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Los afrancesados



Los afrancesados - Historia

El término afrancesado es un calificativo para designar a los partidarios, españoles, de José I durante la Guerra de Independencia. También podemos definirlo como un movimiento político, pues sus integrantes se galardonaban de sus preferencias políticas en contraposición del decadente régimen borbónico. Podríamos considerar un término peyorativo la palabra afrancesado, pues se condensa hacia este grupo un odio por parte del bando absolutista y liberal, por ser traidores de la patria. Sin embargo, ¿qué objetivo movía a estos afrancesados?. Sin duda el afrancesamiento de ese sector español era una cuestión política. Las razones políticas eran varias, pero sin duda, la fragilidad del sistema político español de principios del siglo XIX, unido a la hegemonía política de Francia en el contexto internacional, resultaba la clave más importante del movimiento afrancesado.
El inicio del movimiento afrancesado debemos situarlo en la Asamblea de Bayona, pues ahí es donde se decide el destino de España, y aquellos diputados españoles que aceptaron asistir a Bayona, fueron testigos de las abdicaciones de Carlos IV y Fernando VII. Sin duda, el mensaje que se transmite en las abdicaciones de Bayona, es debilidad y fragilidad de la monarquía borbónica. Y aquellos diputados españoles no eran ajenos al problema dinástico de España. Dichos diputados estaban dispuesto a acatar la nueva Constitución, aunque no fuese un “producto español”. La lógica a este rumbo tomado por un sector de la población, viene dado por el pacto social que representa una constitución. Un pacto social entre la nación y el soberano, una nación que hasta este momento nunca se ha sentido ligada al poder. Evidentemente, hacemos referencia a las élites de la sociedad, cuya representación en el Antiguo Régimen quedaba postrada bajo la decisión de un rey absolutista. Dicho de otra forma, la presencia del Senado y de las Cortes daba cabida a un sector de la población que deseaba tomar partido en las decisiones del país, y convertir al Estado en el principal factor de su propia reforma ante el vacío de legitimidad nacional que poseían. Esta élite, representaba la oligarquía económica, funcionarios, oficiales del ejército, un amplio sector del alto clero, y la minoría ilustrada.
Por otra parte, los afrancesados confiaban en el nuevo rey para renovar el país, conscientes del atraso por el que atravesaba. En este sentido, la reputación que había adquirido José Bonaparte como rey de Nápoles y Dos Sicilias, le precedía. Una reputación que venía dada por la gran obra reformista que efectuó junto a su ministro y hombre de confianza, el conde Roederer. Destaca, la abolición de los derechos feudales, la reducción del número de religiosos, la desamortización de bienes eclesiásticos y la restauración de las finanzas públicas.
Por ello, no es difícil entender que un sector de la población, que entre ellos mismos se sentían superiores intelectualmente, viesen en José su gran oportunidad. Oportunidad de tener poder y control en España, y de avanzar internamente, pues no olvidemos que el sobrenombre, “afrancesados”, lo impuso el bando contrario, pues ellos en ningún momento van a buscar el fin de España, por mucho que diga la propaganda patriótica. Ni si quiera el propio José, tal y como iremos viendo, se mostraba tan conforme con algunas ideas de Napoleón.
Los afrancesados al servicio de José I, se guiarían por dos ejes esenciales para ellos: el pacto social entre la nación y el soberano, representado en la Constitución de Bayona, y la labor reformista del gobierno josefino. Sin embargo, José no poseía la misma libertad en España que en Nápoles, donde la influencia de su hermano era escasa, a diferencia de España. En este sentido, Napoleón se mostraba irritado ante la labor reformista de su hermano. A ojos del emperador:“la rebelión de los españoles había anulado todo lo dispuesto en Bayona; que ya no se trataba para José de portarse como soberano español, sino como príncipe francés que sacaba su legitimidad no de un pacto con sus súbditos, sino de los derechos de conquista que él le había delegado; y que, por su constante referencia al pacto social manifestado por la Constitución de Bayona, José se ponía bajo la dependencia de sus súbditos, lo que el consideraba como intolerable.”2
José I demostró tener una actitud férrea por la Constitución de Bayona, desobedeciendo los consejos de su hermano Napoleón, cuando eran contrarios a lo dictado por la Constitución. La senda constitucional sería, sin lugar a dudas, el signo de identidad del rey José I y los afrancesados.
