Literatura

La Última Dósis

La Última Dósis - Literatura

Aspecto trasnochado, notorio dolor infantil. Era un triste realismo. Sus ojos narcóticos y su altura de humo. Así era Rosseli.

Ella tenía de compañía siempre un ave que reposaba cerca de ella, cuando se dormían las hojas de invierno. Era su terapia. La consolación del vaivén de algún pacto secreto.

Era una tortura para él, pensar en la promesa hecha. Era su fe puesta en riesgo. Era la cascada de una vehemencia dulce.

Rosseli tomaba con sus manos narcóticas sus libros y se ponía a leer.

Todas las noches eran largas. Sentada en un árbol caído. Sonriendo a la naturaleza. Noches donde el ave bajaba a platicar con ella. Sin embargo todos sabemos que los pájaros no hablan, pero ella lo oía, lo oía bien, como quien coloquia con su madre o amigo.

Nadie sabe lo que el ave le decía, ni el por qué ella escuchaba cosas.

Rosseli solo cantaba la misma canción.

Después de unos días, unos señores conversan a lo lejos.

-¿Quién es esa señorita?

-Es la paciente que ingresó hace poco. No deja de hablar con el aire. Quizá piensa que está en otra parte.

-Pues vaya que realmente es un pena.

-Mira, allí abajo.

-¿Dónde?

-Abajo de la cama hay unas hojas.

-Sí, lo veo, pero yo solo veo una hoja, creo podría ser una carta.

-Voy a entrar para saber de qué se trata.

-Discupe señor, pero no cree que es muy atrevido pensar entrar así sin más, no sabe qué puede hacer, ni cómo puede reaccionar.

-Descuide, yo soy el encargado de vigilarla todas las noches.

Entra el vigilante haciendo el ruido menos posible. Rosseli parece no percatarse de la presencia de éste. Él sin titubear sacó la hoja y salió cerrando la puerta detrás de él y mirándole a los ojos del otro le dijo -Mire, aquí está el papel, ahora mismo lo voy a leer-.

 Querida Rosseli

No puedo concentrarme. Tuve que forcejear conmigo mismo ayer en la noche para poder escribirte. La luz aciaga de la luna se presentó como ninguna otra vez.

Tengo que confesarte que por mi mala cabeza, te encerré los primeros años de tu infancia en el último cuarto que había en nuestra casa. Estabas lejana de todo contacto social. Posteriormente, me di cuenta que estabas mal de la cabeza. Hoy me dijeron que fui sentenciado a muerte. Mi alma no puede con los aspavientos que se generan por el dolor que tengo. Me sentenciaron a muerte, pero eso no me pone triste. Mi tortura es saber que no volverás a ser la misma, y que estaba en mis manos cambiar tu vida. 

Rosseli, hija mía, perdóname. Espero que recuerdes los días que jugábamos con un pajarito de juguete en ese cuarto vacío. Yo te veía sonreír y espero que hoy en día, sigas sonriendo. 

Si te preguntas el por qué cambié mi forma de pensar, es porque vino un padre a conversar conmigo ayer en la noche. Yo estaba recio a cualquier palabra, sin dolor,  fuerte y sin remordimiento alguno. Pero me hizo llorar cuando comenzó a hablar de la capacidad del perdón y cosas que tienen que ver con mi alma. Él no me rechazó. Me hizo evidente que soy capaz de amar.

Espero que me perdones algún día.

Te ama infinitamente tu padre.

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Geraldinsky

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