Literatura

Libro Historia de instituto. Capítulo 10



Libro Historia de instituto. Capítulo 10 - Literatura

Capítulo 10. La última semana.
Sólo faltan cuatro días para que Jaime se vaya a trabajar fuera. Llevamos todo ese tiempo viéndonos las veces que podemos. En ese tiempo no he dejado de pensar en lo que tenemos pendiente. En si hacemos el amor o no. Aún no me he decido y de tanto pensar en ello, acaba doliéndome la cabeza.
Hoy es el último día de instituto, nos dan las notas y nos despedimos de los compañeros que no vamos a ver, al menos este verano. Quedamos esta misma noche para salir de fiesta, esta vez al pub de siempre.
Jaime y yo estamos bailando muy pegados, nuestros cuerpos y ritmos se acoplan a la perfección. Nos dejamos llevar. Empezamos a besarnos, y de repente es como si no existiera nada ni nadie a nuestro alrededor. No sé si fueron minutos u horas, pero cuando paramos estaba desorientada. Salimos a la calle a refrescarnos.
– Mañana no nos vamos a poder ver. – Me dice Jaime.
– ¿Y eso? – Pregunto.
– Tengo que ir a trabajar con mi padre, a una casa particular que tiene que terminar antes de irnos al otro trabajo. Seguramente no lo terminemos hasta el sábado.
– ¿El sábado tampoco te veré?
– No creo. Seguramente volvamos a media tarde.
– Vaya. Qué fastidio. ¿Y el domingo?
– Lo he reservado para ti.
– ¿Y qué vamos a hacer?
– Iremos a la playa. Un amigo de mi padre tiene un apartamento cerca de la playa. Pasaremos el día allí.
– ¿Los dos solos? – Pregunto, un poco asustada.
– No. Nos juntaremos los de siempre. Pero podremos tener momentos a solas.
Lo de ir en grupo me tranquiliza. Estoy bien con Jaime y lo de la otra noche en el pub fue algo que jamás había experimentado, pero sigo sin saber si estoy preparada.
Vamos en dos coches, solo hay dos conductores en el grupo, pero es suficiente. Tras dejar algunas cosas en el apartamento, nos vamos a la playa y pasamos la mañana allí. Al mediodía nos vamos al apartamento y hacemos una barbacoa para comer. Luego algunos nos echamos la siesta mientras otros se quedan jugando a las cartas. Sólo he dormido una hora pero me siento fresca al despertarme. Jaime se quedó jugando.
Hay una piscina en el apartamento y pasamos la tarde en ella. Todos se van metiendo dentro de la casa, mientras Jaime y yo nos quedamos dentro de la piscina. Simplemente nos quedamos en una esquina, abrazados y besándonos. Al cabo de un rato salimos y nos vamos a una de las habitaciones. Seguimos besándonos. No puedo pensar. Tengo en pelo mojado y sólo llevo un bikini. Sé qué es lo que va a pasar ahora pero no puedo reaccionar. Sus besos no me dejan pensar y sus caricias son tan agradables… De repente llaman a la puerta.
– Lo siento chicos, tenemos que volver. – Nos dice Pablo.
– ¿Por qué? ¿Pasa algo? – Pregunta Jaime.
– Mi abuela ha muerto. – Responde.
Todos recogemos lo más rápido que podemos. Le hemos dicho todos que lo sentimos mucho. No se escucha la radio de camino a casa, la hemos apagado. Nos van dejando en nuestras casas y nos despedimos hasta dentro de un rato. Todos vamos a ir al velatorio.
Hay mucha gente. Me ha llevado mi madre porque mi padre se tiene que levantar muy temprano para ir a trabajar. De todos modos no nos quedaremos mucho. Mi madre también trabaja mañana. Ya están todos allí, junto a Pablo. Mi madre y yo nos separamos, y me dirijo hacia donde está Jaime. Se levanta y me abraza.
