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Las Matronas Del Monte Ela.

Las Matronas Del Monte Ela. - Literatura

Las Matronas del Monte Ela

De acuerdo con los estudios de la anatomía cinan, el uso de energía provoca un tremendo desgaste en el cuerpo y acelera el proceso de envejecimiento. Si bien la edad promedio es 700 años para los Alas blancas y 600 para los Alas negras, algunos afortunados llegan a los 800. Mientras que los soldados u otros profesionales dedicados a usos extremos y continuados de energía alcanzan, con suerte, los 500 años. Sin embargo, las criaturas más longevas conocidas en Ciel son las Matronas del Monte Ela, que suelen llegar a los mil años o más.

Son una orden de mujeres casi tan antigua como la nueva civilización. Su número es ilimitado en cuanto a integrantes, aunque por la rigurosidad de sus doctrinas rara vez superan las diez mujeres. Sus vidas representan mil años o más de conocimientos acumulados en el estudio de la civilización a nivel macro social y personal. Estudios psicológicos, de lenguaje corporal, sociológicos, de tendencias de la época y muchos otros factores que determinan a cada generación de cinans.

Estos estudios se realizan con el fin de utilizar todos esos conocimientos para establecer patrones de conducta, ya sea de las masas o de un solo cinan, y basado en estos cálculos pronosticar los posibles futuros. Su orden es a su vez un negocio, la adquisición de conocimientos no es la única meta de las Matronas. También venden sus servicios de predicción a millones de visitantes al año, y no solo cinans curiosos, sino también a líderes políticos, que llegan buscando consejo de las más sabias mujeres de Ciel.

Su residencia está situada en la parte sur de Lipra, cerca de la frontera con Draco, en la segunda montaña más alta de Edén donde se erige una torre de ocho pisos de muy difícil acceso. Alrededor de la Torre una pequeña villa ha crecido con el paso del tiempo. En ella viven algunas de las aspirantes a matronas, pero mayormente es hogar para los empleados ajenos al cumplimiento de las doctrinas de la orden, que trabajan en la torre.

Miranda había regresado al lugar donde pasó gran parte de su juventud, para buscar respuestas por medio de sus antiguas hermanas. En el tercer piso de la torre que se iba estrechando mientras se alargaba hacia las nubes, Miranda estaba sentada frente a Elpin, una de sus compañeras de antaño, quien ante los ojos de la muchacha se percibía ensombrecida por la ventana que detrás de ella dejaba pasar la luz del sol.

— Dime, Miranda, ¿qué conocimiento buscas?

—Quiero saber las intenciones de un hombre. Su nombre es Lídel Xactos.

—Eres la tercera persona que pregunta por ese hombre —dijo con una voz profunda—. Sus intenciones son nobles y poco egoístas, su personalidad tiende a buscar la amabilidad y el bienestar de los demás más que el suyo propio. En general es un alma bastante pura de intenciones, a pesar de sus muchísimos errores —hizo una pausa y se acomodó—. Y ese es el problema, que, aunque ha nacido lleno de bien, el ambiente en el que se mueve es demasiado tóxico y las características únicas que posee lo hacen ser la pieza central de muchos mecanismos, aunque en el fondo odie esa posición.

— ¿Lo dices porque puede manejar ambas energías? —dudó Miranda.

—No, otro secreto guarda el híbrido. Uno que ni él conoce y que es la razón de su infelicidad. Pero pronto ese conocimiento llegará a él —Elpin miró a su vieja amiga a los ojos—. Corres peligro a su lado, tarde o temprano te verás envuelta en situaciones que no podrás controlar. Es muy posible que halles tu muerte cerca de ese hombre —Elpin alcanzó la mano de Miranda y le cambió su fría voz a una más fraternal—. Ten cuidado Miranda, los que vinieron antes que tú y preguntaron por ese hombre han tenido desfavorables destinos, todos atados a ese nombre.

— ¿Qué me dices de Margaret Galecian? —Preguntó Miranda cortante.

—Nunca la he visto, no puedo predecir nada sobre ella. ¿Tienes una imagen o algo en lo que pueda haber quedado atrapado aunque sea un ápice de esencia?

—Sí, aquí tengo un resumen de lo que conozco sobre ella y una foto de hace unos años —dijo Miranda mostrándole a la Matrona sus posesiones.

—Bien, con esto basta. En dos días tendré lista la predicción, pero sabes que tienes que venir en persona si quieres oírla —dijo Elpin.

—Hasta entonces, Matrona —dijo burlona—. Por cierto, Elpin, oí que te casaste —Miranda sonrió, haciéndole entender que los negocios habían terminado y podían conversar de nuevo como viejas amigas.

—Sí, así es, con un diseñador de Núcleos Conscientes que vino a vivir al Monte Ela hace unos años. Estamos planeando tener hijos —la chica sonrió y agarró a Miranda de ambas manos, esta le devolvió el gesto, lo que las hizo parecer dos adolescentes.

—Genial Elpin, me alegro por ti —dijo Miranda algo melancólica.

—Y tú qué tal con ese muchacho que te gustaba — dijo Elpin para alegrar a su amiga—. Aquel soldado famoso del que me hablabas. ¿Cómo se llamaba…?

—Lo conocí, pero no creo que yo le interese. Al menos no tanto como el a mí —dijo con tristeza.

—Si alguien tan talentoso y popular como él se fijara en mí… Sería la prueba de valgo la pena como mujer, no solo como soldado.

— ¿Alguien más que quieras mencionar?

—Uno que parece que va a traerme más problemas que felicidades —dijo Miranda.

—Tu especialidad —dijo Elpin. Ambas sonrieron. Sin embargo, aunque Miranda disfrutaba del reencuentro con su amiga, le preocupaba en gran medida las respuestas que había obtenido. Se besaron las mejillas y luego de un fraternal abrazo Miranda abandonó la lóbrega sala, justo en el umbral de la puerta se giró e hizo una última petición a su amiga.

—Elpin, ¿es posible una Adivinación completa de ese hombre? —dijo Miranda tentando a la suerte.

—Miranda, las reglas han cambiado un poco desde que te fuiste —respondió—. Ya no basta con cien consultas para ordenar una Adivinación.

Elpin se refería a una ley de la Torre que solo las Matronas y algunos aprendices privilegiados conocían. Si el nombre de algún cinan era consultado cien o más veces, las Matronas formarían un consejo de una semana para hacer una adivinación conjunta sobre dicho cinan y de este modo ayudarse unas a otras para llegar a la conclusión más acertada posible sobre su destino; pues era lógico suponer, que un cinan tan consultado tendría un efecto relevante en la sociedad.

—Vamos Elpin, hazlo por mí, por favor— le pidió Miranda con ojos llorosos.

—Lo siento. Las reglas son las reglas y están hechas por una razón —Elpin le guiñó un ojo a su amiga, que delataba el verdadero final de aquella frase, “para romperlas”.

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Acerca del autor

Javier

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