Literatura

La Pucelle



La Pucelle - Literatura

 

Juan, el príncipe se enamoró de una doncella, arrancó una flor que trepaba en la ventana, la cual dispersaba una sonora fragancia, y se dispuso a buscarla. Él esperaba que ella fuera la eterna sumisa doncella.

Él practicaba la extenuante emoción del enamorado de oficio, la escena típica del balcón de Julieta, lágrimas como obsequio por dejarle tomar su mano, buscaba como siempre las posadas comunes del eros. Pero esta doncella, una dama severa, que no se hallaba debidamente depilada, esperaba recostarse en un hombro rocoso.

La encontró en su ventana, mirando a la lejanía con la mano apoyada en su cara, y quitándose el sombrero la pretendió.  Pero el aristócrata caballero no llegó solo, llegó con sus amigos cortesanos, sirvientes con fuentes rebosantes de frutas, y lacayos. Las joyas resplandecían en su pecho dejando ciego a todo el que lo viera, la mano se hallaba enguantada de blanco, el caballo lleno de alhajas, su ropa olía a nuevo, y su cabello a jabones perfumados. No cabía duda que era rico hasta extremos inmorales.

– Princesa, vengo a pedir su mano a vuestros padres. – Dijo el príncipe.

  • Está todo escarchado, ¿por qué no pasa y se calienta un poco al lado de la fogata? – Le dijo la doncella desde la ventana de su cuarto.
  • ¡vuestros padres no lo consentirían! – Pronunció dramático
  • Puede pasar, aquí sólo estoy yo, y mis dos gatos.

El príncipe arqueó las cejas, entrando contrariado a la casa de la doncella, y sintiendo como le golpeaba un resplandor en la cara. Una entrada favorable para un príncipe enamorado.

En la estancia se respiraba una pobreza franciscana, la expansión de sus curvas le abría el apetito. Un estupendo gato de Angora estaba echado en la mesa y lo miraba inquisitivamente clavándolo en la pared, la forma de parpadear del gato era meditativa como la de un humano. Intentó acariciarlo pero el gato se erizó curvando la espalda, lanzando un colmillo contra el dedo envuelto en su elegante funda, la doncella le advirtió que Adelsa no estaba acostumbrada a los desconocidos.

– Mi querida doncella, veo que su piel está bronceada por el sol como un campo de trigo. –dijo el Príncipe en tono poético.

  • Siempre he sido morena señor príncipe
  • Opino que usted no nació para estos trabajos de servidumbre. Si se casa conmigo jamás volverá a levantar un dedo por el resto de su vida, le entregaré el reino del paraíso. – dijo hincándose de rodillas.
  • En el paraíso también habrá servidumbre, y no entiendo por qué el paraíso siempre está en otro lugar. De todas formas, yo pertenezco a la vida sencilla del esclavo.

El príncipe no supo que responder a esta salida inesperada de la dama – Mi futura señora decía dando un puñetazo en la mesa –. Veía en el delicado cuerpo de la joven el candor de las flores que despuntaban lozanas en sus tiernos botones, en sus labios dos pétalos desgajados de una jugosa flor.

Ella le trajo una taza de café, y el príncipe contempló su talle delgado, unos senos turgentes que se asomaban tímidamente por el vestido –.

  • Soy el primogénito del rey, heredero absoluto de todas las riquezas, y quiero que sea la reina amorosa que duerma a mi lado, me bendiga con la luz de un sucesor, y que se cumpla la voluntad del cielo. – y en esto se persignó haciendo la cruz de costumbre.
  • Príncipe, sin cursilerías monárquicas. – respondió sirviéndose té– ¿su falso prestigio es la única manera de que podamos relacionarnos?, y yo tengo de sangre azul, lo que usted tiene de poeta. – él observaba fascinado la ternura de sus labios soplando el humo de la taza mientras hablaba – Yo no tengo fama – concluyó la doncella.
  • La llevaré a vivir a las grandes metrópolis.
  • Yo prefiero quedarme aquí

Luego, con diligencia, trajo una vasija, y unos tenedores envueltos en una servilleta. Le sirvió sopa de una fuente de vidrio, aunque no se veía que contuviera nada. De todas formas  la doncella seguía sirviendo graciosamente. Él no pudo disimular más lo que saltaba a su vista.

