag

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