Literatura

Longueville

Longueville - Literatura

Oscura como la mañana, bajo el peso de una neblina densa y húmeda, la rue Callot aparecía desierta y nostálgica como yo mismo, como el propio día, como París entero, como la determinación que me empujaba.

¡Qué más daba todo ahora! Nada en ese amanecer presagiaba que su historia tenía que culminar para confirmar las teorías de Diana. No tenía nada que ver con la pérfida falsedad de Armand, ni con el disimulo malinterpretado de su adulterio, ni con una mala conciencia de vodevil. Eso sólo son ineptitudes básicas que se creen sofisticadas, pero que siguen una lógica de ordenador. Ceros y unos, malo y bueno, si y no.

Mi realidad es otra. Mi realidad es la locura. Soy oscuro como una noche sin luna. Tranquilo, pero peligroso. Un enfermo, casi un muerto. La alquimia psicológica de Diana me lo ha pronosticado.

Una lluvia fina pero intensa que había empezado no sé en qué momento golpeaba ahora mis ojos y había que nadar con los párpados para seguir viendo por dónde caminaba. Apenas percibía el cansancio de mi cuerpo cuando el agua fría azotaba mis músculos empapados bajo la ropa, pero sí me daba cuenta del terrible embotamiento que anidaba en mi cabeza.

Recordé la clase de antropología social que Armand estaría impartiendo. Sentí una nausea, un placer muy caro, una pena lejana y una sensación indefinible.

Cuando llegué, Armand había terminado su clase, estaba en las escalinatas de piedra de la facultad rodeado de un grupo de estudiantes. Dos jóvenes rubias embelesadas lo mantenían agarrado por los brazos, lo miraban con admiración mientras ufano, él departía con el grupo.
Rápidamente busqué entre mi acervo de sonrisas una que pintar en mi rostro mientras me acercaba a ellos muy despacio, sintiendo cómo la embriaguez de lo no rebelado me oprimía el estómago.

– Yo mismo aún sigo aprendiendo a controlar mis deseos reprimidos. Mi secreto es mantener que soy dos ideas debatiéndose en contradicciones… ¡Alain! Amigo mío, acércate y acompáñanos en estas disertaciones. Necesito tu ayuda, son insaciables estos jóvenes de hoy.

Su enemigo a muerte va tomando forma en mi interior, me invade e intento combatirlo, pero sólo poseo el arma de la repulsión.

– Esta mañana me apetecía más dar un paseo; el capricho animoso de los artistas, como tú lo llamas.

– Ciertamente. El escritor que persigue al perseguidor de palabras. No, no me corrijas si me equivoco. Les decía a estos pupilos ahora que, los deseos obran siempre contra la razón que los rebate, porque como tales no hacen caso de regla alguna; en definitiva son sólo eso, deseos.

– Hasta las olas más dulces y suaves que acarician la arena de la playa, cuando se retiran dejan señales, dejan heridas.

– Touché, mon ami. Señores, por hoy ya es suficiente, me retiro. ¿Me acompañas, Alain?

– Por supuesto.

Y soltándose de las dos jóvenes rubias se colgó de mi brazo con una mueca agria pero delicada animándome a caminar con él.

– La vida es engañosamente larga, Alain. Tú eres joven aún. ¿Vuelves a Lyon?

– Aún no lo sé, supongo que sí. aquí ya he terminado. Pero no inmediatamente.

– Eres un buen hombre Alain, y un buen escritor, pero aún hay cosas oscuras dentro de ti a las que debes dar luz.

– No sabes nada de mí. Ocúpate de tus clases de sociología y especula con tus alumnos.

-Aparentemente, querido. Sólo aparentemente.

Me apretó el brazo con tan insignificante fuerza que no supe nunca si fue aquello una señal de carácter o una tierna manera de dar su aprobación a mi falacia.

Llegamos a un apartado y mal cuidado parque con grandes árboles de ramaje abandonado, una verja oxidada que debió ser exquisita en su día y de una laboriosidad recargada lo rodeaba. Bajo el arco que haría en su momento las delicias de los paseantes, tal vez recubierto de hermosas rosas rojas unas letras pintadas en una tablilla medio carcomida, dejaban leer aún el nombre de aquel lugar con aire de Belle-Époque: Longueville.

– La ventaja de una larga vida como la mía, querido Alain, , en la que las cosas pasan sin posibilidad de recuperarse nuevamente, y en la que cada día es otro mundo que olvida el anterior, consiste en corresponder con la contundencia esencial del propio mundo. Somos lo que somos, amigo mío, apenas un insignificante insecto sin memoria de su historia en una biografía cósmica que acumula tantos capítulos como criaturas insignificantes contempla. Pero, mira Alain, hermano mío, qué hermoso lugar ahí. Ese banco, junto a ese árbol de la rama caída. ¡Sentémonos!

– Claro, Armand, tenemos todo el tiempo del mundo ante nosotros, ¿verdad? Todo el tiempo aquí y ahora para nosotros…

Armand se sentó silencioso y agradecido por el descanso, sin memoria, poseído por el placer del lugar, del paseo y de su discurso, confundido en la comunión excesivamente fingida conmigo; desde luego por mi parte. Azorado quizás, cansado seguramente.
Pasé por detrás del banco, por detrás de él y le toqué el hombro izquierdo con cariño. Me agaché, cogí la voluminosa rama caída y le golpeé el cráneo con tanta fuerza que se lo reventé con un único impacto. Oí un seco crujido, un conato de lamento, un gorgojeo sofocado y todo se llenó de rojo intenso, como el de las hojas de parra virgen en otoño; ocre encendido con pedacitos viscosos de grises despojos salpicando el cuadro, igual que pegotes de óleos espesos lanzados caprichosamente por un artista alucinado.

Yo lo miraba sin verlo, sin entender, como si el tiempo se hubiera parado. Luego corrí. Corría y reía como un loco desesperado espantado de allí, espoleado por mi propia agitación, la cual celebré a la carrera, sin dejar de reír.

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Aicrag

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