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La sorprendente historia de un Cura cubano.

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La sorprendente historia de un Cura cubano. - Sociedad

En la Iglesia Católica latina el celibato ha sido un elemento imprescindible para acceder a orden sacerdotal, a excepción del diaconado permanente cuando el aspirante está bajo el compromiso matrimonial.  Conforme prescribe el Código de Derecho Canónico, en el canon  277 § 1. “Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato” y en el canon 1037: “El candidato al diaconado permanente que no esté casado, y el candidato al presbiterado, no deben ser admitidos al diaconado antes de que hayan asumido públicamente, ante Dios y ante la Iglesia, la obligación del celibato según la ceremonia prescrita, o hayan emitido votos perpetuos en un instituto religioso.”

El sacerdoteJulio Antonio Perozo García abrió los ojos al mundo el 20 de abril de 1945 en el entonces floreciente poblado de Nuevitas que otrora se había llamado Villa de San Fernando, en el año en que moría Adolfo Hitler, concluyó la Segunda Guerra Mundial y fueron creadas las Naciones Unidas.Sus primeros estudios los realizó en varias escuelas privadas y en quinto grado pasó a una escuela pública.Terminó graduándose de Técnico Medio en Mecánica Industrial.Aunque por muy corto tiempo, formó parte de la juventud católica y de los Boy Scouts, que le ayudaron en su formación como cristiano y hombre de bien. Procede de una familia de tradición católica aunque solo su mamá vivía una fe práctica y trabajaba en la iglesia como cocinera.

 

Cuando aún estudiaba el tercer año de bachillerato fue encontrado por la mirada amorosa de Melba Panisello San Pedro, quien compartía el mismo colegio.  Reconoce Julio Perozo: “me había enamorado de la criatura más bella que Dios había hecho, y lo mejor de todo, era correspondido.”Por respecto a sus padres iniciaron un noviazgoen secreto, que coadyuvó a la petición de manos y a la formalización de la relación. Por esas fechas fue convocado a cumplir el servicio militar obligatorio en el antiguo Seminario El Buen Pastorde la Habana, que significó un acercamiento hacia las cosas de la Iglesia y duró tres años.

 

La separación hizo que el amor entre ambos fuera madurando, y cada vez sus sueños se fueron imbricando hasta hacerse inseparables. Al regreso, comenzó a trabajar como mecánico industrial, oficio que desempeñó por 39 años en la Fábrica de Alambres con Púas y Electrodos, destacándose en la reparación de piezas que aún se siguen usando.

 

Después de un tradicional noviazgo, se casaron en octubre de 1968. Ambos jóvenes tenían una excelente amistad con el fallecido Obispo Mons. Adolfo Rodríguez, quien les pidió que ocuparan la Capilla de Tarafa para que no fuera intervenida por el Estado. Cuando llegaron los funcionarios para hacer el censo y encontraron a una familia con niños pequeños, no pudieron clausurar el local.Vivieron allí por 18 años y como resultado de esta unión, nos dice Julio: “nacieron mis 4 hijos y se abrió la capilla al servicio de la comunidad y como centro de convivencia de los jóvenes.”Al hablar de su prole recuerda: “Las travesuras de los muchachos eran constantes, fundamentalmente los varones, que se iban a pescar y no sabía dónde estaban. Decía que los iba matar y cuando los veía venir me desplomaba de alivio al verlos sanos. Con el noviazgo de las dos hembras fue un trauma, porque eran otros tiempos y costumbres diferentes, que no se acaban de comprender.”

 

Cuando todo se normalizó regresaron a la ciudad y continuaron colaborando muy de cerca en la parroquia, asumiendo diferentes responsabilidades.Cuando en la Diócesis fue instituido el diaconado permanente Mons. Adolfo invita a Julio para que se incorpore, pero se negó, porque no se sentía preparado. Sin embargo, habiéndolo meditado y con el apoyo de los amigos se decidió tiempo después. Recuerda que para ese entonces el obispo era Mons. Juan de la Caridad García Rodríguez, y que su esposa estaba incluso más ilusionada que él.

 

A los cuatro meses de nacido, a su nieto Julio Rafael se le diagnosticó el Síndrome de West y esto coincidió con que a Melba le fue detectado un carcinoma cerebral, muriendo el 14 de septiembre de 2006. “Esos dos dolores me marcaron. Mi esposa me hizo ser bueno, porque era una católica abnegada y admirable.” Actualmente tiene diez nietos porque Julio Rafael murió recientemente en los Estados Unidos cuando estaba próximo a los 12 años.

