Literatura

La Red Maldita – Desenlace

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La Red Maldita – Desenlace - Literatura

De repente, mientras veíamos como Dani miraba fijamente la pantalla con la mano puesta en la barbilla, meditando la respuesta que nos podía librar de ese monstruo, la puerta se abrió y, tanto Marina como yo, nos vimos empujadas hacia el exterior. Bien, más que empujadas, salimos de allí en volandas.

—Lo siento mucho, criaturitas… —Habló la tenebrosa voz—, pero llegados a este punto, esto es cosa de dos. —Me pregunté que cuando había sido de alguien más, aunque me abstuve de hacer comentario alguno, no fuera que saliéramos perjudicados.

La puerta se cerró, con un golpe seco, y nos miramos sin saber qué hacer. Nos sentíamos impotentes; yo, al menos, me hubiera gustado ayudar, ¿pero cómo? Mis pensamientos se vieron interrumpidos por el grito de Marina, un grito de auténtica película de terror. Me di la vuelta y pude ver qué era lo que motivaba el pavor de mi amiga y compañera: Elena. Allí estaba, en el suelo, en mitad del pasillo. Su cuerpo estaba rodeado de un gran charco de sangre y en su cabeza podía verse un gran corte en la frente. Me levanté corriendo, pero Marina me agarró fuertemente de la mano.

—¿Se puede saber adónde vas? —Me dijo con voz suplicante— ¡Ni se te ocurra dejarme sola!

—Está bien, acompáñame. Total, por ella ya nada podemos hacer. —Señalé a Elena—. Vamos a ver las otras oficinas, si se encuentran bien. ¿Preparada para lo que nos podamos encontrar?

—¿Y tú? —Me preguntó con aires de preocupación.

—Para estas cosas no se está nunca preparado.

Nos encaminamos al despacho contiguo y, lo que vimos allí nos dejó absolutamente heladas. Y no es para menos, nuestras compañeras estaban sentadas, con la mirada perdida, convertidas en frías estatuas de hielo. Desde luego, era dantesco. Salimos, y nos dirigimos a las oficinas de los jefes, las dos puertas estaban cerradas. Tocamos con los nudillos y les llamamos con insistencia, pero no respondía nadie. Recordé que en la oficina donde trabajaban Reyes y Nuri, las figuras de hielo, existía una copia de las llaves del despacho de los superiores y fuimos a buscarla. Mientras nos dirigíamos hacia allí, me pregunté cuánto tiempo había pasado, recordando que el maligno le había dado cinco minutos a Dani. Se dice que el tiempo es relativo, dependiendo del lugar dónde te encuentras. Pues os puedo asegurar una cosa: es verdad, porque tanto a Marina como a mí se nos estaba haciendo eterno.

Con la llave en mano, nos encaminamos a la oficina de los jefes. Nos miramos, en plan: ¿abres tú o abro yo? Claro está, que, ninguna de las dos se atrevía a dar el paso. Cualquiera, vamos, después de todo lo visto hasta el momento. Y, para colmo, no sabíamos nada de lo que estaba sucediendo tres puertas más a la derecha.

—Venga, abriré yo. —dijo, Marina, mientras con una mano ponía la llave en la cerradura y con la otra agarraba fuerte la mía hasta hacerme daño. —. Lo siento, ¿te he hecho daño?

—No te preocupes —respondí.

Narrar lo que nos encontramos al cruzar el umbral de la puerta es arto difícil, pero lo intentaré aunque sea una estampa de lo más: espeluznante, sangrienta, dantesca…y todos los sinónimos que podáis encontrar, pese a que os aseguro que la Real Academia no tiene suficientes. En la mesa de nuestros jefes vimos esparcidos fragmentos de sus dedos,  de los brazos, piernas…todo su cuerpo eran piezas de puzle. Lo único que estaba completo eran sus cabezas, situadas encima de una silla, en las cuales pudimos ver unos ojos impregnados de terror.

