Sociedad

La perfecta esposa

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La perfecta esposa - Sociedad

“La mujer ideal es una señorita en la mesa y una prostituta en la cama”, “ningún hombre quiere a una mujer que no sepa llevar su casa”, “debes ir arreglada hasta para bajar a comprar el pan”, “pareces un marimacho con esa ropa”, “ese es un trabajo para hombres”, “debes respetar a tu marido”, “se te va a pasar el arroz”, “debe ser ligerita de cascos porque cada día está con uno”, “es un gran seductor porque cada día está con una”… ¿Os parecen extremas estas expresiones? Pues yo, y millones de mujeres, crecimos con ellas. Y aún a día de hoy, se siguen utilizando. Pero eso no es lo peor; lo peor es que, se usen o no, se siguen pensando.

Antes de comenzar este artículo quiero definir mi postura. No soy feminista, tampoco machista. Soy una persona y mi género es femenino. No creo en la supremacía del hombre. Tampoco en la supremacía de la mujer. Creo en la igualdad. Y sé que al hablar tan abiertamente de lo que pienso recibiré críticas de unos y otros extremos, pero como mujer me siento obligada a hablar de esa supuesta igualdad que tan fácilmente busca el aplauso fácil hoy en día, y que nos venden a granel, pero que ni de lejos es tal.

España es y ha sido un país profundamente machista. Lo sé, lo he vivido, y he crecido con toda esa sarta de necedades que enumeraba al principio sobre la mujer y su puesto en la sociedad. Con esas y muchas otras, tanto o más dañinas. Costó trabajo que nos comenzásemos a incorporar al mundo laboral, de hecho, aún a día de hoy siguen existiendo trabas. Es una simple cuestión de poder. Una persona que trabaja es independiente, y quién es independiente no necesita a otro que le cuide y por lo tanto, no depende de él. Tiene el control de su vida. Pero esa independencia es un camino de doble dirección. No solo los hombres se han resistido a que nosotras nos independicemos. También nosotras les hemos puesto trabas a ellos, aunque sea de una manera inconsciente, buscando esa misma dependencia. ¿Estoy loca, o alguno de vosotros ha escuchado más de una vez frases como: “él no sabe ni freír un huevo“, “nadie te cocina como yo“, “¡ay, si yo no te cuidase, qué sería de ti!”? Sí, queridas féminas, lo siento. Siento decir algo que quizás no os guste en absoluto, pero nosotras también hemos entrado en ese juego de tratar de ser necesitadas a toda costa, de decirle al “macho” que sin nosotras no será capaz de gestionar un hogar, que no limpia igual, que no cocina igual, que no sabe ocuparse de sus hijos igual.

Obviamente no puedo generalizar. Hay muchas guerreras que hemos sido “protestonas” desde pequeñas, demostrando que las reglas del juego no estaban bien establecidas y que no íbamos a pasar por el aro. Y también hay muchas otras que han entendido mal lo que significa la igualdad, llevándolo al extremo del esperpento, dibujando al otro sexo como el enemigo a derrotar, y transformando un supuesto feminismo en un machismo encubierto. Sí, puedo oír algunas protestas desde aquí, pero dejad que me explique. Si ser feminista significa que no puedo llevar tacones porque es un estereotipo machista adjudicado a la mujer, estás coartando mi libertad por razón de mi sexo, tanto como el hombre que piensa que si no llevo tacones no soy atractiva o no visto como “debería vestirse una mujer“. Me incomoda tanto una cosa como la otra. La igualdad no es que nadie, ni mujer ni hombre, me diga lo que debo o no debo ponerme o a que grupo pertenezco por cómo me visto. La igualdad es que yo pueda elegir sin sentirme obligada ni a usar un tacón alto o a no usarlo y que no sea juzgada por ello, ni por hombres ni por mujeres.

