Literatura

LABERINTO



LABERINTO - Literatura

 

“Inesperadamente incrédula descifro el vacío, mientras delicadas gotas templadas golpean mis párpados cetrinos”.

El estribillo de la canción que un día escribiste para mi resuena una y otra vez en mi atormentada cabeza. La oigo con tanta intensidad que creo que el hilo musical que llega a la parte del jardín en el que permanezco la mayor parte del tiempo, ha decidido reproducir nuestra canción en vez de las estúpidas letras que suelen sonar cada día.
Los recuerdos acunan mi alma y la reparan en parte. Ojos cerrados, cuerpo abandonado, el semblante relajado y los rayos afables del sol acompañando el tiritar de mi débil corazón.
Me resulta tan fácil evocar la sensación de quietud y estremecerme con la misma intensidad, que a menudo creo en la posibilidad de haberla inventado y que nunca pasee por vidas anónimas y a menudo inverosímiles, que jamás permanecí sentada día tras día en el mismo banco, con la cabeza erguida, intentando asirme con fuerza al bienestar que la brisa del mar, la cálida mano de Febo y el silencio me brindaba en esos momentos en los que todo solía estar bien.
Silencio, cuánto anhelo tu presencia en esta cabeza mía que hoy está devastada por millones de bombas sin sentido que explotan a cada segundo.
Pero la guerra llega a su fin y me observo, en este instante impreciso, con la sonrisa enajenada y la calma de quien ya no huye, rebuscando entre cristales, sintiendo la dulce certeza de que me acecha el fin exquisitamente sombrío y ya inexorable que tanto he esperado.

El aséptico sonido del timbre anuncia el momento de volver al cuarto y me complace la idea de cobijarme entre estas paredes que hasta hace poco he repudiado con toda mi alma.
A pesar del desasosiego, la confusión y la ira que este lugar y sus adeptos me provocaba, he de admitir que disfruté de los largos recorridos por la maraña de mi inconsciente, por el caos de mis pensamientos y la intranquilidad de todos los que intentaban indagar en ellos.
Cierto es que me resultaba más gratificante sostener la ínfima ilusión de controlar esas indagaciones que me arrojaban a caminos enraizados, a menudo inescrutables.
¡Dichosas indagaciones! me provocaban tales náuseas que, con la vista emborronaba y la boca áspera, me colmaban de sensaciones prácticamente olvidadas en los recónditos recovecos de mi castigado inconsciente.
Sin duda resulta mucho más íntimo desnudar tu insania ante ti misma y no tener que compartir el grito descarnado, del que mi voz quebrada se ha despojado, escupiendo en este lugar mis enredados vaivenes ante la mirada gris que me escrudiña con tanta dilección que, por resultar tan profesional como ingenua, me ha provocado una lástima infinita.
¿Cómo la doctora va a sortear mi laberinto si ni tan siquiera sabe de la existencia del suyo propio?
Ya ha oscurecido en el cuarto y la sombra enjuta que proyecta el esqueleto que alguna vez fue mi cuerpo me hace pensar en la última vez que vi mi reflejo en un espejo; las ojeras amoratadas acompañaban la mueca serena y espectral, la misma imagen que intuyo tener en este mismo instante.
Mi lamparita se enciende a la vez que lo hacen todas las demás, en cada una de las habitaciones, incluso en las vacías, a las siete en punto, día tras día…
En media hora traerán la deleznable comida que hace días que no tomo.
Es la hora.
Es la hora pero gozo de tal quietud en este instante en el que los recuerdos más lúcidos e inocuos me arrullan… y posponerlo unos minutos más es tan incitante y arriesgado…
Nada importa ya y aún queda algo de tiempo, así que dejo pasar los segundos hasta el ayer y regreso a los paseos matutinos en los que la soledad se disfraza de aliada y puedo observar uno a uno los transeúntes más madrugadores, imagino sus pensamientos, sus vidas, todas las historias escondidas tras cada mirada, tras cada ventana para así incluirme en las historias más apetecibles y saborear cada dulce instante en el que otro yo gobierna mis pasos y nada se asemeja a lo que soy o conozco, ¡qué sedante emoción la de no ser yo misma y poder dejarme llevar por las vidas de otros!
Escapar.
Ascender temerariamente hacia el sol y finalmente caer. Sin más. Caer para siempre.
Cierro los ojos y rebusco dentro de mi el modo de provocar al laberinto y lo consigo.
Las paredes se desdibujan hasta desaparecer y mientras deambulo por los pasillos de la sinrazón, creo repetir una y otra vez, cansada y ausente… “pasadizos y habitaciones intrincadas ideadas para confundir a quien entre e impedir que encuentre la salida”.
Siento las miradas que inspeccionan cada uno de mis poros, con sus rictus crispados acompañando mi lento recorrido hacia la ansiada locura.
Anhelante espero que la espada de Damocles que pende sombre mi cabeza termine por sucumbir a la gravedad.
Contengo la respiración y buceo hacia el centro de mi ser en busca de reminiscencias longevas.
Para cuando mi pecho vuelve a recobrar el movimiento rítmico y profundo, siento el dolor, tan agudo como familiar, que amenaza con partirme en dos y me vuelvo corazón y el vacío que ocupa el pesar crece por momentos, cual nada interminable y me arrastra a la desesperación y devora las entrañas exhaustas de regenerarse y me empuja al precipicio.
La sensación de caminar sobre el abismo y no saber en qué momento caerás me domina por dentro y se materializa en torrentes húmedos de lágrimas que me acompañan en la insidia.
Me abrazo al caos para observar una vez más el laberinto que, obcecado, se niega a devenir en aliado y palpitante abro los ojos.

