Literatura

La Princesa Alas Sangros (Proyecto Ángel Exilium)

La Princesa Alas Sangros (Proyecto Ángel Exilium) - Literatura

La princesa Alas Sangros

A pesar de tratarse de un lugar oculto a casi treinta pasos bajo tierra, la guarida de los Alas Sangros del sur estaba muy bien iluminada, gracias a conductos con espejos instalados a la inclinación exacta para traer la luz desde la superficie.

Era una nave  que acogería cómodamente a quinientos cinans.  Tenía el techo plano y las paredes cóncavas, el modelo de estructura idóneo para resistir el peso de la tierra y los posibles temblores. Estaba dividido en doce habitaciones más un comedor común y cinco aseos, el resto era un área común en el que los Alas Sangros llevaban su vida de reclusos.

La entrada era una apertura en el techo, que antes de conectar con la superficie tenía tres  divisiones marcadas por compuertas de aluminio,; la última compuerta solo podía abrirse desde dentro. Esa era la tarea del Alas Sangros más viejo, esperar su muerte protegiendo la guarida, operando la puerta que solo él sabía manejar.

Tres toques provocaron un retumbe en toda la estancia, era el eco de un metal siendo golpeado. Se detuvo todo, se calló todo. Los guerreros sacaron las espadas de sus fundas, los niños y las mujeres se ocultaron en las habitaciones entre murmullos asustados.

Si alguien estaba husmeando había dado en el clavo, había encontrado la porción de suelo falso entre un matorral tan tupido que sería imposible atravesarlo sin valerse de alguna herramienta. El aluminio era un metal valioso, y una plancha trabajada sería interesante para cualquiera, incluso el más ingenuo de los mercenarios se detendría para buscar la forma de llevar esa plancha consigo, o marcaría el terreno para volver más tarde. De cualquier forma, la guarida se vería comprometida.

-Pero ¡Debería ser imposible encontrarla! Impregnamos los alrededores de la trampilla con la sustancia que usan en la ciudad para espantar a los monstruos, así no habría posibilidad de que nadie se acercara en busca de alguna criatura. Quitamos los árboles precisos para que no fuera un lugar idóneo para esconderse, pero aún fuera difícil acceder, así no sería utilizado como punto para emboscadas. Escondimos la trampilla bajo varios pasos de tierra y plantamos hierba. Si entran, si descubren que la plancha de aluminio es la tapa de un túnel, se acabó todo. No perdonarán ni a los niños…

Tres toques, una pausa, tres toques más, y un dulce canto descendió por el túnel.

Ira e diminetú e varé

Ira e nuja e tu e varé

Ora e sangro e cinan e te

Ora e Aibhill e niya e te

E nunca Aibhill, e nunca una ce

E semper ora e semper cadé

Tradución:

Soy el escudo de la ira de ellos

Soy la que arde por la ira de ellos

Tú eres el amor de sangros y cinan

Tú eres el amor que llega   y se despide

Qué nunca más ocurra la despedida.

Que siempre haya amor y siempre haya hogar

Los gritos de algarabía llenaron la estancia. ¡Era un Alas Sangros! Un nuevo integrante de la familia. Cambiaron el miedo a la muerte por la dicha de un nacimiento. Llegaba una nueva persona. En una lugar tan recluido conocer a alguien nuevo era motivo para celebración. Aun el guardián no había llegado hasta las palancas que solo él podía operar, las que abrirían las compuertas, y ya todos corrían de un lado a otro buscando arreglar la guarida lo mejor posible. Las mujeres  daban órdenes a los hombres mientras se maquillaban y arreglaban sus ropas, los cocineros sacrificarían la comida de dos días con tal de preparar un manjar para recibir a la invitada. Los guerreros, por otra parte, tenían un estricto protocolo a seguir.

La primera compuerta se abrió. Llevaba tanto tiempo en desuso que Aibhill tuvo que patearla porque se atascó a medio abrir. Cayeron al túnel la tierra y la hierba falsa. Aibhill entró y el guardián tuvo fe de ello al escuchar un sonido que no había escuchado en años, el eco cercano de alguien aterrizando sobre la segunda trampilla. La primera se cerró y dejó a Aibhill en total oscuridad, la tercera se abrió para que los guerreros saltaran hacia el túnel y se cerró tras de ellos. Esperarían al nuevo invitado en la última sección del túnel por cuestiones de seguridad. Aibhill cayó cuando el suelo a sus pies cedió, los guerreros la atraparon. Eran cuatro, dos se encargaron de recibirla, los otros dos tenían las armas desenfundadas y apuntaban a ella.

-¿De dónde eres?- preguntó uno con los ojos muy pequeños y una sonrisa que le quedaba grande a su rostro.

-Vengo de la guarida del Norte. Mi nombre es Aibhill, Marie era mi madre.

-¿Marie ha muerto?- preguntó el mismo hombre- Pero si era más joven que yo.

Todos en el túnel tragaron saliva.

-Es que viajamos mucho y hasta nos vimos obligadas a usar energía para formar parte de una caravana. Su cuerpo no pudo aguantarlo.

-Es una de las pocas Alas Sangros que ha visitado ambas guaridas. Es una pena que…

-Erno- protestó alguien- ¿Podemos seguir con esto en un lugar menos parecido a un horno?

-Lo siento. Aibhill, ¿Podrías darme tus armas?

Ella asintió sin dudar y le entregó ambas.

-Duales. Qué curioso, es un rasgo que compartimos los Alas Sangros. Dicen que es porque nuestras almas…

-¡Erno!- gritaron todos.

-Está bien, está bien. Yiano- gritó Erno- abre la tercera, todo está bien.

-¿Qué? Ese no es el protocolo. Maldito crio insolente. Bueno, al menos sé que es demasiado valiente como para ponernos en riesgo.

La tercera compuerta por fin se abrió y todos cayeron en la habitación principal.

Aquellos rostros llenos de satisfacción y alegría reconfortaron a la muchacha

-Había olvidado cómo se siente estar en casa.

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Acerca del autor

Javier

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