No es necesaria, ni recomendable, la caza de brujas en la que el hombre se ha convertido en el enemigo a derrotar. Conozco a muchas mujeres que son más machistas que los propios hombres, porque la igualdad comienza en cada uno de nosotros, en valorar nuestras capacidades sin complejos, en no sentirnos ni inferiores ni superiores a otro por razón de sexo, porque el valor de una persona está marcado por muchas otras variables que nada tienen que ver con ser hombre o mujer. Y cuando digo sin complejos, me refiero a que somos diferentes, y no pasa nada. Siempre lo seremos; desde una diferencia anatómica obvia, a muchas otras diferencias demostradas científicamente, como por ejemplo la mayor capacidad de la mujer para reconocer gamas de colores, o para utilizar un hemisferio cerebral más que otro. Y por supuesto hablo desde una perspectiva general. Es evidente, que un pintor -hombre-, seguramente tendrá una percepción de las tonalidades muy superior a la media, tanto si lo comparamos con un grupo de personas de género femenino como masculino.

Lo que quiero decir que el problema no son esas diferencias que genéticamente existen, y que científicamente otorgan unas cualidades físicas y/o psicológicas diferentes para ambos sexos. Si no existiesen, no podríamos reproducirnos del modo en que lo hacemos y tendríamos que ir pensando en multiplicarnos asexualmente como las amebas.

El problema, por lo tanto, no son esas diferencias, sino el considerarlas como una lacra, algo a eliminar, ocultar, o exaltar. Somos diferentes. Debemos serlo. Es maravilloso que sea así. Por ello, la igualdad no debe entenderse jamás desde esa perspectiva, sino como una igualdad efectiva de derechos y libertades. De entender que todos somos, antes que mujeres y hombres, personas. Y entender que, independientemente de ser hombre o mujer, nacemos con una serie de capacidades innatas que nos facilitarán las cosas en uno u otro sentido, y que pueden ser adquiridas independientemente del género, porque dependen de la voluntad y el tesón de cada uno. Por ello, creo que no hay profesión, trabajo o actividad que pueda considerarse exclusivamente de un género u otro, aunque el camino a la perfección sea más largo dependiendo del punto de partida.

Aclaradas estas premisas creo que ya puedo desarrollar la idea principal de este artículo: la violencia de género. Ese era el motivo que me impulsó a escribir estas letras. Mi principal preocupación y sin duda la parte más controvertida. La Ley orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral Contra la Violencia de Género, marcó un punto importante en nuestro país en relación a esta lacra que es el maltrato en el ámbito doméstico. Como he comentado antes, veníamos de décadas de mujeres silenciadas, de violencia encubierta e incluso tolerada, un machismo que había resultado muy cómodo para algunos sectores y de un proceso muy complicado de incorporación de la mujer al mercado laboral. Era necesaria una Ley como esta que incluyese entre sus premisas, por poner un ejemplo, la asistencia gratuita de un abogado desde el primer momento que la mujer decidía ir a comisaría a denunciar.

Pero todos habréis escuchado el dicho que “hecha la ley, hecha la trampa“, y a día de hoy resulta ser un arma de doble filo. Por un lado, porque denunciar por violencia de género se ha convertido, en algunos casos (quiero creer que los menos), en un recurso para facilitar los procesos de separación y reclamación de pensión alimenticia. A causa de las denuncias falsas a modo de venganza o para obtener ciertos beneficios, se ha creado un nuevo movimiento en el que todo vale, y que a quien más perjudica no es solo a los hombres falsamente acusados, sino también a las verdaderas víctimas. Que las hay. Y son muchas. Demasiadas.

Y una gran mayoría sigue aún en silencio, con el temor a no ser creídas cuando cuenten su historia, y que no les queda más remedio que seguir siendo La Perfecta Esposa, como el título de este artículo. Una Perfecta Esposa, Novia, o Sumisa Compañera que escucha cosas como “feminazi“, “aprovechadas” o “feminista radical“, y una frase que se repite con frecuencia en su cabeza y que reza: “nadie te va a creer“.

