Viajes y ocio

Las Crónicas De Auckland (Parte I)



Las Crónicas De Auckland (Parte I) - Viajes y ocio

Siempre me gustó musicalizar ciertos instantes de mi existencia, ponerle un soundtrack a mi vida. Supongo que porque llevo el amor por el cine en la sangre y muchas veces no puedo dejar de ver mi paso por este mundo como una película de la cual yo soy el protagonista y director. Y un momento como aquel, que sabía marcaría un antes y un después en mi vida, no podía dejar de ser musicalizado.
Mientras la melodía de Do You Know How to Feel It? de The Diogenes club sonaba en mis auriculares, sentí un gran alivio apenas las ruedas del pesado avión tocaron suelo.No era porque el vuelo se hubiese estado por caer o porque tenga un particular miedo a volar. Era porque al fin llegaba a Nueva Zelanda y mi gran aventura con la working holiday visa (o  dicho con otras palabras, la quijotada más grande de mi vida) comenzaba.

Después de un vuelo de como 15 horas desde la escala en Santiago de Chile que incluyó como tres películas, dos siestas incómodas en las que me desperté con el cuello duro, horas de ansiedad dándole vueltas a todo en mi cabeza y mucho mirar en el monitor la opción que te permite ver en el mapamundi la distancia que falta para el destino, llegué a Auckland. Cuando me bajé del avión y puse pie en tierras kiwis no tuve ningún presentimiento, ni corazonada, ni nada. Tenía mis miedos, claro pero nunca llegué a imaginar la relación tormentosa que me esperaria con aquella ciudad en particular donde había aterrizado.

Al salir del aeropuerto, me subí a un bus con mi mochila de 65 litros y me dirigí hacia Bamber House, el hostel donde me hospedaría durante mis primeros días. En el período de tiempo que me quedaría ahí llevaría a cabo los primeros papeleos de rigor que hay que hacer para poder empezar a buscar trabajo, los cuales por suerte no eran tantos, ni tan complicados.

A pesar de ir con el gps, me bajé mal del bus y tuve que caminar muchas cuadras y un gran repecho llevando a cuestas mi cargamento para llegar finalmente al hostel. El trecho se me hizo interminable. Por suerte, cuando arribe al hostel descubrí que era lo suficientemente acogedor para reponer allí mis fuerzas.

Sucede que cuando uno se muda a otro país, los primeros días o semanas suelen ser las más duras o complicadas; se pasan por muchos dolores de cabeza. Mi caso no fue la excepción.
Para empezar no me esperaba que el jet lag me llegara a afectar tanto. Supongo que era más o menos esperable teniendo en cuenta que venía desde la otra punta del mundo pero había leído que no a todos les afectaba por igual y por puro optimismo, había elegido pensar que yo iba a pilotear la situación sin complicaciones. ¡Ja! El destino se me rió en la cara.  El relojito interno se me salió de control y estuve días viviendo como zombie.

Aquella primera semana me venía el sueño a eso de las 5 o 6 de la tarde y me acostaba a dormir hasta el otro día. El hostel donde me quedé estaba en las afueras de Auckland y al estar alejado del ruido de la ciudad era tranquilo así que podía descansar sin problemas.
No obstante, durante aquellos primeros días el principal relojito que se me descontroló fue el existencial. Y ahí la cuestión me agarró más desprevenido todavía.

Todo arrancó por la clásica y temida pregunta que cada viajero en algún momento de su travesía se hace, la interrogante esa que nos lleva a replantearnos porque abandonamos la comodidad de nuestra madriguera y salimos a internarnos en un bosque profundo y desconocido. Dicha interrogante puede venir formulada de diversas formas pero quizás la más conocida es «¿Quién carajo me mandó a hacer esto?».

Yo suponía que en algún momento atravesaría por dicha crisis pero nunca esperé que eso pasaría enseguida al llegar. Pero así fue y al plantearme esa interrogante otros pensamientos aleatorios contradictorios dignos de (al menos) una sesión con algun terapeuta se manifestaron. «Es una completa demencia lo que estoy haciendo. No; está perfecto, si no lo hago ahora mismo no lo hago nunca más. Ta, pero después me voy a arrepentir si todo sale mal. No; tengo que seguir en el baile ya que estoy»

Esos primeros días entonces me los pasé con un conflicto interno de la puta madre, dividido con voces opuestas en mi cabeza que parecían quererme llevar a sitios completamente desiguales; un choque permanente entre lo que fuí y lo que quiero ser, entre lo que dejé y lo que me espera, entre la comodidad del pasado y la incertidumbre del futuro. Algo así como el conflicto entre Smeagol- Gollum por el anillo pero en versión viajera.

Como la situación se ponía cada vez más densa, una buena tarde decidí ir hacia los jardines que rodeaban al volcán inactivo de Monte Edén a charlar un rato conmigo mismo. Ya había ido un par de días antes pero para subir hasta la cima desde donde se aprecian unas espectaculares vistas en 360° de toda la ciudad.

El sitio estaba relativamente cerca de donde yo me estaba quedando y al ser un espacio amplio y verde me pareció el lugar ideal para intentar resolver mi conflicto interno. Necesitaba alejarme de la poca privacidad que tenía en el hostel para aclarar mi cabeza; necesitaba quedarme solo.

Asique el Gabriel miedoso y el Gabriel audaz fueron, buscaron un sitio más o menos apartado en aquel parque y se pusieron a charlar. Ahora, cuando digo charlar no lo digo metafóricamente, lo digo literal. Necesitaba hablar en serio, escuchar mis propias pensamientos, verbalizar mis miedos.

Siempre fui de esas personas que en ciertas ocasiones les gusta pensar en voz alta. Y un momento como aquel era la ocasión especial.
Y así fue como en aquel claro rodeado de arbustos al pie del Monte Edén, me puse a dialogar conmigo mismo. Escuche todos mis propios argumentos y contraargumentos. Y aprovechando la privacidad que ahí tenía,  en un momento comencé a caminar de un lado para el otro y a hacer ademanes con las manos mientras murmuraba. No caí en la cuenta de lo raro que me veía hasta que una señora pasó con un perro y me quedo mirando como a un anormal.

En ese entonces un poco porque ya había estado suficiente en ese lugar y otro poco porque no quería que la gente siguiera pasando y mirándome como a un demente, me fui a echar bajo un árbol y ahí me quedé un rato.

Fue en ese sitio donde mi lado audaz ganó la supremacía, eliminé momentáneamente todo atisbo de arrepentimiento sobre la decisión tomada de haberlo dejarlo todo e irme a Nueva Zelanda y llegue a la conclusión de que disfrutaría  de la experiencia que fuese por la razón que fuese me había tocado (y había elegido) vivir. Lo importante era que estaba allí y tocaba dejarme llevar por la marea. Punto.Y el Gabriel miedoso se calló la boca.

Me incorporé y volví a mi hostel más tranquilo y centrado. Estaba en paz, sintiéndome casi como un monje que acaba de concluir un retiro espiritual.
La parte más tormentosa de mi relación con Auckland ni había comenzado y toda esa calma despues se me volvería a ir por el caño pero claro,  yo ignoraba todo eso en ese momento. Ese día me fui silbando bajito, sintiendo que tenía el control sobre la situación.

Cosas buenas que tiene ignorar el futuro a veces, supongo.

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Acerca del autor

Gabriel German

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