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La Trilogía Distópica II: Fahrenheit 451 de Ray Bradbury

La Trilogía Distópica II: Fahrenheit 451 de Ray Bradbury - Literatura

LA TRILOGÍA DISTÓPICA II: FAHRENHEIT 451 DE RAY BRADBURY

Si tenemos que definir a cada obra y su respectivo autor con un adjetivo, sin duda 1984 de George Orwell sería “política“, Un mundo feliz de Aldous Huxley sería “social” y por su parte, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury sería “poética“. Por algo llamaban a Ray Bradbury “el poeta de la ciencia ficción“.

Orwell era un excelente entendedor de la naturaleza política, hasta tal punto que logro hacer algunas predicciones en 1984, como comenté en mi anterior artículo. En Un mundo feliz, Huxley se muestra un tanto desinteresado de las razones políticas que causaron la dictadura que tiene sumida al mundo, sino que manifiesta un mayor gusto por el análisis social y antropológico en su obra y por la reacción de sus personajes.
“…¡Oh, Dios! ¡La terrible tiranía de la mayoría! Todos tenemos nuestras arpas para tocar. Y, ahora, deberá decidir usted con qué oído quiere escuchar…”
Ray Bradbury además de escritor, era un excelente poeta, por lo que donde más brillará su obra será en los momentos en los que un personaje tenga que expresar sus sentimientos o las hermosas descripciones hechas mediante metáforas y símiles. El destino final del protagonista, Guy Montag, estará cargado de romanticismo. No obstante, hay que dejar claro que por muchos tintes poéticos que tenga su obra, siempre se mantiene dentro del marco del realismo, y nunca se deja llevar por lo abstracto o lo evasivo. Guy Montag demuestra siempre una actitud inconformista con el mundo en el que vive, y la sostiene hasta el final. Comprende que los valores sobre lo que es correcto son ciertos independientemente de que todo el mundo crea lo contrario. Bradbury transmite su opinión sobre la importancia de la literatura a través de Guy Montag como hizo con muchos de los personajes de sus otras novelas. Otro detalle interesante es que gran parte de la información que nos ofrece el libro sobre su contexto social y político se haya en los diálogos de los personajes y en los rumores y suposiciones que estos hacen.

Un detalle que no es ningún secreto para la mayoría de lectores de Bradbury es que el título Fahrenheit 451 hace referencia a la temperatura en la escala Fahrenheit a la que arde el papel, y la razón por la que decidió llamar así a su novela no es baladí. Al parecer, la quema de libros junto con la prohibición de la literatura son algunos de los temas que más interesan a Bradbury. En Fahrenheit 451 rescataría estos dos temas que ya había usado anteriormente en Crónicas Marcianas, más concretamente en el relato de Usher II.

He aquí un fragmento de la primera página de la novela:
“Era estupendo quemar. Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos, cómo cambiaban. Con la boca de latón en sus puños, con aquella gigantesca pitón escupiendo su queroseno venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director orquestando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los jirones y las ruinas tiznadas de la historia. Con su simbólico casco, en el que aparecía grabado el número 451, firme sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Le apetecía mucho acercar un malvavisco a la hoguera, como en el antiguo juego, mientras los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y en el jardín de la casa; mientras los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y los aventaba el aire ennegrecido del incendio…”


En este mundo distópico los bomberos ya no se dedican a apagar incendios, sino a provocarlos por orden del gobierno. Tienen como cometido hacer redadas para encontrar casas en las que sus dueños escondan libros ilegalmente, para quemarlos con edificio incluido. Los bomberos cuentan con unas horrorosas máquinas llamadas “sabuesos mecánicos” que complementan la labor de detección de libros de los bomberos. Es en el departamento de bomberos el lugar en el que trabaja Guy Montag.
“…-Es un buen trabajo. El lunes quema a Millay, el miércoles a Whitman, el viernes a Faulkner, conviértelos en cenizas y luego quema las cenizas. Este es nuestro lema oficial.

Siguieron caminando y la muchacha preguntó:

-¿Es verdad que hace mucho tiempo los bomberos apagaban incendios en vez de provocarlos?

-No. Las casas han sido siempre ignífugas. Puedes creerme…”

La razón de la prohibición de libros por parte de ese gobierno fascista es evidente. Toda persona que tiene acceso al conocimiento ( en este caso los libros) es susceptible de empezar a reflexionar y una persona capaz de pensar es peligrosa para un Estado que usa la ignorancia como arma principal, la cual se filtra en la radio, la prensa y la televisión, controladas por el Gobierno a través de la desinformación y la manipulación mediática, todo ello sin los menores escrúpulos. Lo cual hace que todo el mundo tenga el mismo punto de vista, el que el Estado quiere que tengan. Al ciudadano medio se le bombardea diariamente con propaganda y anuncios constantes en los que llega a aparecer Jesucristo anunciando caramelos de menta.
“…A veces, me deslizo a hurtadillas y escucho en el metro. O en las cafeterías. Y, ¿sabe qué?

-¿Qué?

-La gente no habla de nada.

-¡Oh, de algo hablarán!