Y esa Perfecta Esposa, Novia o Compañera, lo es solo de puertas hacia fuera. Porque de puertas para adentro está destrozada. Porque el Maltrato puede ser o no físico, pero siempre es psicológico. El maltrato conlleva una dominación, una superioridad física, mental o afectiva, que permite a la persona que maltrata tener controlada la situación. El maltrato juega con instintos tan primarios como el miedo, pero el miedo no solo a la persona que agrede, sino también miedo al abandono, al rechazo, al no ser capaz de subsistir por sus propios medios. Juega con la autoestima de la víctima, en la mayoría de casos eliminándola por completo, con el aislamiento, con la soledad, con la dependencia y con la sumisión.

Pero no solo existe la Perfecta Esposa, Novia o Compañera. También existe el Esposo Perfecto, Novio o Compañero. El que vive acosado por los celos de su pareja, por su carácter violento y controlador, por insultos constantes, el que vive amenazado con no volver a ver a sus hijos o recibir una nueva denuncia si no hace lo que ella desea, y el que ha pasado varia veces por el calabozo, tantas como su contraria ha querido.

Estoy totalmente a favor de la Ley 1/2004. Creo que era necesaria. Creo que debemos seguir creciendo y erradicar de una vez esa lacra. Pero también me posiciono a favor de erradicar el maltrato que proviene de la mujer hacia el hombre. Esa es, para mí, la verdadera igualdad, condenar la violencia en ambos sentidos. Denunciar a una persona inocente, intimidarla y amenazarla también es acoso y coacción. Y cuando esto se convierte en un comportamiento continuado, que dura años, puede producir unas secuelas psicológicas tan importantes como las que sufren muchas mujeres. Ellos también deben tener facilidades para denunciar. También deben ser protegidos. También deben de tener recursos para ser asistidos por asociaciones y recibir tratamiento psicológico gratuito, al igual que nosotras.

Por eso pido igualdad, pero igualdad real. Y lo mismo que no permito que ningún hombre me diga que hay trabajos, tareas o aficiones que solo ellos pueden realizar, tampoco permito que se de por hecho que la violencia física y psicológica pertenece solo a los hombres. ¿Qué es más probable, por el entorno socio cultural en el que nos movemos, y por otras variables, que sea más frecuente de ellos hacia nosotras? Es posible. De hecho, creo que así es. Al menos en la actualidad. Pero no es suya en exclusiva, y es mucho más frecuente en mujeres hacia hombres de lo que podemos imaginar. Y precisamente por ese condicionamiento social al que estamos sometidos, si es poco probable que una mujer maltratada denuncie, mucho menos lo es si el maltratado es un hombre.

Si queremos igualdad, si queremos una sociedad mejor, no podemos solo condenar la violencia de género enfocada únicamente a la mujer. No podemos dar por supuesto que el progenitor masculino es peor cuidador que el progenitor femenino, ni tampoco que el hombre es maltratador por ser hombre y la mujer es víctima por ser mujer.

Comprendo que era necesario. Como he dicho al principio, yo crecí en un ambiente profundamente machista que a día de hoy aún sigo respirando muchas veces. Y no lo soporto. No soporto que me infravaloren por ser mujer, que pretendan pagarme menos por el mismo trabajo que realiza un hombre, o que me suelten comentarios retrógrados. Por eso creo que el primer paso era crear esa brecha que claramente nos favoreciese para salir adelante. Pero una vez abierta y visto que han empezado a surgir nuevas víctimas (me refiero a los hombres denunciados falsamente o amenazados con esa posibilidad), creo que ha llegado el momento de emponderarnos, como valiosas mujeres que somos, y permitir que ellos tengan las mismas facilidades y ayudas para denunciar la violencia que tenemos nosotras. Y juntos, hombres y mujeres, luchar contra ese maltrato, que frecuentemente nace en el seno de la educación recibida. Luchar contra la violencia, sí, siempre, no solo la física sino también la psicológica, pero en ambos sentidos. Y buscar esa igualdad real, que debe basarse en unos valores básicos que parece que estamos perdiendo.

 

 

 

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Acerca del autor

Cristinace2018

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