Literatura

Las Ánimas

Las Ánimas - Literatura

No recuerdo la primera vez que escuché esa historia, pero mi abuela me la repitió tantas veces que nunca la he olvidado. Me imagino en la cama, con el frasco del tetero entre las manos, los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada con cada sorbo de la leche azucarada. Ella se quejaba acerca de repetir siempre la misma historia, pero a mí me parecía fascinante y terrible al mismo tiempo. Había sucedido cuando su madre era una mujer joven, recién casada, allá en San Sebastián de los Reyes. Vivían en una casita apartada del pueblo y todas las madrugadas un grupo de mujeres iba hasta un pozo cercano para buscar agua fresca. Mi bisabuela se levantaba muy temprano, antes de que amaneciera, y esperaba por esas mujeres para ir hasta el río con sus vasijas. Yo visualizaba una casita muy pequeña y limpia, alumbrada por algunas velas, y también el frío intenso de la madrugada justo antes de que saliera el sol. Pero una noche en particular, mi bisabuela no se despertó a tiempo, o sí lo hizo, sólo para escuchar un murmullo de voces que pasaba junto a la casita.
—Carajo —dijo ella—, las mujeres me dejaron…
Y se levantó tan rápido como pudo, ordenó las vasijas y salió apresurada con la intención de alcanzar a sus compañeras madrugadoras. Caminó con la urgencia de saberse dejada atrás, incluso apenada, pero cuando llegó a la orilla del río no encontró a nadie. Eso la extrañó un poco, pero se dijo que tal vez las mujeres habían decidido agarrar agua en otro punto diferente y se limitó a llenar sus vasijas antes de regresar con paso lento hasta la casita. Allí descubrió, al mirar la hora de su reloj, que apenas eran las 3 de la mañana. En este punto mi abuela solía hacer una pausa dramática y yo abría mucho más los ojos y apretaba con fuerza el biberón, mientras imaginaba la noche azul alrededor del pueblo, la luz de una luna inexistente, la soledad junto al río y un coro de voces ininteligibles que pasaba también junto a nuestra casa.
—¿Y entonces? —decía yo al cabo de esa larga pausa.
Mi abuela bajaba su mirada hasta el tetero y comprobaba cuánto líquido espeso había antes de seguir con el relato.
—Entonces dejó las vasijas llenas de agua encima de la mesa y se acostó rápido, calladita y asustada. Después, a las 5, más o menos, las mujeres pasaron y la llamaron al no encontrarla lista en la puerta. “¡Zoila!, ¡Zoila!”, decían, y mi mamá no sabía si eran sus amigas de verdad o se trataba de las ánimas que pasaban de nuevo.
—Las ánimas… —murmuraba yo, y me quedaba inmóvil, con la vista clavada en ella.

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sirius150

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