  • ¡Pero si aquí no hay nada!
  • Ah, caramba. Pero usted, no reparará en esas pequeñeces. Disfrute su merienda.
  • ¡Pero si aquí no hay nada! – repitió señalando el plato, cada vez más exaltado –
  • Señor creo que usted está siendo muy descortés conmigo. Y recuerde que los médicos recomiendan una comida ligera en la noche, y tiene suerte de que todavía no anochece, por lo tanto la comida no le caerá muy pesada.
  • ¡Tú estás loca, loca! – decía agarrándose la cabeza.
  • Creo que es un juicio precipitado – dijo ella riéndose. Entonces el príncipe tomó el espaldar de la silla y lo agitó hacia el cuerpo de la joven, sacudiéndolo. La doncella quedó sorprendida, y al final dio una seca bofetada a las patas de la silla apartándolas de su vista.
  • ¡Príncipe! ¡Tiene que calmarse! – le dijo mirándolo a los ojos pero sin ningún puntilloso rastro de alteración en su albeado mentón. –
  • Perdóneme princesa, de pronto se me ha quitado el apetito. Tengo dolor de estómago. – bajó la silla frustrado de sí mismo, estaba todo empapado de sudor –
  • Si usted no tolera las bromas no podrá convivir conmigo.

El príncipe ignoró lo que había dicho, apuró su café y volvió a la carga. El seguía rogándole que se casara con él, insistiendo con terquedad, y ella seguía negando con la cabeza y afirmando que su única promesa podría ser un par de maletas.

  • ¿Qué es lo que más quieres? ¡que yo te lo daré, mujer! Reinos, oro, joyas, toda clase de riquezas, lo que tú me pidas te lo concedo.
  • Lo que yo quiero tú no me lo puedes obsequiar.– respondió sinceramente la doncella
  • Me estás gastando una broma, ¿quieres que me arrodille y te suplique? Mírame, mira como un príncipe de altísima estirpe implora. – entonces la doncella humildemente le habló, dijo algo delicado que él no esperaba escuchar.
  • Mi corazón está cubierto por una capa de hielo. Soy tan fría como el hielo, y mi corazón tiene un nudo.
  • Por lo menos tómese su tiempo para meditarlo por favor. – se agarraba de las rodillas y agachaba la cabeza.
  • Nunca he firmado en barbecho, ya que la promesa más ambigua sería ponerle mi firma a su esperanza. No puede casarse conmigo según las normas, porque estoy desflorada. – El príncipe se sintió traicionado y retrocedió.

El príncipe al oírla se puso las manos en la cabeza retrocediendo como si se apartara de algo que le provocaba un terrible dolor, le preguntó perturbado qué clase de mujerzuela era, de pronto agarró violentamente la muñeca de la doncella, pero el aire retumbó con un bramido como si la tierra se abriera en dos. La soltó como si en vez de su mano hubiese agarrado un tizón caliente, no podía hacerle daño.

¿Por qué sacó la cama de su cuarto, y hay tan pocas cosas en su casa? – preguntó el príncipe tratando de cambiar la conversación.

–Acumular objetos sólo me trae tristeza, la mayoría de mis cosas las regalé. No puedo vivir con cosas inútiles, que me quitan la luz y el aire. Mi espíritu necesita la nitidez del espacio. Ni tampoco quiero perder una pizca de luz que se derrama en mi ventana – respondió la princesa hablándole al príncipe en un tono más confidencial.

Aprovechando que ella estaba hablando en un tono más suave, él le volvió a preguntar si quería casarse, ella negó con la cabeza. A la doncella le hubiese gustado que le hablase en un tono menos imperioso. Sin darse cuenta la mano del príncipe estaba en su cintura, y los dos se miraron, por el rostro de la doncella rodó una lágrima. Cuando el hielo se acerca al fuego, se derrite.

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Acerca del autor

Amiya Bala Devi Dasi

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