Literatura

Los Ausentes, Siempre Estarán Presentes



Los Ausentes, Siempre Estarán Presentes - Literatura

 

Eran las once y media de la noche cuando esa, por lo menos para mí, soporífera cena terminó. Odiaba las reuniones familiares, superiores a mis fuerzas. Suerte que ese suplicio solo se daba dos veces al año el día de la patrona y Nochebuena. Todo el mundo contando las batallitas de siempre: que si mis tíos las de la mili, que si la tía el sufrimiento cuando dio a luz a mi prima, que si esto, que si lo otro… Menos mal que tenía dotes para formarme una burbuja alrededor de mí y hacer caso omiso a esas conversaciones que de interesantes, a mi modo de ver, no tenían nada en absoluto. Lo único que servía de consuelo a esas reuniones era la gran comilona que nos pegábamos, ¡que rico estaba todo! Hoy había tocado pastel de pescado con verduras, pasas y bechamel de primero, de segundo albóndigas con salsa de almendra y zanahoria, y de postre pastel de queso y limón. Sin olvidar las tapas de toda índole que se ponían en al mesa antes de la cena, y los respectivos turrones, mazapanes, polvorones y demás dulces típicos de después.

En efecto, lo habéis adivinado, esa cena en particular era la de Nochebuena, esa noche de paz y de amor…que para mí era noche de tortura y de horror. Además, para añadir leña al fuego, no tenía gente de mi edad, por lo que la velada se hacía interminable. Pero claro, ¿cómo escabullirse de algo así? Bien, podría haberme puesto «enferma» de repente, o algo por el estilo, pero el miedo al carácter de mi padre me hacían desistir de la idea. Se hubiera dado cuenta enseguida, nunca se me había dado bien la mentira, se veía a la legua cuando intentaba engañar a alguien. Como aquella vez que, debido a no haber estudiado, copié en un examen y la profesora me pilló. Por mucho que le dijera al preguntarme que no escondía nada en mis bolsillos, mi voz, y mis gestos me delataban así que llamó a mis padres. Bueno, bueno…ahí fue donde comprobé como se las gasta mi padre y me dije: “nunca más Santo Tomás”. Por descontado, mi madre intentó mediar y poner paz al asunto, y resultado fue, como imagináis, terminar con una gran discusión entre los dos.

Al acabar la cena, era tradición echar una partida de cartas. Mira, esa parte sí me gustaba, por lo menos jugar era entretenido, aunque nunca ganara. El que solía llevarse siempre, o casi siempre, el gato al agua era mi primo mayor. No sé cómo se las apañaba. Cuando terminamos la partida de remigio me dijo que no hay que jugar por jugar, sino que hay que jugar y pensar, anticiparte al adversario, tener memoria y acordarse de las cartas que han salido, y las que no. Madre mía, pensar, ¡pero si yo jugaba por el simple hecho de divertirme y nada más! Al acabar la timba, era el momento en el cual unos se tomaban la última copa o se despedían hasta la próxima. Mientras yo ideaba un plan para ya, a estas alturas, poder escabullirme sin ser maleducada, puesto que mi único rato de asueto había acabado, se me acercó mi tío y me preguntó qué me pasaba. Le dije que nada, que simplemente estaba cansada, nada más. Me siguió mirando con aires interrogantes, en ese momento se acercó su mujer y me espetó: “no soportas las reuniones familiares, ¿verdad?”. La mire, me miró, y me dijo que tranquila, que había tenido mi edad, que ella tampoco las soportaba y eso que ella por lo menos había tenido la fortuna de tener una hermana solo un año mayor que ella, contando así con una aliada.

—Anda ven, que te voy a comentar algo” —me dijo mi tía—, ahora no te das cuenta, pero llegará el día que hará que te percates de lo buenos que son estos momentos. Porque ahora aún estamos todos aquí, pero llegará ese día en el que empezará a faltar gente, a sobrar sillas, a no hacer falta platos, ni vasos ni cubiertos. Mira el abuelo, pobre, ni se tiene en pie, se le va la cabeza por momentos y no digamos ya su capacidad respiratoria. Hoy le ha venido bien justo acompañarnos durante la cena, a saber si para la patrona podremos disfrutar de su presencia. Por descontado, no solo te hablo del abuelo, sino también del resto. La vida es así querida y ya va siendo hora que lo sepas. La vida es ese afluente que nos lleva al río de la muerte y, mientras no hemos desembocado en ella, debemos disfrutar y aprender de todo lo que nos brinda. Gocemos de la corriente de las alegrías y aprendamos también de la contracorriente de las tristezas. Pero, en la medida que podamos aprovechar y gozar juntos, aprovechemos.

