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Los gatos, esos pequeños grandes incomprendidos.



Los gatos, esos pequeños grandes incomprendidos. - Humor

Si has hecho click en el enunciado de este texto perteneces a una de las dos siguientes categorías: no tienes gatos, o tienes o has tenido gatos en algún momento de tu vida. Si perteneces al primer grupo te doy la bienvenida, te invito a que te pongas cómodo y a que disfrutes de la lectura. O no. Si perteneces al segundo, también te doy la bienvenida, te agradecería que te relajaras y cabría esperar que al terminar este texto comprendieras un poco mejor a tu pequeño amigo. O no. Porque seamos sinceros, nadie los entiende. No importa cuántos hayas tenido ni el tiempo durante el cual hayas convivido con ellos, la triste realidad es que, en algún momento de nuestras vidas, todos hemos pensado: “Qué bicho más raro”.

Los que por fortuna o por desgracia hemos tenido el placer de tener a este animalillo tan especial en nuestras vidas hemos tenido que escuchar en repetidas ocasiones muchos argumentos en contra de nuestros queridos felinos que, en la mayoría de casos, no podrían estar más lejos de la verdad. Que si son ariscos, que si no son cariñosos, que si son bipolares, que si son traidores, que si son unos pasotas, que si no tienen “gracia” (esta me hace especial gracia a mí. ¿Se supone que un gato te ha de hacer reír? ¿Lo miras y te partes? ¿A que no? ¿No?), que si son peligrosos, que si están locos… Como estas afirmaciones las hay miles, vosotros que no tenéis gatos pensaréis igual o tendréis otros argumentos y los que sí los tenéis probablemente también. Y lo cierto es que los gatos son animales cariñosos, que en su afán por jugar igual se les va un poco la mano (la pata, y las uñas, y los colmillos) pero que en ningún momento se les tendría que considerar peligrosos, que hay algunos a los que puedes coger y achuchar y ellos tan felices. Y pensaréis, “Si esto es así, ¿de dónde viene tanto mito?”. Pues yo os lo respondo: porque tenéis razón en todo lo demás.

Los gatos son extremadamente pasotas, son bipolares, y están muy locos. Cierto es. Los que no tenéis gatos no lo sabéis bien, pero nosotros los que sí tenemos lo sabemos de primera mano. Puedes estar caminando tan tranquilamente que como pases al lado de la mesa bajo la que está escondido en vez del dueño de un gato te sentirás el dueño de un ninja. Te atacará las piernas, orejas echadas hacia atrás, erguido sobre sus patas traseras mientras te despelleja con las delanteras, o bien igual directamente se enroscará en tus pies para después separarse, dar dos o tres saltos y escabullirse corriendo a su nuevo escondite. Todo esto en el lapso de tres segundos. Todo esto mientras tú todavía estás procesando el ataque gratuito, y pensarás, “¿No acababa de darle yo una barrita mientras me maullaba tan melosamente y me miraba con carita de inocencia?”. No, compañero, el espíritu de tu gato ha abandonado el cuerpo de esa bestia durante este encuentro. Son criaturas crueles.

Puede pasarte que intentes darle un poco de cariño. Ya sabes, ese cariño que te ha estado pidiendo toda la tarde en forma de restregones de cabeza, entrecruzamientos por tus piernas y esos famosos maullidos tan monos que acabamos de mencionar y que le has tenido que denegar por falta de tiempo o por estar ocupado. Y bien, te dispones a derretirte de amor, te acercas a la creación más tierna creada por los dioses y cuando vas a acariciarle la cabecita de peluche que tiene, va y se aparta. Lo intentas de nuevo, mismo resultado. Tercer intento, le intentas acariciar el lomo: se le forma un agujero mágico para que tu mano no entre en contacto con su divino pelaje. Te mira con odio, se gira con decisión y se marcha con su andar pijo. Y tú ya no sabes qué has hecho mal, y mientras piensas en tu fracaso como persona te distraes con un libro. Y entonces, cuando estás de lleno en la lectura, lo notas. Se deja notar poco a poco, con ese mismo andar pijo pero un poco acelerado, sus pequeñas patitas moviéndose casi sin hacer ruido por el suelo de tu casa. Y de repente llega del todo: una enorme bola de amor aterriza en tu regazo, apartando el libro con el que habías intentado ahogar tu miseria, maullándote con dulzura y mirando directamente a tus ojos con una mirada que sabes lo que quiere decir: “Humano, hace dos minutos no me apetecían mimos, ahora sí. Dámelos. Es tu deber. Soy tu gato.”. Y así, cada día de tu vida. Con el tiempo te acabas acostumbrando y hasta te parece gracioso, pero la verdad es que es mentira y lo sabes. Vosotros no, no dueños de gatos, pero el resto de nosotros sí. Adorablemente despreciables.

Puede que simplemente no hagan nada, y podréis pensar que eso es algo bueno, porque así no tienen la oportunidad de hacer algo mal. Pues bien, también estáis equivocados. Porque es verdad que no destrozan nada y mantienen tu integridad física intacta, pero eso de tirarse horas observando exactamente el mismo punto en la pared, pues como que no hace gracia, ¿sabéis? No hace falta que lo diga, ya sabemos cuál de los dos grupos lo sabe mejor que el otro. La verdad es que da mal rollo. Mucho. Sobre todo, si es de noche ya y acabáis de ver una película de miedo… o no. Da mal rollo siempre, con película de miedo y sin ella. Si vivís solos ya ni os cuento, más bien si eso me lo contáis vosotros a mí.

Podría plasmar más casos como estos, pero no acabaría nunca y creo que con esto ya ha quedado algo claro la naturaleza de estos seres tan particulares. Es cierto que sus comportamientos realmente están justificados. Los gatos son animales cazadores, por lo que si te tienden emboscadas no les puedes culpar, es su instinto. Y es cierto que son animales muy cariñosos, lo que a la gente les gusta compararlos con los perros y entonces ahí vemos las claras diferencias. Los perros viven “por y para” los humanos, mientras que los gatos son más independientes. Esto significa que sí, que buscarán cariño cuando les apetezca, y cuando no pues ni lo pedirán ni lo recibirán. Me gusta pensar que los gatos son más como nosotros, los humanos: nos gusta el cariño, pero no siempre. Si a ti no te apetece que te den un abrazo y hay un pesado con cara de loco que no deja de perseguirte susurrándote cosas ininteligibles con una vocecita ridícula para dártelo, ¿se lo darías? No, ¿verdad? No. De hecho, probablemente lo denunciarías.  Pues eso. Pensad de ellos como si fuerais vosotros, pero en miniatura. Lo sé, es perturbador, pero al menos ellos no pueden denunciarte. Y si ves a tu gato mirando a la nada con el mayor interés del mundo, tampoco es motivo para que salten las alarmas. Los felinos cuentan con una visión mucho mejor que la nuestra, con lo que, resumidamente, ven cosas que nosotros no podemos, y con esto no me refiero a entes del más allá. Donde nosotros no vemos nada, ellos pueden estar viendo un espectáculo de luces que no lo consigue ni el subidón más grande de todos.

La cuestión es que hay muchos mitos acerca de los gatos surgidos a raíz del desconocimiento o a puntuales desafortunados encuentros, y esto provoca que a mucha gente no les guste. No os echo la culpa, la verdad, yo hay cosas que todavía no comprendo. He llegado a pensar que tener un gato es una proeza digna de los más valientes, porque a veces, al final del día, parece que ni los mismos gatos se comprenden a sí mismos.

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Wolfus

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