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Literatura Rosa en la Virgen de los Sicarios de Fernando Vallejo

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Literatura Rosa en la Virgen de los Sicarios de Fernando Vallejo - Literatura

 

“Soy un defensor de la vida.

Pero no la que está por venir,

sino la que está ahora en la Tierra”.

F. V.

 

José María Vargas Vila salió de Colombia bajo la acusación de la sociedad conservadora de su época. Era el difamador, el lenguaraz, el ateo, el apátrida, el marica. Sus novelas fueron vedadas por la iglesia jesuística, y los jóvenes tenían terminantemente prohibido acercarse a esas páginas demoníacas. Muchas adolescentes fueron castigadas al ser encontradas, a media noche, con la luz apagada, debajo de la cama y con una veladora, leyendo las páginas de Ibis, mientras sus manos acariciaban su cuerpo. Junto al Anticristo de Nietzsche, Los Conflictos entre la Ciencia y la Religión de Draper, y El triunfo de la Muerte de D’Annunzio, libro que se encontró abierto junto al cadáver del poeta José Asunción Silva —marica también según las malas lenguas-, la mañana en que se suicidó; eran considerados productos del mal, resultados de una mente enferma, de esas plumas que emanaban a azufre del propio infierno.

No fue el único que tuvo que convertirse en un vagamundo, por sus inclinaciones sexuales y sus letras. Porfirio Barba Jacob vivió mucho tiempo en el exilio, añorando esos atardeceres de su natal Santa Rosa de Osos, en Antioquia, evocando el viejo huertecillo de perfumadas grutas donde solía ir a jugar. Acompañado por su amante efebo recorrió las calles de la Habana, México y Honduras, tratando de hacerle triquiñuelas a la vida por un pedazo de pan. Al igual que Raúl Gómez Jattin amó clandestinamente a la dama de cabellos ardientes que lo llevaba al éxtasis, la única que conoció el toque de sus dedos y la humedad de sus labios.

Décadas hace del periplo por el que tuvieron que pasar estos vates incomprendidos, pero la cosa no ha cambiado en nuestros días. Fernando Vallejo Rendón, también tuvo que huir de Colombia, pedir la nacionalidad mexicana y marcharse a hacer cine, mismo que le fue prohibido en su patria, y que una vez terminado en el exilio, con dinero del gobierno mexicano, donde tuvo que reconstruir caseríos y cafetales para intentar atrapar en el celuloide el alma colombiana, le fue censurado.

Homosexual declarado, enemigo acérrimo de la iglesia católica, amante de los animales y excelente pianista, Fernando Vallejo es un cóctel entre Vargas Vila, Jattin, Silva y Barba Jacob. A estos dos últimos les dedicó parte de su obra y su investigación, en unas completas biografías que han sido merecedoras de reconocimientos y premios. Aunque la iglesia ya no puede condenar y torturar, sí existen vestigios arcaicos en algunas personas que continúan idolatrando y adorando, mientras señalan y discriminan. Muestra de ello fue el proceso que interpuso el entonces Consejero de Estado, Alejandro Ordóñez, contra Vallejo; por la publicación de un artículo suyo, en la revista Soho, en el que hacía un análisis crítico de los cuatro evangelios canónicos, acompañados por unas fotografías donde Alejandra Azcárate salía desnuda y crucificada. Según los querellantes, demandaban porque consideraban que las imágenes usadas en la revista eran un atentado contra su fe. El proceso finalmente falló a favor de los demandados, bajo el argumento de que en Colombia hay libertad de expresión.

Todos estos hechos son antecedentes de la lucha que se ha tenido que librar para tener el derecho, como se hace con la literatura religiosa, científica, artística, de poder escribir literatura rosa, o literatura LGBTI, o literatura marica como suelen llamarla. Desde Vila hasta Vallejo, la labor ha sido extenuante, abrirse paso en medio de la crítica, la censura y la condena, la palabra insultante, el dedo señalador, el ojo acusador y la mente excluyente.

Para este trabajo he querido tomar como ejemplo la novela de Fernando Vallejo, titulada: La Virgen de los Sicarios, publicada en 1994 por Alfaguara. Misma que fue llevada al cine en 1999, bajo la dirección de Barbet Schroeder.

En la obra se cuenta la historia de Fernando, personaje principal y narrador en primera persona, hombre mayor que regresa a su natal Medellín, después de estar muchos años por fuera de Colombia. “¿Pero por qué me preocupa a mí Colombia si ya no es mía, es ajena?” Se pregunta el actante al inicio de la narración.