-No, de nada. Nombran una serie de automóviles, hablan de ropa o de piscinas y dicen que es estupendo. Pero todos comentan lo mismo y nadie tiene una idea original…”
Las escuelas también parecen estar manipuladas ya que no se les permite a los alumnos hacer preguntas y se les adoctrina u obliga a asimilar los valores impuestos por el Gobierno.
“…Pero, ¿sabe?, nunca hacemos preguntas o, por lo menos, la mayoría no las hace; se limitan a darte las respuestas una tras otra, ¡zas!, ¡zas!, y nosotros sentados allí durante cuatro horas más de clase aguantando al teleprofe…”
Lo considerado como normal para la mayoría de la gente es quedarse en sus casas viendo la “televisión mural”. Mientras, una persona que trata de dar un simple paseo a pie por la calle o hacer una excursión en coche es considerada como sospechosa y peligrosa pues todos los coches tienen que ir por ley a la suficiente velocidad como para que peligre la integridad física de sus conductores.
“…Una vez mi tío condujo lentamente por una carretera. Condujo a sesenta y cinco kilómetros por hora y lo encarcelaron durante dos días. ¿No es gracioso, y triste a la vez?

-Piensas demasiado -Dijo Montag, incómodo.

-Casi nunca presto atención a la televisión mural, ni voy a las carreras o a los parques de atracciones. Así pues dispongo de muchísimo tiempo para dedicarlo a mis absurdos pensamientos, supongo. ¿Ha visto los carteles de sesenta metros de largo que hay fuera de la ciudad. ¿Sabía que había una época en la que los carteles solo tenían seis metros de largo? Pero los automóviles empezaron a correr tanto que hubo que alargar las vallas publicitarias, para que pudieran verse…”

“…Cuando llegaron a la casa de ella, todas las luces estaban encendidas.

-¿Qué sucede?

Montag raras veces había visto tantas luces encendidas en una casa.

-¡Oh! ¡Son mis padres y mi tío que están sentados, charlando! Es como pasear a pie, aunque más extraño aún. A mi tío lo detuvieron una vez por ir caminando. ¿Se lo había contado ya?¡Oh! Somos una familia muy rara…”
En la novela también se nos cuenta que todos los niños son criados apartados de sus padres la mayor parte del tiempo y las pocas veces en las que estos pueden ver a sus progenitores, los mismos utilizan a la televisión como si fuera una niñera para despojarse de ellos. Lo que deja entrever que la responsabilidad de los padres para con sus hijos es nula.
“…-Tengo a los niños en la escuela nueve días de cada diez. Estoy con ellos cuando vuelven a casa, tres días al mes. No es del todo insoportable. Los pongo en el salón y conecto el televisor. Es como lavar ropa; meto la colada en la máquina y cierro la portezuela. -La señora Bowles rió entre dientes. -Son tan capaces de besarme como de pegarme una patada. ¡Gracias a Dios, yo también sé pegarlas!

Las mujeres rieron sonoramente…”
La carencia de apego de las madres hacia sus hijos desemboca en el individualismo. Esa carencia de contacto entre la gente que ya comienzan a adquirir las personas desde la infancia se traduce en la posterior ausencia de empatía con el resto de las personas. Cada vez hay menos límites; cada vez hay más psicópatas; cada vez la vida propia y de los demás tiene menos significado. Dicho de otra forma, la importancia de la vida humana se devalúa y la gente se vuelve violenta.

La frecuente muerte de jóvenes y adolescentes tampoco es un hecho extraño pues lo más corriente es que se dediquen a agredirse entre ellos y a conducir vehículos de manera temeraria.
“…-A veces me siento como una anciana. Temo a los jóvenes de mi edad. Se matan entre ellos. ¿Siempre ha sido así? Mi tío dice que no. Solo en el último año seis de mis compañeros han muerto por armas de fuego. Otros diez han muerto en accidente de automóvil. Les temo, y ellos no me quieren por este motivo. Mi tío dice que su abuelo aún recordaba un tiempo en el que los niños no se mataban entre sí. Pero de eso hace mucho, cuando todo era distinto. Mi tío dice que creían en la responsabilidad…”
Mucha información sobre el contexto no es fiable, sino que se basa en los rumores que algunos personajes cuentan en la novela. En momento de la historia, una mujer habla sobre que el país en el que vive (esta EEUU fascista) tiene subyugada al resto del mundo, sobreexplotándolo mientras que los habitantes de EEUU estaban sobrealimentados.

En otra ocasión, unos señores aparecen para lavar el estómago de una mujer envenenada y comentan que este tipo de “incidentes” sucede constantemente, lo cual da a entender que en esta sociedad los suicidios son algo bastante habitual.

Todo el ambiente está anegado por el belicismo: los aviones bombarderos que con frecuencia aparecen surcando los cielos , las menciones a la interminable guerra la cual dota de más poder y autoridad al Estado, etc.

Finalmente, obviando la simple intención de contar una historia de ficción, esta novela puede traducirse como una reivindicación por parte de Ray Bradbury sobre la importancia de la cultura y la literatura, así como una posible advertencia hacia el futuro.

Si tienes intención de leer esta obra, estás en un buen momento ahora que se ha anunciado una nueva serie de HBO inspirada en esta novela.

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Acerca del autor

Mario Estévez Geijo

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