– ¿Cómo estás? – Le pregunto a Pablo.
– Bien. Ya era mayor y tenía problemas del corazón. Nos esperábamos esto desde hace tiempo.
– ¿Le dará tiempo a venir tu tía? – Le pregunta Elisa.
– Están de camino. Llegarán por la mañana.
– Hay mucha gente. – Dice Carmen.
Empezamos a hablar de trivialidades, de lo que vamos a hacer este verano, de lo que vamos a estudiar el próximo curso,… Jaime parece muy callado en esta conversación. Salimos un rato a la calle.
– ¿Qué te pasa? – Le pregunto. Él ve en mis ojos que sé que le pasa algo. Me lanza una de sus medias sonrisas.
– Siempre sabes cuando me pasa algo. ¿Es que no sé ocultar bien las cosas?
– No. Es que te conozco y sé todos tus gestos y miradas. – Le sonrío, intentando suavizar su ánimo.
– No voy a seguir estudiando. – Me dice al fin.
– Vaya. La verdad es que nunca me has hablado de lo que querías hacer. Sólo hemos hablado de lo que iba a hacer yo.
– Ya. Yo desviaba esas conversaciones para enfocarnos en ti.
– Es verdad, ahora que lo pienso. ¿Cómo no he caído en la cuenta antes?
– Sí, eso se me da bien. – Sonríe satisfecho.
– ¿Y por qué no me lo has dicho? No hay nada de malo en trabajar en lugar de seguir estudiando. Si es lo que quieres…
– Porque no voy a estar sólo el verano fuera. El trabajo será de al menos un año. – Su cara refleja desilusión y culpabilidad.
– Vaya. – No sé qué decir. – Y te vas ya mañana. Y no sabemos cuándo nos volveremos a ver. – Estoy empezando a deprimirme. Jaime lo nota y se acerca a mí.
– Venga, tú lo dijiste. Nos llamaremos todos los días. Ahora tienes el móvil que te compró tu abuela para tu cumpleaños. Y hemos comprado papel, bolígrafos, sobres y sellos suficientes para escribirnos todos los días.
– Sí. Tienes razón.
Nos abrazamos un buen rato. Mi madre sale a buscarme para que nos despidamos de la familia de Pablo.
Han pasado ya dos semanas desde que Jaime se fue. Hablamos por teléfono dos o tres veces al día. Y nos escribimos cartas cada día. A veces largas, a veces cortas, en unas contamos cosas que nos han pasado, y en otras hablamos sobre cómo nos sentimos. Este fin de semana viene al pueblo, y pensamos pasar el máximo de tiempo posible juntos.
Llaman al timbre. Mientras voy hacia la puerta pienso en cuánto faltará para que llegue Jaime. Abro la puerta y ahí está. Me quedo un segundo parada y después me abalanzó sobre él diciendo «¡Dios mío!», con tanto impulso que se tambalea y estamos a punto de caernos. Nos besamos una y otra vez. Cuando por fin nos separamos, entramos en casa.
– No sabía que vendrías directo a mi casa. – Le digo al fin, después de haber recobrado el aliento.
– Ya. Le dije a mi padre que me dejara aquí. No podía esperar para verte ni un segundo más.
– Estás aquí. No me lo creo. Me parece un sueño.
– Yo también he tenido muchos de ellos. Creo que en la mitad de las cartas que nos hemos escrito, nos contamos nuestros sueños. Y el de estar juntos se repetía mucho.
– Sí. Confieso que los dos primeros días lloraba cada dos por tres. – Me avergüenzo al confesarlo.
– Lo imaginé. Había gotas en una de las primeras cartas. Y lo que me escribiste también revelaba que parecía que estabas llorando mientras la escribías.
– Ya. Sabes que soy muy sentimental. – Le pongo una sonrisa entre de disculpa y de vergüenza.
– No pasa nada. – Me abraza.

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A.Galera

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