Desde la perspectiva de las representaciones sociales, como marco explicativo acerca de los comportamientos de los personajes de una determinada obra, los mismos que trascienden todo lo cultural y las estructuras sociales, el hecho de hablar explícitamente de homosexualidad dentro de éstas es un detonante. El ser humano se autorreconoce como sujeto que se desenvuelve en la sexualidad, esto genera creencias en la sociedad, entendidas como proposiciones simples que de manera consciente o inconsciente dominan el imaginario colectivo, mismas que van precedidas por el ‘yo creo que…’, como afirma Araya. Cuando estas creencias arraigan en una cultura, se generan estereotipos que se asignan a determinado grupo social, identificándolo por sus rasgos de personalidad o comportamiento. Y esta marca ha sido impuesta a los homosexuales, por ser los arribistas, los divertidos, los depresivos, los depravados, los enfermos, según la propia sociedad.

Colombia es un país mayoritariamente católico en el que la iglesia sigue influyendo, misma desde la cual se excluye al homosexual, por estar fuera del paradigma de la creación divina donde sólo aparece el hombre y la mujer. “A mi regreso a Colombia volví a Sabaneta con Alexis, acompañándolo, en peregrinación”. Vallejo nos presenta de esta manera a ese personaje que alude al homosexual arrepentido que se autocastiga. Es decir, aquel que carga con la culpa de su condición sexual, impuesta por la religión de la que ha sido apartado, y que sin embargo vuelve buscando aceptación, consintiendo el castigo por el pecado que jamás ha cometido. Es el esclavo magullado, por gusto del amo, que debe aceptar su suplicio y además pedirle no deje de hacerlo.

Andrienne Rich nos presenta el concepto de Heterosexualidad obligatoria, en el que afirma que las instituciones de poder conducen a la heterosexualidad. Algunas de estas, que imponen ese pensamiento, son los medios de comunicación, la religión, la cultura y la familia. Estas instituciones proponen, por medio del discurso que utilizan, a la familia heterosexual como la base de la sociedad. Foucault identifica también la función que les han asignado éstas a los padres y madres, fiscales encargados de velar y castigar las conductas inapropiadas de sus hijos, que afecten el discurso propio de estas categorías. Imponen su autoridad por medio del poder, usando métodos de brutalidad física y dominación psicológica.

Muchos padres de familia, sienten temor de llegar a fallar en esta tarea, de que su vigilancia no sea la adecuada, ni sus castigos los necesarios para que su descendiente se mantenga en el régimen heterosexual. Si su cuidado no da los resultados esperados, les nace un sentimiento de culpa y autocastigo por haber defraudado el legado de cuidar esa familia patriarcal. Fernando nos habla de Alexis, un adolescente de no más de diecinueve años que se va de la casa, realidad sin exageración, por no ser aceptado por la familia y la sociedad.

Como ejemplo de uno de esos diferentes puntos desde los que se ejerce el poder, podemos hablar de la iglesia judeocristiana, como una fuerza constrictora que basa su discurso en la monogamia, la reproducción y por ende la heterosexualidad.

Para cumplir con esa función de reproducción, es necesario implementar el concepto de género como un submecanismo de ese poder que normaliza, neutraliza y produce el binomio conocido como masculino-femenino, artificio ineludible para soportar la normativa heterosexual. Actuación errónea y por conveniencia, de creer que existe un sujeto universal que se rige por ese discurso del género.

La sociedad occidental determina desde la siguiente premisa: Sino corresponde a las categorías del canon masculino, automáticamente es femenino, y no hay más. Si el joven no es de rasgos fuertes y de carácter dominante, por ejemplo, automáticamente se cataloga dentro de lo femenino. O, por el contrario, si el joven posee belleza y delicadeza, está fuera de esas categorías masculinas y debe encajarse en lo femenino. De esta manera actúa la lógica del género, propuesta por la iglesia, en su interés y su afán de tener como feligreses a familias heterosexuales, que puedan producir más seguidores y creyentes. Para ellos el género va más allá de la genitalidad, el órgano de reproducción que tiene el joven o la chica, no lo determinan, mientras no lo usen para engendrar.