Hacia la mitad de 1809, la labor reformista del gobierno afrancesado empezaba a iniciarse. Destacaría reformas en materia religiosa, como la fijación de la congrua en un mínimo de 400 ducados anuales; se suprimía por decreto del 18 de agosto todas las órdenes religiosas; tres días después, se suprimía el Voto de Santiago; se suprime el castigo de la horca, sustituyéndose por el garrote para aquellos plebeyos condenados a muerte. En materia económica, destacamos la creación de la bolsa en Madrid, el 24 de octubre de 1809. Además, el 25 de octubre de 1808, se decretó una revisión general de todos los títulos de nobleza, algo que como podemos intuir, no agradó a gran parte de la aristocracia. Esta labor reformista del gobierno josefino se vio como una dura censura al régimen político que había prevalecido hasta la fecha. La propaganda josefina, enumera las grandes ventajas que aportaba la Constitución de Bayona para la tranquilidad, reorganización y fomento del país. Sin lugar a dudas, estamos ante una serie de reformas a nivel nacional sin precedentes en la historia de España.
Juan Antonio Llorente, un destacado erudito e historiador del bando afrancesado, dejará constancia sobre la apropiación que harían los liberales de Cádiz de las medidas ya tomadas en Madrid por el gobierno josefino. La conclusión que dejaría Llorente a la historia, es que los afrancesados fueron quienes acabaron con el Antiguo Régimen en España. Sin embargo, en materia de cambio y revolución, los afrancesados se quedaron a medio camino, lo que ellos consideraban como el borde del precipicio. Eran partidarios de grandes reformas que abarcasen todos los ámbitos, menos la estructura misma de la sociedad, que debía seguir dividida en tres niveles, dos de ellos privilegiados: la nobleza y el clero. Por el contrario, la Constitución de Cádiz expresó con fuerza la igualdad entre ciudadanos españoles, con representación electiva en Cortes sin distinción entre privilegiados y no privilegiados. La Constitución de Bayona, de claro signo francés, sólo contemplaba sujetos, cuando no vasallos, autorizados a tener una representación en Cortes de forma jerárquica, con el clero situado a la derecha del soberano, como en los Estados Generales que se habían reunido en Versalles en 1789.
Esa voluntad de los afrancesados, les llevaría a criticar a las Cortes de Cádiz. El artículo siguiente de la Gazeta de Madrid del 19 de agosto de 1811, nos relata muy bien la distancia que separaba a los afrancesados de los liberales en cuanto al papel del pueblo:
“Las Cortes soberanas han anulado, en efecto, en el fondo la grandeza y la nobleza: este es el primer paso del desmoronamiento de la monarquía: van rápidamente caminando a una república imaginaria. ¡Qué bien cuadra todo esto con las promesas de defender la antigua constitución española y con el juramento al Príncipe. He aquí el justo galardón de la conducta afeminada, vaga y dudosa de cierta clase de gentes»
El elemento liberal de la época se dividió en dos tendencias: una que tenía sus esperanzas puestas en Fernando VII, y otra que no esperaba nada de él. Refugiados en Cádiz los primeros, trataron de reconstruir el gobierno de la nación, preparando al rey legítimo las bases de una monarquía constitucional, y si defendían los derechos de Fernando era con la condición de que éste a su vez respetase y sancionase las reformas que, a juicio de los legisladores de Cádiz, necesitaba el país.
La realidad es que los afrancesados se quedarían a mitad de camino, y como ilustrados que se vanagloriaban de ser, no dieron el paso definitivo al concepto de ciudadano, quedándose a medias entre vasallo y ciudadano. Aunque sin lugar a dudas, supuso un gran cambio en la historia de España y un comienzo en el fin del Antiguo Régimen, pero no abarcaría todo el mérito de acabar con dicho sistema de gobierno. Este colectivo, dirigido por hombres de reconocida ilustración, quiso dar a la política española nuevos rumbos aprovechando las disposiciones que para su objeto ofrecía José Bonaparte. Por ello, resulta injusta la crítica imparcial y desapasionado que han recibido los afrancesados por la historia con el calificativo de traidores.

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Acerca del autor

patriota1993

1 comentario

  • Menos mal que no viví en esa época. Ser de madre francesa me hubiese convertido en sospechoso. A lo mejor me encerrarían en un campo de concentración como los nortemaricanos de orígen japonés durante la Segunda Guerra Mundial… o me mandarían a Francia. Ambas posibilidades me disgustarían, especialmente la segunda.

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