Historia

Lo que la historia no debe olvidar Parte II



Lo que la historia no debe olvidar Parte II - Historia

La historia revela que los Estados Unidos habían tenido una intención marcadamente colonialista, expansionista y hegemónica sobre nuestro continente americano, desde la formación de la nación misma, de cuya tendencia no se salva ni el mismo Tomas Jefferson, que en el entendido general es “el que, más que ningún otro norteamericano… marcó con sus huellas el futuro de la nación”[1] ; supuesto símbolo de la libertad y que con sus palabras en la Declaración de Independencia, llevó inspiración a muchos oprimidos del mundo. Sin embargo, este mismo Jefferson miraba con suma ojeriza la independencia de América Latina y de Cuba en particular.

Desde 1793 Jefferson había expresado su disgusto por las restricciones comerciales que España imponía a Estados Unidos, con respecto a sus colonias americanas.  En 1803, a partir de la compra de la Luisiana, empezó a concebir la compra de la Isla de Cuba a la metrópoli española. En 1805 declara al ministro inglés en Washington que el propósito de apoderarse de la Florida Oriental y Occidental, no lo disuadiría ni el riesgo de una guerra eventual con España. En esa oportunidad afirmaba: “La Florida Oriental y la Occidental, y luego la isla de Cuba… serían presa fácil.”[2]

Jefferson abandona la presidencia en 1809 pero antes se dirige a su sucesor, el presidente Madison, aconsejándole que preparase un tratado con Napoleón, para que éste, que dominaba entonces en España, cediese la isla de Cuba a Estados Unidos. El paladín de la libertad, Jefferson escribía: “Sería un buen precio, e inmediatamente yo erigiría en una columna en el punto más meridional de Cuba e inscribiría en ella un non plus ultra para nosotros en esa dirección.”[3] Es decir, hasta aquí llegaría, por el sur, nuestro dominio, nuestro traspatio oficial.

En un sentido más general, la actitud de Estados Unidos hacia la independencia del continente latinoamericano había sido francamente vacilante y oportunista: tenía claras intenciones de apoyar el movimiento anticolonial sólo en la misma medida en que ello favoreciera la influencia norteamericana en los destinos económicos y políticos de nuestras tierras, con independencia de cualquier concepción honradamente humanista, progresista o democrática, desde muy temprano EU aplicó la estrategia del Imperio Romano, consistente en dividir para vencer, o dejar que sus enemigos se desangren  para entrar  en el juego político de la ocupación  en el momento  oportuno, como bien  lo hicieron  a finales del siglo XIX en ocasión  de la Guerra Hispano – Cubana – Americana, los yanqui combaten contra España cuando el ejército mambí había derrotado militarmente a los españoles y  se  proclaman como los salvadores de Cuba.

En tanto las voces avanzadas en E.U. Llamaban  a apoyar la lucha de independencia en América del Sur, otras voces reaccionarias, dominando la prensa fuerte y oficialista declaraban que los sudamericanos no estaban aptos para la libertad, por ignorantes y salvajes, y calificaban a Bolívar como “el feroz Bolívar, y sus bandas de asesinos y ladrones.”[4] Se repetía también que “la gente de color” estaba esparciendo “el pillaje, el derramamiento de sangre, la devastación y el terror por todas aquellas infortunadas regiones.”[5]

 

La actitud oficial de Estados Unidos en cuanto al reconocimiento de las nuevas naciones americanas fue remisa,  oportunista y vacilante. El presidente Monroe, desde sus tiempos de secretario de Estado, había sostenido una política de reservas hacia América Latina, y había empezado a brindar coherencia a su teoría de expansión neocolonial, que expresaba la tendencia norteamericana de concebir a nuestras tierras como traspatio seguro frente a cualquier intento de intromisión de otras potencias imperialistas de Europa.

En esos contextos, John Quincy Adams, secretario de Estado de Monroe dejaba dicho con toda claridad: “Pero hay leyes de gravitación política como las hay de gravitación física, y así como una fruta separada de su árbol por la fuerza del viento no puede, aunque quisiera, dejar de caer en el suelo, así Cuba, una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella, es incapaz de sostenerse por sí sola, tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana, y hacia ella exclusivamente, mientras que a la Unión misma, en virtud de la propia ley, le será imposible dejar de admitirla en su seno.”[6] Es bien conocida esta teoría, que entre nosotros ha sido llamada “política de la fruta madura.”

Poco después, el dos de diciembre de 1823, el presidente Monroe, en su Mensaje al Congreso, exponía la conocida como Doctrina Monroe. La Doctrina Monroe ha sido sintetizada como la tesis “América para los americanos”, entendiendo como tales a los norteamericanos. Monroe decía al Congreso en esa ocasión que las nuevas naciones americanas, por “la libre e independiente condición que han asumido y mantiene, no han de ser consideradas en lo adelante como objetos de futura colonización por ninguna potencia europea.” Su concepción de dueños de nuestros países americanos se expresaba claramente, tras un endeble antifaz de defensa de la recién conquistada soberanía política:

 

“En las colonias o dependencias de cualquier potencia europea hoy existente no nos hemos inmiscuido ni nos inmiscuiremos. Pero con respecto a los gobiernos que han declarado su independencia y la han mantenido, y cuya independencia hemos reconocido, no podríamos considerar ninguna interposición por cualquier potencia europea, con el propósito de oprimirlos, o de dominar de cualquier modo sus destinos, sino como una manifestación de una hostil disposición hacia los Estados Unidos.” [7]

Los años que siguen al trazado de la tesis del destino manifiesto o fruta madura y de la doctrina Monroe son un rosario dramático de acciones intervencionistas de Estados Unidos en nuestros territorios americanos; fortalecimiento de su economía imperialista; desarrollo de su capacidad militar agresiva e intervencionista y dominio absoluto de los mercados americanos, puestos al servicio del gran titán devorador de la industria monopolista yanqui.

[1] Marrill, D. Peterson. The Jefferson Image in the Américan Mind. Nueva York, 1966.

[2] Antony Marry a Mulgrave. Noviembre 3 de 1905. Citado por J.F. Rippy, Rivalidad de Estados Unidos y la Gran Bretaña sobre la América Latina, 1808-1830. Baltimore, 1929. Pág. 72.

[3] Citado por Philips S. Foner. Historia de Cuba y sus relaciones con E.U. Tomo I. Editora Ciencias Sociales. La Habana, 1973.

[4] National Inteligencer, de Washington, abril 19 de 1814.

[5] Freeman e Jornal (Philadelphia) tomado del New York Herald, abril 28 de 1814.

[6] Adams a Hugo Nelson, Washington, abril 28 de 1823. Dpto. De Estado. Instrucciones a los Ministros de Estados Unidos, IX, Archivo Nacional de Estados Unidos.

[7] James D. Richardson. Compilación de los mensajes y documentos de los presidentes. Washington 1900. Vol. I.III. PP. 210-218.

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carcases

1 comentario

  • Usted lo que hace es repetir la misma cantaleta que los papagayos de Rovolución han dicho durante todos estos años. Debería hacer análisois más objetivos de la realidad cubana y denunciar la situacion de miseria y violaciones alos derechos humanos por parte del régimen castrocomunista. Abajo la dictadura castrista. Viva Cuba Libre.

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