Literatura

Libro Historia de instituto. Capítulo 11



Libro Historia de instituto. Capítulo 11 - Literatura

Capítulo 11. Las visitas.
Llevamos tres horas en mi habitación hablando, besándonos, volviendo a hablar… Esas horas han pasado como un suspiro. Jaime se queda a cenar, pero se va enseguida. Su hermano viene a buscarlo en coche. Pasamos tiempo con su familia y con los amigos.
Ya es domingo y después de comer se volverá a ir. Ha sido un suspiro, una ligera brisa. Pero esta mañana vamos a estar solos en su casa. No es que lo hayamos hablado, no tenemos nada planeado. Pero sabemos que va a pasar. Vamos a estar solos, en su habitación y ya lo hemos retrasado bastante. Aún así, estoy muy nerviosa.
Cuando entro a su habitación, la persiana está medio bajada, hay velas rojas encendidas y un jarrón con flores. Una toalla floreada decora la cama.
Se escucha una música suave y el ambiente huele a frutas. Cuando se acerca a mí, su aroma es sensual y provocativo. Se ha comprado una nueva fragancia.
Empezamos a besarnos, mientras me va acercando a la cama. Nos sentamos y empieza a acariciarme la espalda. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Me empieza a desabrochar la blusa. Se me acelera el corazón. Me la quita. Aunque aún llevo el sujetador, me siento desnuda. Estoy cada vez más nerviosa. Él se quita la camiseta. No puedo ni abrir los ojos. Se me está acelerando el pulso. Empiezo a notar una presión en el pecho y me separo. Me cuesta respirar.
– No puedo, no puedo. – Digo casi sin respiración.
– ¿Qué te pasa?
– No sé. No puedo. No puedo hacerlo.
– A lo mejor necesitas tu inhalador. – Me recuerda.
Cojo mi inhalador del bolso. Lo tengo que utilizar a veces desde el incendio. Voy recuperando el aliento, pero mi pulso sigue acelerado. No logro tranquilizarme. Necesito salir de la habitación. Salgo al patio e intento respirar profundamente. Jaime me sigue, preocupado. Estamos cinco minutos fuera y he conseguido relajarme.
– Lo siento. – Le digo a Jaime.
– Tranquila. Vamos dentro.
– No puedo. – Estoy en pánico y seguro que mi cara lo refleja.
– ¿Qué quieres decir?
– Que no puedo hacerlo. Aún no.
– Estás nerviosa. Es normal. Entremos y…
– ¡No! No puedo.
– ¿Pero por qué no? – Se empieza a enfadar.
– Porque no estoy lista. Sigo sin estarlo.
– Vamos. Llevamos ya nueve meses juntos. ¡Es hora de dar el siguiente paso!
– ¡Pero no puedo! ¡¿No lo entiendes?! – La conversación ha subido de tono.
– ¡No, no lo entiendo! Yo te quiero y tú me quieres a mí. ¿Cuál es el problema? – Me quedo helada.
– ¿Qué has dicho? – Se me queda mirando.
– Que te quiero. – No sé qué responder a eso. – ¿No vas a decir nada? – Empieza a faltarme el aire otra vez.
– El inhalador. – Me tengo que sentar. Jaime sale con mi bolso. Vuelvo a inhalar el medicamento y me relajo.
– ¿Me vas a responder?
– No puedo. Yo no… – Me mira con incredulidad. – Tengo que irme. – No me detiene.
Se va sin una despedida. Pasamos una semana sin hablar por teléfono ni escribirnos cartas. He intentado muchas veces ponerme a escribir, pero no me salían las palabras. Ni siquiera he derramado una sola lágrima. ¿Qué va a pasar con nosotros?
Pasa un mes hasta que vuelve al pueblo. En todo ese tiempo nos hemos llamado sólo un par de veces a la semana, y nuestras conversaciones siempre eran breves. Voy a su casa. Me abre él directamente. La tensión entre nosotros es enorme, pero me invita a pasar. Estamos en su habitación. Estamos incómodos.
– ¿Qué tal el trabajo? – Rompo el hielo.
– Bien. – Me responde de manera cortante.
– Lo siento.
– ¿El qué? – Su tono sigue igual.