Estos actos de imposición de poder, se da también en la cultura donde hemos creado ‘juegos para niños’ y ‘juegos para niñas’, colores masculinos y colores femeninos. Si un niño juega con las niñas, ya existe un señalamiento, genera una duda en la sociedad, está mal visto, debe ser castigado, corregido, y si esto no se logra y sus padres fallan en la tarea, hay que ponerle la etiqueta en la frente.

Como vemos, el género nace en la matriz de las relaciones de poder, producto de una construcción cultural. “Así, los individuos deben efectuar un cierto número de operaciones en sus propios cuerpos, en sus almas, en sus pensamientos, en sus conductas y ello de un modo tal que los transforme así mismos, que los modifique, con el fin de alcanzar un cierto estado de perfección, o de felicidad o de pureza”. Afirma Foucault.

¿Qué ocurre cuando ese ser no puede ser transformado para responder, a costa de todo, a esas exigencias que dicta la institución de poder? ¿Qué ocurre cuando los padres fallan en esa labor que se les ha impuesto? Viene lo inevitable, lo que viven día a día cientos de niños, adolescentes y jóvenes al rededor del mundo, el aislamiento. Habitar en lo anormal, estar fuera del encasillamiento, trae repercusiones que son el precio que se ha de pagar por romper las normas. Vemos aquí como Fernando Vallejo nos muestra en su trabajo a ese chico que debe vivir al día, pasar la noche en casa de conocidos, vagar por la ciudad, sentir cómo se le cierran las puertas, y entregarse a lo que tiene directamente tiene al alcance, la prostitución y las drogas, como condena por esa condición que la sociedad ha hecho que se vea en él como la marca de Caín. “Alexis, mi amor: tenía los ojos verdes, hondos, puros, de un verde que valía por todos los de la sabana. (…) Y un día, cuando más lo quería, cuando menos lo esperaba, lo mataron”.

Y es que el homosexual lleva en su esencia la rebeldía, no acepta los cánones clásicos, rompe con esas reglas de juego que le ha impuesto la familia, la sociedad, la cultura y la religión. El homosexual acaba con esos esquemas ideológicos de matrimonio, familia patriarcal y reproducción. Esto le cuesta sacrificar su vida, alejarse y sentirse rechazado por sus seres queridos, volverse un nómada, alterar su personalidad, convertirse en otro, enfrentarse a la realidad del mundo que lo acusa y lo condena.

Como si esto no fuera poco, es de vital importancia saber aparentar, para evitar ataques físicos, insultos y acusaciones, debe hacer como el sapo que se infla ante depredador para aparentar que es más grande, más fuerte, lo que en realidad no es, para poder seguir viviendo. Muchos homosexuales, toman la salida del suicidio a causa de la depresión y el sufrimiento que esto les causa. Uno de cada cuatro jóvenes LGBTI ha cometido, al menos, un intento de suicidio.

Fernando Vallejo logra mostrarnos, en esa mezcla que hace con la realidad de su época, la situación de Alexis, el joven marginado, sin oportunidades, carente de afecto; el espejo que se ha mantenido intacto hasta nuestros días. Pese a ello, nos muestra cómo en el fondo de ese ser que se ha resquebrajado, florece tímidamente la rosa del amor. Tal vez es esto la recompensa final a todo el suplicio que le ha sido impuesto. Aunque en la novela, la pareja de Fernando muere a manos de un sicario por arreglar asuntos pendientes, muestra de lo que ocurría en el Medellín de inicios de los noventa, La Virgen de los Sicarios es un canto al amor libre, al amor incondicional y desinteresado.

Vallejo escribe para compartir una visión, un sentir, una realidad y eso es resistir, romper esquemas, destruir ideales erróneos, mostrar la otra cara de la realidad. La literatura permite ingresar a niveles muy profundos del pensamiento del hombre, es una llave maravillosa que abre las puertas de la conciencia, que visibiliza y cambia.

La literatura rosa tiene en nuestra época una nueva acogida, una aceptación mayor, una libertad que le permite fluir; pero esto ha sido el resultado de una lucha que debe continuar. Las palabras detalladas en cada una de las narrativas que pertenecen a este subgénero literario, son el reflejo de la realidad por la que hemos tenido que pasar muchos, con el único deseo de ser aceptados. Valga de excusa este ensayo, para homenajear a las víctimas de la incomprensión, a los que son atacados, insultados, discriminados, y que a pesar de ello se mantienen de pie para levantar la voz y reconstruirse de los escombros.

Que sean las letras las alas, que nos den la libertad.

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