Un cuarto de hora más tarde, se había ido todo el mundo, y me dirigí a mi habitación después de haber dado las buenas noches a mis padres. Me puse el pijama, fui a lavarme los dientes y me acosté. No podía conciliar el sueño, las palabras de mi tía martilleaban mi cerebro. Supo darme donde más me dolía, quería al abuelo como a nadie en el mundo. Él me enseñó a montar en bicicleta, él me hizo esa cometa rosa con el dibujo de un elfo, él me construyó mi casita de muñecas, él era quién me cantaba canciones, quién me contaba las historias más inverosímiles que se puedan imaginar. Pero yo tan solo era una cría y creía todo lo que me contaba, aunque, a decir verdad, de críos nos lo creemos todo. Lástima que luego esa inocencia la perdamos. o nos la hagan perder, no sé yo.

De repente, noté que algo líquido empezaba a emanar de mi ojo izquierdo: lágrimas. Cerré los ojos y volví a mi niñez, a ver a mi abuelo en todo su esplendor, y aún con los ojos cerrados me instalé hasta la actualidad y volví a verle con sus dolencias, sus ausencias, sus quejidos…así que no lo pude evitar y esas lágrimas acabaron convirtiéndose en un estallido. Lloré hasta no poder más, lloré hasta la extenuación, lloré hasta no recuerdo cuando porque supongo que del agotamiento de la propia tristeza me quedé profundamente dormida.

Pasaron las fechas navideñas y todo, o casi todo,  volvió a la normalidad.  De vez en cuando, seguía pensando en ese sermón de Nochebuena, y sacando del interior del baúl de mis recuerdos vivencias que ya no volverían, momentos e instantes que habían quedado atrás.

Una tarde, al llegar a casa después del instituto, me dirigí al trastero, agarré la caja donde se guardaban todos los cachivaches de cuando era cría y saqué mi cometa, mi casita de madera,  y lo bajé al salón. Allí estaba mi madre dándole la merienda, la cual a esas alturas era una papilla de cereales. Es lo que tiene, empezamos siendo bebés, terminando siendo bebés. Me acerqué a ellos y le pedí a mi madre que me diera el cuenco, yo se lo daría. Me miró sin comprender, pero no puso objeción. Fui dándole cucharada a cucharada, poco a poco, para que no se atragantara y, al acabar, le mostré mis tesoros. De repente, una media sonrisa apareció en su rostro, mi madre no daba crédito, al abuelo hacía siglos que nada le hacía sonreír. Diez minutos después, se durmió.

Se durmió, y no volvió a despertar. La tristeza de todos fue enorme, pero la mía fue abismal. Sabía que tenía sus años, que le había llegado su hora, como se acostumbra a decir, que estaba mal o como muchos decían: más vale así, el pobre ha dejado de sufrir.

Pues bien, llamadme egoísta si queréis, pero yo, en ese momento, no opinaba igual. Con sus dolencias, sus sufrimientos, padecimientos…quería a mi abuelo ahí, sentado en su sillón marrón con su manta a cuadros sobre las piernas y su mirada ausente.

Pasó el tiempo y llegó la patrona, otro día de reunión familiar. Días antes volvieron a mi mente las palabras del ágape anterior y tomé una decisión: tomé la determinación de escuchar batallitas, de narrar las mías y de reír junto a los míos. El discurso de mi tía me había hecho mella pero, lo que en verdad ayudó a mi cambio de parecer, fue ver ese sillón que, a petición mía, no se había retirado. Mi madre quería donarlo a una institución benéfica, con el resto de pertenencias que se pudieran aprovechar, pero insistí que al menos un recuerdo tenía que quedar de él. Sí, lo sé, mi madre también me lo dijo, su recuerdo estaría ahí igualmente.

Al acabar la cena y antes de dirigirnos a jugar, como era nuestra costumbre, sugerí en voz alta, como quién no quiere la cosa, que esos encuentros no tendrían que limitarse tanto y que sería bueno vernos más. Nadie daba crédito, lo noté por la cara de pasmo que puso todo el mundo, menos mi tía claro, de que una muchacha de dieciséis años, estuviera proponiendo más reuniones familiares con personas que la más joven, después de ella, tenía treinta y ocho años. Les dije que miraran el sillón, y que intentaran comprenderle, si no sabían los motivos de mi iniciativa, seguro que él sabría dárselos.

Un mes más tarde volvíamos a estar todos juntos, junto al espíritu del abuelo en su sillón, reunidos a la mesa.

FIN

 

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