Viajes y ocio

La Soledad Del Empire

La Soledad Del Empire - Viajes y ocio

LA SOLEDAD DEL EMPIRE
Desde niño estuve fascinado con la imagen solitaria e inconfundible del Empire State Building, y por extensión de todos los anónimos rascacielos de la ciudad de Nueva York. En esa España en blanco y negro que fue mi infancia se hacía necesario inventarme metas, crearme ilusiones, a partir de las fragmentarias e inconexas informaciones que me venían del exterior. Desde el principio el Empire se constituyó en algo así como en el paradigma vertical de mis mejores sueños infantiles, y, por extensión, de mi propia soledad de hijo único.

Por eso sentí una profunda emoción cuando lo vi por vez primera en Junio de 1994. Descubrí su silueta montado confortablemente en un helicóptero que hizo realidad lo que hasta entonces había sido un plano mental. Allí estaba, independiente y sobrio, detrás y a la derecha de las torres gemelas y un poco más adelantado que el Crysler Building, otro edificio magnífico que poco a poco fue ganando un sitio de privilegio en mi educación sentimental newyorkina. A pesar de este coqueteo y otros muchos, el Empire ha seguido siendo el edificio por antonomasia de las películas de amor, de King Kong, y de mis atardeceres en la isla de Manhattan.

En ese primer viaje subí hasta su terraza y me asomé a su mirador. Después han sido tres o cuatro veces más, incluyendo la vez frustrada en que al llegar arriba me precipité hacia los ascensores de bajada ante la estupefacción de los empleados del edificio y del pelotón habitual de turistas, preso de un extraño ataque de ansiedad que afortunadamente nunca más se ha repetido.

La visión de Nueva York desde su terraza es maravillosa al atardecer, solo comparable a la que la ciudad arroja desde Brooklin. Es la hora en que la noche todavía es una propuesta, pero el día está a punto de dimitir. Las luces eléctricas le empiezan a ganar la partida a la del sol, y todo lo preside una curiosa confusión entre naturaleza y tecnología que a mí siempre me deja sorprendido y silencioso. Desde allí todo es posible, la ciudad se relativiza humanizándose, y hasta la Estatua de la Libertad tiene un punto de credibilidad que pierde siempre con la cercanía y el trato más cercano. Porque de cerca la famosa y manipulada Estatua se parece demasiado a sus propias reproducciones horribles que se venden en todos los mercadillos ambulantes y que los turistas les llevan a sus vecinos para darles envidia. 

Desde arriba vemos como por la séptima los coches avanzan hacia Battery Park, y las luces rojas de sus pilotos posteriores nos ofrecen un guiño de despedida. La sexta, más cercana y a nuestros pies, nos ofrece el espectáculo inverso: los coches avanzan en dirección norte, hacia el muro de Central Park Shout, en donde terminarán estrellándose contra los coches de caballos que suelen tomar las parejas de novios venidos de todo el mundo para convencerse de su propia felicidad.

Por cierto, Central Park desde las alturas del Empire, a esas confusas horas del atardecer/anochecer, comienza a ser fiel a su propia leyenda. Los niños, las palomas y los deportistas aguerridos van dejando sitio al ejército de las sombras y, por extensión mental, a ese reparto shakespiriano de violadores, ladrones y asesinos que se supone que deben estar aletargados en alguna parte de la ciudad esperando que la luna recubra sus montículos y sus bancos de una patina blancuzca que es el verdadero esperma diabólico de Nueva York. Cualquiera se pasea ahora por donde hace solo media hora nos compramos un inofensivo helado, o una camiseta de colores en memoria del asesinato de John Lennon, al oeste de lo que vemos desde allí arriba.

Durante bastantes años, las torres gemelas le descargaron de turistas, y le arrebataron fama y popularidad. Como en Nueva York lo que la gente busca es altura y fotos que llevarse a casa, las torres fueron las vedettes indiscutibles durante unas décadas. El Empire, más sabio, más viejo, más indestructible y más solitario, parecía cederles encantado ese protagonismo hortera que Bin Laden decidió, sin embargo, fracturar para siempre. Ahora el Empire vuelve a ser el segundo edificio más alto de la ciudad, después de la construcción del edificio que las representa, y parece ser que el octavo más alto del planeta, en esa especie de concurso de records al que él nunca le hubiera gustado presentarse, porque tengo la impresión de que está imbuido de una soledad sincera y voluntaria, cultivada día a día desde hace siete décadas y media, en la que su alma de piedra y cristal se siente como verdadero pez en el agua.

¿Te ha gustado el artículo? ¡Valóralo!

5.00 - 4 votos
Cuanto más alta sea la valoración más visible será el artículo en portada.
¡Compártelo en las redes sociales!

Acerca del autor

LUCRECIO

1 comentario

Deja un comentario

Únete a la comunidad de NoCreasNada

¿Te gustaría compartir tus inquietudes y ganar seguidores por todo el mundo?

¿Eres una persona inquieta y quieres descubrir a más gente como tú? 

Únete a NoCreasNada.

Además, te pagaremos por las visitas que recibas.

Más Información