Sociedad

Literatura De Efecto Retardado

Literatura De Efecto Retardado - Sociedad

Yo viví muchos años con una persona que entendía de vinos y me gustaba oír sus explicaciones técnicas sobre la diferencia entre sabores. Terminaba siempre convenciéndome con sus argumentos. Me explicó que, a veces, los vinos empezaban sabiendo de una manera y terminaban sabiendo de otra, es decir, que había que esperar un rato y no precipitarse para emitir un juicio apresurado.

Este diagnóstico también puede aplicarse, creo yo, a la literatura. Hay libros de “efecto retardado”, o, incluso retardadísimo. Un libro que cuando lo leemos nos parece interesante, pasan los meses, o los años, y es entonces cuando descubrimos su verdadera dimensión y calidad, o, al menos, la verdadera huella que su lectura dejó en nosotros. Esta reflexión tiene algo que ver también con una creencia que cultivo desde hace años, y es que hay fases a la que corresponden ciertos libros, y que si no los lees entonces, o los lees más tarde, eres una especie de “desnutrido intelectual” el resto de tu vida. 

Creo que yo leí a Ortega, Unamuno, Carlos Marx, Gómez de la Serna, Valle Inclán, Sartre, Camus, Shakespeare y Molière, cuando debí leerlos, aunque cuando lo hice tal vez no estuviera tan preparado para hacerlo como lo estoy ahora, y de esos interminables ratos de lectura me ha venido una suerte de nutrición que me ha servido para aguantar con una cierta dignidad incluso en periodos de sequía intelectual. Aunque suelo leer con frecuencia, hay épocas en las que no leo ni el periódico, y me dedico a mirar a las avutardas, ver la televisión o gritar en el fútbol, pero esa reserva energética me mantiene en una cierta forma permanente.

Vienen a colación todos estos pensamientos dispersos porque no hace mucho leí un libro que me pareció sencillamente correcto, pero que el paso del tiempo ha ido engrandeciendo. El hecho de no poder coger aquel avión hacia Japón hace un par de meses por culpa de la dolencia de mi espalda, tuvo la extraña virtud de alimentar en mí un inesperado interés y una curiosidad importantes por ese país que las circunstancias me han privado conocer, y entonces recordé una novela que alguien recomendaba en un blog: “Tokio Blues”, de Haruki Murakami. La casualidad hizo que Angela, mi adorada compañera de trabajo y amiga, también la estuviera leyendo por aquel entonces. Todo eso me llevó a descubrir a un escritor excelente, me temo que mal traducido, pero lo suficiente para que dos meses después me ponga a escribir y a recomendar su lectura.

La novela empieza cuando su protagonista, Toru Watanabe, escucha en el hilo musical de un avión que acaba de tomar tierra “Norwegian Wood”, la canción de los Beatles que aparece incluida en su álbum “Rober Soul”, y en donde por primera vez George Harrison introduce acordes de sitar. Esta música retrotrae en el tiempo a este hombre y comienza a rememorar un doloroso e intenso periodo de su juventud.

El libro es, por tanto, una crónica de la juventud japonesa de finales de los sesenta, y como tal es reveladora de que ciertos estereotipos sobre el supuesto retraso oriental con respecto a los movimientos sociales progresistas de occidente –especialmente el mayo del 68- no pasan de ser lugares comunes. Tokio es una ciudad moderna, con un pie en sus ancestrales tradiciones y otro en un feroz capitalismo, y sus jóvenes mucho más liberados, e incluso promiscuos, que los franceses, y ya no digamos, que los españoles de la época. La música que escuchan es occidental, es decir la misma que nosotros, y sus hábitos personales absolutamente calcados a los nuestros: en modos de vivir, de relacionarse, etc. Por ejemplo, las jovencitas japonesas también provocaban estímulos y escándalos a través de la minifalda, un invento que parecía reservado a las calles parisinas más “chic”. 

A partir de ahí todas las diferencias son posibles. Una juventud con un altísimo grado de tendencia al suicidio, una tristeza interior bastante indefinible, pero cierta. Nuestro chico vive en una residencia de estudiantes en donde la soledad impera por los pasillos y las habitaciones. Su corazón se debate entre Naoko, ingresada en un sanatorio, y Midori, una joven rebosante de vida.

Además de su valor de crónica, “Tokio Blues” es una novela de amor truncado por la depresión y la muerte: Naoko terminará quitándose la vida, como tantos otros jóvenes del momento. Una historia amarga, bien contada, que se detiene de manera indefinida en el detalle, que penetra sagazmente en el interior de las personas, y que describe minuciosamente los lugares donde éstas se aman, se recuerdan y se olvidan. Hay en toda ella un hálito de gran literatura

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LUCRECIO

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