Salimos de allí como alma que lleva al diablo. Desde luego, el demonio virtual nos tenía dominadas en estos momentos y no podíamos hacer nada. Al parecer, solo había una persona que podía poner remedio a toda esta situación, y, por desgracia, no sabíamos nada de él. Bueno, pensé, más bien no empeorarla, porque pensando tanto en mis compañeras, como en mis superiores, ya nada podría salvarlos.

Llegamos caminando a la puerta de nuestra oficina, sin saber qué hacer, ¿y si me arriesgaba y llamaba a Dani a ver qué pasaba? Sí, ese capullo nos dijo que nos mantuviéramos bien calladas pero, ¡es que estábamos muertas de los nervios! Marina, viendo mis intenciones, me dijo que me abstuviera de hacer nada. Por desgracia, para bien o para mal, estábamos a su merced.

Tenía razón y, sin poder evitarlo, rompí a llorar con ganas. Lloré tanto que estoy segura que con mis lágrimas se habría terminado la sequía de al menos tres meses. Marina explotó también en llanto, nos abrazamos y nos sentamos en el suelo, en medio del pasillo. En cuestión de segundos se oyeron unos ruidos extraños, el suelo y las paredes comenzaron a temblar, y nos agarramos mucho más fuerte. ¿Es que no había suficiente que ahora también se añadía un terremoto?

Todo comenzó a girar, como si estuviéramos montadas en un tío vivo, para después, con una gran sacudida, volver a su estado normal.  Intuí que aquello podría significar que Dani había respondido al acertijo y que esas eran las consecuencias: no lo ha logrado, pensé. Y también pensé que, seguramente, había corrido la misma suerte que los demás: Dani estaba muerto,  por lo que a Marina y a mí no nos quedaba mucho tiempo.

Seguíamos abrazadas, temblorosas, y no oímos los pasos que se acercaban a nosotras. Así que, cuando una mano nos tocó en los hombros, pegamos un chillido que bien podía pasar a la posteridad del susto que nos llevamos. Pero, al ver de quién provenía, el susto se convirtió en… ¡Era él, era Dani! A Marina le faltó tiempo para lanzarse a sus brazos, y a mí también.

—¡No sabes la inmensa alegría que nos da verte! —Marina no paraba de tocarle, como si comprobara que estuviera entero—. ¿Estás bien? ¿Pero qué demonios ha pasado allí dentro? Bueno, aquí no quieras saberlo, Dani, es demasiado escabroso.

—Tranquilas, yo estoy bien. ¿No habréis, ni por un momento, desconfiando de mí, verdad?

—¡Por supuesto que no! —respondí—. Quién no era de fiar es ese ser nauseabundo. Y, por sus sangrientas acciones, a la vista está.

—Perdona, Estela, no te comprendo.

Cuando tanto Marina como yo íbamos a contarle a Dani lo que había pasado con nuestras compañeras, así como con nuestros superiores, oímos la voz de Elena que nos llamaba. Miramos a Dani fijamente, en busca de alguna explicación, pero solo obtuvimos una sonrisa como respuesta. Nos encaminamos al resto de oficinas, Reyes y Nuri estaban trabajando como siempre, absortas con sus expedientes y los jefes andaban atareados también en lo suyo. Allí, pese a haberlo visto y haberlo vivido, no había pasado nada.

Tres semanas después de lo sucedido, que ninguno de los tres contamos a nadie puesto que no queríamos nos tomaran por orates y nos encerraran tirando la llave a miles de metros de profundidad, fui a ver a Dani. Una cosa me rondaba la cabeza, y tenía que disipar mis dudas, satisfacer mi curiosidad: ¿cuál fue la respuesta al último acertijo?, ¿cómo había logrado salvarnos?

—Pues aunque parezca mentira, —Dani hablaba mientras sus dedos tecleaban a velocidad de crucero—, la respuesta al último acertijo era la más fácil de todas. Y eso que, para hacerme perder los nervios, me dijo que era el más complicado y que me daba más tiempo para resolverlo. Para que veas.

—¿Y qué respondiste? —Quise saber—. Seguro que la combinación de símbolos fue la más larga de todas.

—Te equivocas, Estela. —Levantó la vista y me miró—. Simplemente, me limité a reiniciar el ordenador.

FIN

 

 

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