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Madre Por Accidente

Madre Por Accidente - Literatura

 

Madre por Accidente

Abrió los ojos. Los cerró durante unos segundos, volvió a abrirlos. No podía creerlo, no iba a creerlo hasta haber realizado en aquel ser todos los estudios posibles.

Alice Gurra, era una  científico de reputación muy controvertida en Ciel. Ella había dedicado su vida y su carrera a investigar sobre la genética cinan. No buscaba nuevas aplicaciones para la tecnología ni se enfrascaba en inventar nuevos aparatos. Ella había salido de la Academia con el título Ala Cristal, cada profesor había predicho que Alice tenía una mente capaz de cambiar el mundo, pero ella estaba obsesionada con la evolución. Sus profesores le habían explicado que era una pérdida de tiempo, que los cinans no eran como los humanos que habían evolucionado de criaturas marinas a través de millones de años. Los cinans eran criaturas creadas desde cero por un dios y su evolución biológica era imposible. Pero la doctora estaba obsesionada y el destino le premió por su esfuerzo.

Alice no daba lugar a lo que veían sus ojos. Aquel descubrimiento, de probarse cierto, significaría un salto enorme en su carrera, uno bien merecido para aquella muchacha de ciento sesenta y dos años que mostraba una aptitud increíble para la ciencia. Una mujer que había resignado casi por completo la vida social y se había enfrascado en el arte de desenmarañar los intrincados misterios de la creación. Era una mujer que hablaba de su profesión con el amor que habla una madre de su hijo.

Dentro de un espécimen de dos metros de alto que hacía años había fallecido, Alice, de cabello rojizo y delgada complexión, con el tipo de rostro que refleja compasión y nobleza auténtica, había encontrado nada más y nada menos que otra vida. Donde no se suponía, donde no era posible que existiera, existía. Un feto en pleno estado de desarrollo. No se atrevía a separarlo del cadáver de su madre, porque era tan precioso, tan delicado aquel descubrimiento, que hubiese sido como arrancar de un jardín una bella rosa. Sin embargo la situación se lo exigía, porque el cuerpo en deterioro de la madre ponía en peligro la vida del bebé.

Tras varios cálculos logró acertar la edad exacta del feto. Un año y tres meses. Normalmente la gestación de un cinan tarda de diez a doce meses, pero este espécimen parecía ser excepcional también en aquel aspecto. Finalmente, tras tomar todas las medidas de precaución posibles, Alice separó al bebé de la madre.

Comenzó enseguida el proceso de incubación, en una máquina que sustituía el interior de la mujer y mediante una placenta sintética mantenía al bebé en un estado similar al que se encontraba antes de ser extirpado del útero. Alice recorrió el cuerpo del recién nacido con un medidor de kentros, más el aparato mostraba números al azar que eran claramente un mal funcionamiento. Insertó al niño en una máquina con más rigor y mejor acertada tecnología y entonces descubrió algo más sorprendente que un cadáver embarazado. El bebé, de alguna manera, había logrado algo inconcebible, una utopía biológica, hallar la manera de que la energía blanca y la oscura convivieran en armonía dentro de su cuerpo. Alice no estaba tan maravillada como abrumada por aquellos sucesos. En la oscuridad de su laboratorio, en aquel mundo que ella había creado a su gusto, aquella realidad amenazaba con ser fantasía, era tan épico aquel descubrimiento que tenía miedo de despertar en cualquier momento y descubrir que era un sueño, de girar la vista y al volverla, ver que ya no había nada allí en la mesa de operaciones.

Procedía con sumo cuidado y temía por aquella vida tan frágil, pues la incubadora no era capaz de imitar al detalle el entorno en el cual se había desarrollado el feto. Mientras apuntaba mil notas y dejaba cuantos registro de voz le era posible pasaron horas, en las cuales la criatura comenzó a mostrarse más débil.

Aún el recién nacido no estaba preparado para el mundo, aún su cuerpecito desnudo no contaba con la protección necesaria para enfrentarse al hostil ambiente de Caos. Comenzó a agonizar, Alice a enloquecer, sabía que no tenía a quien acudir pidiendo ayuda, por la remota localización de su laboratorio. Incluso si lograba traer a alguien, el tiempo y las circunstancias  iban en su contra. Los latidos comenzaron a disminuir drásticamente, la respiración a volverse  casi nula. Una lágrima corrió por el rostro de la doctora que impotente veía desaparecer la vida de su más grande descubrimiento, le tomó en brazos, destrozó la placenta sintética y lo agarró fuerte contra su pecho, sintió una exaltación desconocida, una placidez indescriptible a la cual había sido ajena toda su vida, el instinto materno.

-Eres tan grande para mi carrera, y aun así, ignoro mis ambiciones profesionales. Quizás sea porque he estado demasiado tiempo alejada del amor, pero ahora mismo tus ojitos me derriten el alma.

De pronto vio aquel ser como lo que era, un ser vivo, un bebé aferrándose a la vida, no solo una criatura excepcional o un hallazgo  impresionante, sino un alma, un niño que algún día sería parte de la sociedad cinan y sería capaz de amar, de realizar sus sueños, de vivir. Pero no podría hacerlo, el destino le había dado la vida  en medio de un magnifico accidente, para quitársela sin piedad, para sumirle en el frío y la oscuridad de la muerte. Alice lloró, esta vez no de frustración sino de tristeza. El cuerpecito de pequeños brazos ya no se agitaba, ya no hacía intento de respirar y su pecho del tamaño de una mano ya no se expandía y contraía a velocidad asfixiante. –Al menos sé que no había otra alternativa, si te hubiera dejado dentro de tu madre habrías muerto— dijo la doctora Gurra en medio de aquella habitación desierta.

Un pellizco, un tierno pellizco en su pecho la sorprendió, más  gentil que el toque de un amante. No podía ser, una vez más, teorías y deducciones quedaban obsoletas, aquel niño mordió el pecho de su nueva madre, lo agarró con sus manitas que debían haber sido inútiles, lo mordió con su boca sin dientes y para rematar la sorpresa de aquella muchacha, abrió los ojos. Un iris blanco y  el otro negro le daban un aspecto tenebroso a aquella carita angelical, parpadeó y los colores se invirtieron de ojo, volvió a hacerlo y ambos fueron negros, un parpadeo más y ambos fueron blancos. Cerró los ojos, se agarró fuerte de la blusa de Alice y cuando ella lo separó para asegurarse de que aquello era real, él le clavó una mirada que la hipnotizó, una mirada  ámbar, tan natural como la del cinan más ordinario, algo de lo que aquella criatura no pecaba en absoluto. Alice Gurra, una mujer que no estaba preparada para aquello, se dio entonces a la tarea de ser madre.

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Acerca del autor

Javier

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