 

Disuelto el vínculo matrimonial, decidió continuar con su formación y fue ordenado como diácono célibe el 8 de febrero de 2008. Sobre ese momento tan importante en su vida apunta que: “Estaba muy emocionando, meditando lo que estaba sucediendo e invocando a los santos para que me ayudasen. La ordenación diaconal fue estremecedora, había sido muy reciente el fallecimiento de mi esposa.” Fue designado a la parroquia de Nuevitas, y luego a los poblados de Gurugú, Lugareño, Paradero, Tarafa, Platanal, San Miguel y Camalote. Prontamente pudo percibir como a las comunidades alejadas difícilmente llegaba un sacerdote, la necesidad que tenían los fieles de los sacramentos, y especialmente de la Eucaristía.Sus amigos y el propio obispo lo motivaron a que “enderezara la estola”, pero no se atrevía a dar ese paso. Después de rezar largamente, se dirigió al Ordinario y le expuso su solicitud formal para ser ordenado presbítero.

El 25 de marzo de 2011 en la homilía de Ordenación Sacerdotal, el actual Arzobispo de la Habana, Mons. Juan García Rodríguez, le dijo: “No temas, querido hijo ante la grandeza que te viene encima y la extraordinaria misión a cumplir. Ahora tendrás con el sacerdocio una mayor vitalidad y concebirás innumerables hijos espirituales.” Sobre ese momento apunta que: “la sensación de estar tendido en el suelo y levantarse en la consagración es la culminación de un proceso para el que uno se ha preparado y poder decir “ya soy”, pero con un sentido espiritual. Es una responsabilidad ante Dios y los hombres. Y eso lo tuve que hacer dos veces.”

 

El P. Raúl Evaristo Fernández Valledor que con 80 años es el mayor de los curas camagüeyanos, recuerda que fue párroco de Nuevitas justo cuando Julio y Melba vivían en la pequeña Iglesia de Tarafa. Indagando en la memoria nos dice: “Resulta interesante que a su ordenación sacerdotal asistieron sus hijos y nietos. Y uno de ellos me dijo, que si a su abuelo lo habían hecho cura ahora podía ser obispo. La hija mayor era muy buena y en una ocasión le recomendé que se hiciera monja y me respondió que quería un matrimonio como el de sus padres. El que hoy sea sacerdote es algo maravillo para la Iglesia.”

 

Después de pasar el huracán Irma, y a sus 72 años ha sido nombrado párroco de Nuevitas, para lo cual no se siente preparado, pero cuenta con la experiencia de la vida, la ayuda de su comunidad y del vicario. Por delante tiene varios retos porque “nada es fácil en la Iglesia”. El trabajo con los jóvenes, la preparación de catequistas y misioneros, la formación moral y humana de los fieles, están entre las acciones concretas a realizar, porque se enfrenta a “un pueblo que está muy herido, por una ausencia de influencia religiosa, tenemos que aprovechar los pocos espacios que tenemos para enseñar y evangelizar.”

 

Sin descuidar sus deberes como sacerdote, el P. Julio tiene en el patio de su casa un taller de mecánica, ama la naturaleza, le gustan las plantas y tiene una colección de cactus. Ve poca televisión porque prefiere leer, en las mañanas desde su portal admira la bahía y abraza su “pedazo de mar”. Pertenece a la peña literaria “Manuel Maure Parri” y en 2015 publicó tres de sus poemas, en la antología Vientos del Sur.

 

Mons. Juan Gabriel Díaz Ruiz, recientemente consagrado Obispo de Ciego de Ávila, fue su Director Espiritual y nos dice que: “es un hombre muy valioso y desde joven ha estado muy comprometido con su comunidad, junto a su esposa e hijos. Como diácono y sacerdote ha sido admirable; con su edad está al pie del cañón. Siente y defiende a la Iglesia. Se ha mantenido firme en los momentos buenos y malos. Está a prueba de todo. Demoró en decidirse para recibir el orden sacerdotal, pero a la luz de un proceso de discernimiento, descubrió su segunda vocación.”

 

El P. Julio Perozo García nunca se imaginó que sería sacerdote, hoy su vida es fruto de bendición para la Iglesia cubana que se regocija en tener un Padre tan fecundo.

 

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yasmanycuba

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