– Lo de la habitación, lo de la declaración, ya sabes… – Intento suavizar el ambiente.
– Te dio un ataque de ansiedad cuando estábamos en la cama. ¡Y te dije que te quería pero no me pudiste responder! – Empieza a levantar el tono.
– ¡¿Y qué querías que te dijera?! ¡¿Algo que no siento?! – Me empiezo a cabrear por su falta de comprensión.
– ¡¿Y cómo quieres que me sienta yo!? ¡Mi novia no me quiere y no quiero acostarse conmigo!
– ¡No puedo decir ni hacer algo de lo que no estoy segura! ¡¿Es que no lo entiendes?! – Esto se nos está yendo de las manos.
– ¡Si no me quieres, ¿por qué seguimos juntos?!
– ¡¿En serio?! ¡Estoy siendo sincera contigo! ¡¿Qué quieres que haga?! ¡¿Qué te mienta?!
– ¡Sólo quiero que te aclares de una vez!
– ¡Pues no puedo!
– ¡Entonces no tenemos nada más de qué hablar!
No sé qué contestar a eso. Así que simplemente me voy. Me dirijo a casa llorando. Paso el fin de semana encerrada. Él se va y no sé lo que va a pasar entre nosotros.
Casi ha pasado el verano. No he tenido noticias suyas desde nuestra pelea. Le he mandado cartas, muchas cartas, y no he recibido respuesta. Y le he llamado unas cuantas veces, pero ni se ha dignado a devolvérmelas.
Sé que está en el pueblo. No sé qué hacer. ¿Voy a su casa? Sofía y yo vamos a la plaza. Hemos quedado con los demás allí. Al llegar a la plaza veo a Jaime allí. Me quedo un instante parada.
– ¿Estás bien? – Me pregunta Sofía. Yo suspiro antes de contestar.
– Sí. Es inevitable que nos encontrásemos en cualquier momento.
Terminamos de llegar y él me mira, pero desvía la mirada enseguida y continúa hablando con los demás. Nos pasamos la tarde echándonos miradas. Ya me he hartado y aprovecho que ahora está solo junto a su moto para acercarme a él.
– Tenemos que hablar. ¿No te parece? – Lo digo con un tono firme y un poco desafiante.
– ¿Tú crees? – Parece como si no le importase la conversación.
– ¿Vamos a otro sitio o hablamos aquí? – Sigo firme.
– Me da igual.
– Basta. Mírame. – Le ordeno. Se gira y se apoya en su moto.
– Tú dirás. – Me cabrea su expresión de indiferencia.
– ¿Por qué no me has contestado este último mes? Ni llamadas ni cartas.
– No tenía nada que decir. – Me paro a pensar en su respuesta.
– ¿Hemos roto?
– ¿Te das cuenta ahora? – Dice en plan chulo, lo que me irrita aún más.
– ¿Estás de broma? ¡¿Tenemos una pelea y para ti es el fin de la relación?! – Empiezo a subir el tono.
– ¡¿Una pelea?! ¡¿Te pareció una simple pelea?! – Estamos gritando y los demás se empiezan a girar para vernos.
– ¡Te dije lo que sentía, nada más!
– ¡¿Te crees que es una buena respuesta «No puedo.» y largarte?!
– ¡Me pillaste desprevenida!
– ¡Íbamos a acostarnos! ¡El decirte «Te quiero.» no estaba fuera de lugar, que digamos!
– ¡¿Y qué querías que te dijera?! ¡No lo sentía en ese momento!
– ¿Y lo sientes ahora? – Me vuelve a pillar desprevenida. Todos siguen mirándonos.
– No. – Sólo puedo responder eso.
– Por eso no podemos seguir juntos. – Ya hemos suavizado el tono. Me sorprende que esa afirmación no me duela.
– Tienes razón. Es mejor dejarlo.
En esta ocasión es él el que se va. No sé porque me sorprendió que pensara que habíamos roto. Él tenía razón. No sentíamos lo mismo el uno por el otro.
Era un amor no correspondido. Desde el principio se veía venir. Nunca estuve segura de esa relación. Nunca llegué a confiar plenamente en él. Y no debería sorprenderme que se haya comportado así. Además, las primeras relaciones casi siempre son pasajeras.

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A.Galera

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