Mi historia impresa dice que soy víctima de ansiedades, de diversas fobias, de trastornos paranoides, histerias, psicosis, hipocondría, manías exaltadas, agudas perturbaciones del pensamiento y cuantos desequilibrios mentales pueda contener un buen manual, incluso puedo jactarme de algún que otro acceso de cordura transitoria en los últimos años; todo ello asumido con pusilánime complacencia.., pero con el tiempo han acabado por abandonarme también ellos y me han condenado a vagar en círculos menguantes de soledades titánicas, a huir sin respiro de aquello que un día se instaló con la mayor vehemencia que ningún mal de este y todos los mundos pueda compilar, me han condenado a huir de la todopoderosa Tristeza que contamina mi alma.
Huir de ti, Tristeza.
Ningún sucedáneo pueril, la Tristeza pastosa y a la vez etérea, transparente, en estado puro. Tristeza que te amarras a mi ser azotándolo cúal títere sin vida, dominándolo, sin dejarme respirar…
Penada bajo tu férula pierdo conciencia y control y ardo por dentro de tal modo que si me arrancasen la piel a tiras no sentiría tanto dolor.
Tristeza, maldita Tristeza que has sido instruida con meritoria paciencia en el arte del padecimiento, que has grabado paulatinamente el odio en mis invisibles llagas, que me has obligado a idolatrar la tortura física, más tosca, menos astuta y más real que tu, amiga Tristeza, que me acompañas y no permites que nada me consuele, abrumándome con tu constante fidelidad, enajenado mi ser con tu impune persecución.
Por todo esto y quizá mucho más, me condeno a ser feliz, me condeno a poner fin a esta huida en la que no he sido capaz de correr más que tu, querida Tristeza.

Serena observo las palmas de mis manos sobre mis rodillas. Manos que empiezo sentir ajenas y que han sostenido con infinita ternura la montaña de comprimidos recopilados con ardid de veterana.
Levanto con pesado esfuerzo la cabeza mientras lágrimas calientes me recuerdan cuánto repudio mi vulnerabilidad y siento como la ira toma el control de mi cuerpo ya en pie y camino cada vez más rápido de un lado a otro del ínfimo cubículo buscando desesperadamente una pasadizo oculto entre las paredes, esa salida purificadora que algún alquimista palabrero me confió, inyectando en mi mente la posibilidad de conseguir mi panacea universal.
Esa salida que el miedo me había ocultado y que por fin hoy estoy creando.
Comienza la confusión y me agrada el silencio que la acompaña. Silencio. Sonrío ante la magulladura escarlata que algún certero golpe me ha otorgado pero me decepciona no encontrar restos de sangre en los baldosines que vuelvo a contar de manera hipnótica, desquiciadamente tranquila; uno, dos, tres, cinco mil, cinco mil uno, cinco mil dos… Belial se ha aburrido de su hetaira y me mira mientras murmura algo ininteligible al oído del obediente cancerbero.. cinco mil tres, cinco mil cuatro, cinco mil cinco…
He perdido la ridícula noción del tiempo que atesoraba y creo oír pasos tras la puerta.
La lámpara está ciega y el desconcierto, despojado ya de la quietud del silencio, me atormenta.
Compelida por la soledad, que respira con fuerza detrás de mi, busco cobijo en una esquina helada y me encojo cuanto puedo con la esperanza de sentirme segura, a salvo.
Intento no pensar mientras cubro mi ruinosa cabeza con mis brazos, esperando el fin, oyendo voces lejanas que gritan mi nombre y, como si de un presagio se tratase, vuelvo al mismo otero, protagonista del sueño recurrente que me tiene maldita, al mismo cementerio donde inmóvil observo un horizonte de tierras quemadas, dejando que el miedo me rapte sin condiciones.
Cierro los ojos con tanta fuerza que me escuecen pero no consigo volver a la habitación.
La humedad penetra en mis huesos y necesito gritar con todo mi ser pero la voz no sale de mis cuerdas vocales y cuando creo que finalmente me estallará la cabeza por no ser capaz de escapar de su sometimiento inmundo, regreso al frio suelo en el que yazco.
Gesto relajado. Pupilas dilatadas. Sonrisa serena.
Ahora estoy segura de que por fin he vencido al laberinto.

“Inesperadamente incrédula descifro el vacío, mientras delicadas gotas templadas golpean mis párpados cetrinos”.

¿Te ha gustado el artículo? ¡Valóralo!

4.75 - 4 votos
Cuanto más alta sea la valoración más visible será el artículo en portada.
¡Compártelo en las redes sociales!

Acerca del autor

Maragla

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.