Literatura

Lamentaciones ¡llegaron los 90! primera parte



Lamentaciones ¡llegaron los 90! primera parte - Literatura

Septiembre, en casa estábamos todos exaltados, principalmente yo porque junto con mi mamá y la mirada con un toque de envidia de mi hermano un año y dos meses menor que yo, me estaba estrenando el uniforme de pantalón amarillo y camisa blanca que correspondía a un estudiante de nivel secundario, aunque estaba alegre, también muy nervioso, era muy tímido, aun lo soy aunque trato de no aparentarlo y en ese momento la emoción la solapaba bien. En ese mismo instante estaban haciendo lo mismo algunos muchachos del barrio que éramos contemporáneos y habíamos quedado en salir juntos para la escuela. Me sentía grande, diferente, el mundo a mis pies.

Recuerdo de aquel tiempo que todos éramos iguales, no había diferencias de clases sociales, nos vestíamos casi iguales, siguiendo el exitoso patrón comunista de igualdad y funcionaba. Las chicas se fijaban en los chicos porque eran bien parecidos, o tenían valores que le llamara la atención o sencillamente tenía el don de enamorar. Recuerdo que en aquel tiempo salíamos al parque y le dábamos vueltas y vueltas como si fuera un carrusel humano; si te gustaba alguien con  quien cruzabas la mirada en pocos minutos te volvías a tropezar y entonces era una sonrisa, después un roce de manos y poco a poco, vuelta a vuelta hasta que lograban sentarse juntos en un banco a conocerse y citarse para el otro fin de semana. Casi era seguro, si te aceptaba la invitación a salir en el próximo fin de semana que la llevaras a tomar helados al coppelia justo al lado del parque. Todo era lento, tan lento como las vueltas que se le daban al parque de los leones; así le llamábamos al parque porque en el centro del mismo había una estatua de Cristóbal Colón con cuatro imponentes leones apuntando cada uno los cuatros puntos cardinales.

Invitar a una chica en aquel entonces no era nada difícil desde el punto de vista económico, con cinco pesos el mundo era tuyo. En aquel entonces era casi obligado algún que otro fin de semana ir al cine Venus, de los tres cine que teníamos en nuestra ciudad, este era el más moderno, climatizado, la pantalla inmensa, los domingos había doble tanda, recuerdo entre mis primeras películas a “Voltus 5”, “El flautista contra los ninjas” los clásicos de Bruce Lee y desde luego muchos animados de factura Rusa, es que todo era Ruso, dábamos ruso en la escuela, los televisores, lavadoras, bicicletas, hasta un afiche de una modelo rusa que se llamaba Olga no se cuanto bastante sensual y dueña de mis primeras masturbaciones era lo que tapaba el cristal de la puerta de un escaparate en mi cuarto, mi reloj era ruso, marca raketa y es que todos teníamos reloj rusos y eran muy buenos y duraderos al igual que los perfumes, no como los animados y los filmes que nos traumatizaban.

Las cafeterías estaban llenas de productos, al igual que las bodegas, era un reto organizar los estantes o poner todos los productos en la pizarra informativa, la leche era para todo el mundo y dejaban los casilleros de litros por la madrugada y la gente pasaba tomaba un litro de leche se lo tomaban y dejaban el vacío con la moneda de veinte centavos dentro del litro de cristal, así aran de honestos a tal punto que a veces las personas salían del cine y se les olvidaba que tenían la bicicleta afuera se iban para su casa y cuando se acordaban iban a buscarla y estaba ahí, nadie robaba nada. Pero todo estaba a punto de cambiar, conforme tambaleaba el muro de Berlín, así tambaleaba el idílico castillo construido muy alto pero con cimientos muy débiles, cimientos de colonia, cimientos de absurda ideología, cimientos de dictadura maquillada.

De pronto los adultos comenzaron hablar de Periodo especial, mi mente no entendía que cosa era realmente, ni como podía afectarme.

Fin de la primera parte.

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Agape

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